Ignorantes históricos.

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SERES DE SEGUNDA.

  • ¿Le pongo el café, jefe?
  • Como siempre Ignacio, con la leche fría, por favor.
  • “Ratio”, uno con leche.
  • ¡Ya voy coño! ¡Que no dices ni buenos días, contra! ¡Y “ratio” lo será tu puta madre, cabronazo, que encima que vienes a quitarnos el pan no aprendes ni hablar cristiano!
  • Ignacio, hombre que son las ocho, no jodas la marrana, y deja al hermano musulmán en paz.
  • Don José, es que me llevan los demonios …
  • “Don José” es un bar de putas de Granada, a mí me llamas de otra forma.
  • Cojones, jefe, que yo le tengo mucho cariño, y es que no puedo más. Que se nos ha “llenao” el barrio de moros y rumanos, “to” delincuentes. Eso sí, “tos” cobrando, que se las saben “toas”. Las moras “tos” los días en los servicios sociales. ¡Que son suyos! Y ellos con buenos carros, mercedes y “bemeuves”.
  • Ignacio, por favor, hace por lo menos tres meses que no se ve un buen coche por aquí.
  • No tenemos coches la buena gente, jefe, que ya somos de segunda, que si vamos al médico, primero el moro. Que si vamos a la guardería, primero el moro, que hasta en Cáritas, primero los moros …
  • Ignacio, por favor, con un negocio como este, no creo que tú necesites de Cáritas.
  • Qué huevos tiene Don José, yo no lo necesito pero si un día me hace falta seguro que se lo han llevado estos.
  • Don Pollas, Ignacio, que no me digas Don José.
  • Hay que ver como se pone usted por la mañana, “pos” no parece que “lestoy” mentando a la familia.
  • Tus muertos Ignacio, ya me has tocado los huevos. Yo no sé si somos de segunda los de este barrio, pero yo debo ser de tercera, porque en cuatro meses que llevo tomando café todos los días todavía no he conseguido que me pongas el café con leche fría.
  • Desde luego que es verdad, ¡Que mala hostia tienen los “granainos”!
  • Pues claro, cabrón, porque fuimos moros hasta 1492.
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EL DAÑO YA ESTA HECHO.

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LA BOFETADA.

Todavía me silba el oído, ese pitido sordo, que parece no querer irse. El dolor ya se fue, el ardor de la cara me duró un instante. El daño ya está hecho, nunca me había llegado a poner la mano encima. Y mira hoy por dónde. Delante de los niños, y por una soberana tontería. El daño ya está hecho. Han sido años de aguantar impertinencias, gritos, insultos y humillaciones. Pero nunca me había llegado a poner la mano encima. El pitido que no se va. Hasta él se dio cuenta de que el daño ya estaba hecho, se justificó a gritos, mientras yo intentaba sacar a los niños de la habitación. Luego, amenazante, se vino a por mí para seguir gritándome, me agarró por los hombros y me zarandeó. No sé lo que decía, el pitido no me dejaba oír. El daño ya estaba hecho.

Conversación con la Galería.

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Sigo pensando que esa no era mi vida.

Era una pesadilla, de la que solo quedan esas fotos sin alma, en la memoria de una maquina electrónica.

¿Qué voy a decirte?

No sé cómo soporté tanto tiempo a tu lado. Supongo que los adictos a la droga suelen decir lo mismo. Sabes que te está matando pero sigues con ella, y cuesta una vida dar el paso para dejarla.

Te ríes, eres así, matas dulcemente, dañina pero dulce, como la absenta, el diablo verde.

Me escupes – “Cobarde”- a la cara.

Pero ya no me haces daño, ya no soy ese monigote sin alma que te preparaba el desayuno, que te cargaba a la espalda, que te mantenía y  sufría tu enfermedad genética.

Sí, tú no tienes la enfermedad de tu padre, aunque sabes fingirla para que se apiaden de ti, pero hay en tus genes algo enfermo. La Maldad. Y eso te va pudriendo por dentro, como una gangrena. Solo eres feliz un instante, un segundo, cuando sabes que estás haciendo daño a alguien, y te regodeas en tu miseria, haciendo daño a los que tienes más cerca. Eres agria como la bilis del hígado. Y sin embargo, nadie puede vivir sin hígado.

Me vuelves a escupir -“Mal Padre, has hecho que tu hijo se avergüence de tí”- y siento tu saliva templada resbalando por mi cara.

Sí, he sido un mal padre, pero no por dejarte, no por acabar con esa mentira que era “nuestra familia”, he sido un mal padre porque no conozco  a mi hijo, ahora miro las fotos y veo a un extraño, apenas se de él, y lo poco que sé no me gusta nada.

Tener un hijo no es criar una planta, echarle abono y regarla. Hay que formar su alma como persona, enseñarle valores y sentimientos. Que coma solomillo todos los días no lo hace un buen hombre, solo hace que cague una mierda de mayor calidad.

Pero, ¿por qué pierdo el tiempo? Es predicar en el desierto, tú y yo hablamos idiomas diferentes. Venimos de planetas distantes. Yo soy ese extraterrestre que intentó comprender a los humanos, y tras años entre ellos, sigue sin entenderlos. Sigo sin entenderte.

Pero es qué ya no quiero, me importa una higa tu visión del mundo y de la vida. No pienso gastar ni un segundo de mi vida en intentar conocerte. He decidido meter tus recuerdos en un bidón de residuos tóxicos y arrojarlo a una fosa del océano.

En cuanto a nuestro hijo, ya es un hombre, un señor que no conozco, y cuyo trato no me agrada, solo me queda ese gusanillo, ese picor que te dice, muy en el fondo, que es algo tuyo . (Lo que pudo haber sido, y no fue).

Aquí lo espero, friendo un huevo.

Alguna vez puede que nuestros caminos se crucen, y espero que los dos descubramos cosas buenas del otro, con el tiempo.

Yo descubrí que a mi padre le gustaba la poesía cuando ya tenía sesenta y tantos años, nunca es tarde para aprender a perdonar a los demás y perdonarse a uno mismo. Exigimos a nuestros ancestros lo que no somos capaces de realizar como personas. Queremos que nuestros padres sean dioses, y el barro aunque se cueza, es solo barro, si se cae se rompe.

Y para despedirme, me gustaría fastidiarte un poco.

Ya lo sé -“Te importa una mierda toda esa verborrea intelectual que tanto odias. Malditos sean los libros y ojalá estuviesen todos envenenados como en el Nombre de la Rosa, para que todo el que lea se muera, por gilipollas y cabrón”.

-“ENTIENDEME. No soy como un mundo ordinario. Tengo mi locura, vivo en otra dimensión y no tengo tiempo para cosas que no tienen alma”.

Es una cita de un escritor americano, Charles Bukouski.

-“Muereté, imbécil”.

Una comedia negra ligera.

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– Hora de la muerte, las 12:30.

– ¿De la mañana o de la tarde, Señoría?

– Tus muertos, Serafín, tus muertos …

Hay que ser muy cafre para no tener consideración con un cadáver por levantar, que todavía parece, que nos va a decir a todos: “váyanse a tomar por culo, funcionarios de mierda, que no se puede morir uno en paz”.

Esta mañana, en cuanto me he despertado y he visto el día, me he dicho, hoy levantamos algún fugitivo. No se cual es la razón pero los días plomizos, que si llueve o no llueve, son días propicios para el suicidio.

Pero quien me iba a decir a mí que tendría que levantar a Federico, mi colega de profesión. Como el solía decir con su sonrisa de gato siamés “Compañero y sin embargo, amigo”. Ni una cosa, ni la otra. Era un cabrón el puñetero, un mal juez, medrando siempre detrás de los políticos de turno, y puteando a los colegas que consideraba sus rivales. Y miraló, ahí tirado, con los ojos de vidrio abiertos de par en par, con el susto aún de ver que se moría de verdad.

 

Federico, hombre, si te pegas un tiro en la sien, aunque sea con un revólver de señorita, tienes muchas opciones de matarte.

 

Es siempre doloroso el ver como la gente huye espantada de la vida. Ese don que dicen que nos dieron, y que algunos nos jodieron hace tiempo.

 

No creo en la evolución de los más fuertes, pero sí, de los más perros. Los que se adaptan, de los que se amoldan. El camaleón y la cucaracha sobreviven. Los salmones, como idiotas vamos saltando río arriba para morir hechos pedazos contra los cantos del camino.

 

Ya están aquí los de la funeraria, por fin, esto se acaba.

 

Adiós Federico, no pienso ir a tu entierro. No me gusta el compadreo de hacer bueno al muerto por decoro. Fuiste siempre un cabrón y un hijo de puta, y hasta en la muerte has sido perro, seguro que sabías que hoy me tocaba a mi, puñetero.

 

Lo único que siento de verdad es no poder saber a que ha venido esto. Como buen funcionario no pienso mover un músculo para investigar tu muerte, y si es por la policía judicial, la llevas clara. Tu secreto se irá contigo a la tumba.

 

Si es que hay secreto, que lo mismo no. Hoy es un día plomizo, de panza de burro, dicen, muy acorde para quitarse de en medio, sin más explicaciones.

 

“Guadalupe, escupe, que t’ has tragao un pelo”, que decía Arniches.

 

Amanezco escribiendo a Faulkner.

William-Faulkner

“Y esa es precisamente, la maldición de nuestra civilización actual: las cosas. Las posesiones nos esclavizan, nos exigen trabajar por lo menos ocho horas por día o cometer ilegalidades para mantener esas cosas en buenas condiciones, pintadas o vestidas a la última moda y llenas de combustible o de whisky.”

 

Willian Faulkner.

La Paga de los Soldados.

IDUS DE MARZO.

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Era marzo, los idus y sangraba.
 Nunca hubiese esperado esa reacción.
 Todavía dudaba de lo que estaba pasando
 y sin embargo, la humedad caliente que bajaba por su torso
 le escupía la realidad.

Se quitó las gafas, se secó el sudor y se sentó temblando.
 Nunca hubiese pensado que algo así podría pasar.
 El peor error de una hombre es no saber ser padre
 y que peor padre que la víctima de un hijo.
 Los idus de marzo.

El mejor mes para matar a un padre es marzo.
 Sintió la sangre empapándole la camisa
 y recordó el chasquido del cuchillo al salir de su vientre.
 La mirada de susto, la perplejidad, el horror
 y la certeza de que parte de la culpa también era suya.
 Hasta en eso padre.

Era marzo, los idus, y lo supo de repente.
 Era parte de una vieja tragedia que trasciende los siglos.
 La lucha de lo nuevo contra lo viejo,
 subvertir el orden,
 atacar lo más cercano,
 el beso de judas.

Un agrio estertor salió de su garganta
 y reconoció en su boca el dulce sabor de la sangre.
 Apenas quedaba tiempo.
 ¿Qué decir que no hayan dicho ya los bardos?

Y entonces,
 rebuscando en su memoria,
 arañó los recuerdos de la tragedia de Shakespeare.
 Y cayendo sobre el suelo frió,
 constató que su puñalada llevaba escrita un firma.

“También tú, Bruto, hijo mío.”

LOS GATOS DEL ZAPILLO

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LOS GATOS DEL ZAPILLO.

El primer caso del que se tuvo conocimiento fue en febrero de este año. Por lo que nos contaron, el contagio se produjo en uno de los espigones del Zapillo, uno de los pescadores que pululaban con sus cañas de pesca de madrugada fue mordido por un felino infectado. Su familia al ver las reacciones extrañas, y la sudoración excesiva lo trasladaron al Centro de Salud, donde le recetaron paracetamol (el milagro de los pobres) y lo enviaron a casa. Horas después entraba en Torre Cárdenas con convulsiones y los primeros efectos de la transformación.
Por eso se le llama a esta mierda el síndrome de los gatos del Zapillo. Perdón por la expresión, yo solía ser un hombre muy educado, pero en estos dos meses creo que a toda Almería se nos ha ido un poco la cabeza.
Tengo poco tiempo y quisiera dejar por escrito la verdad de las cosas, o por lo menos mi verdad, antes que la fiebre y las convulsiones me lo impidan.
Los casos aumentaron de forma exponencial, se habilitaron salas especiales en el Hospital Provincial y en la Bola Azul, pero eso no hizo sino aumentar los contagios. Esto es España y para más ende, Andalucía, aquí nunca se dice la verdad completa y los responsables se van pasando el muerto los unos a los otros traspasando un legado de medias verdades y falsas mentiras de inepto a inepto. En los primeros quince días los contagiados fueron millares.
Pronto empezó el miedo, por una parte los políticos y gerifaltes querían que la normalidad se mantuviese así que lo único que se hizo fue crear zonas restringidas, donde los gatos callejeros habían tomado las calles, se limitó el tránsito de personas y la policía intentó crear guetos en barrios determinados. Por supuesto los barrios elegidos fueron Pescadería y el Puche, los buenos almerienses, la gente de bien, seguían tomando cerveza en las terrazas del Paseo, y paseaban por la Rambla como si aquello no fuera con ellos. La jodimos bien jodida. (vuelvo a pedir perdón por la expresión, creo que es la fiebre)
La gente empezó a tener constancia de la gravedad de la situación la mañana en que se supo que el Delegado del Gobierno, el Alcalde y el Presidente de la Diputación, todos, con sus adláteres correspondientes, habían abandonado la ciudad. Estábamos solos, rodeados de gatos y mentiras.
En un primer momento la gente creó agrupaciones de barrio para eliminar a los felinos callejeros, pero eso empeoró la situación, no había medios y cada estamento médico recomendaba un protocolo de actuación que contradecía al de sus colegas. Fue el caos, hubo miles de infectados más, los centros médicos estaban abarrotados y un hedor a pis de gato empezaba a inundar la ciudad.
Siete de marzo, un día que se inscribirá en la historia de la infamia, la Señora Presidenta nos traicionó. La verdad es que yo nunca me fié de esa rubia de bote con cara de gata siamés preñada (perdón la fiebre). Almería, tierra de acogida, el refugio de tantos en la guerra civil, fue abandonada a su suerte. Fue un arañazo en las entrañas de este pueblo-ciudad.
Se puso en cuarentena a toda la población y los almerienses, los buenos almerienses, que siempre estuvimos tan orgullosos de nuestras fuerzas armadas vimos como los tanques de la brigada legionaria nos apuntaban a nosotros. La Señora Presidenta había ordenado que el ejercito se ocupara de cercar la ciudad y que ninguna persona pudiese salir ni entrar. Estábamos solos, rodeados de gatos y ahora de legionarios.
La buenas familias con recursos, alertadas por un Diputado conservador, buen cristiano, señorito andaluz como ellos y gran amante de la caridad cristiana, cargaron con todos sus enseres de valor y billetes de quinientos euros y abandonaron la ciudad en los últimos aviones que salieron del aeropuerto, cercado ya por un ejercito que hizo la vista gorda en este caso (era lo mejor de Almería, había que salvarlo a tiempo)
Por supuesto los centenares de obras de arte de los museos, se quedaron tiradas, pronto serán pasto de las uñas de los gatos, a quién le importan esas gilipolleces.
En la Puerta de Purchena empezó a declamar un sacerdote famélico y pálido, que a voces increpaba a los pocos transeúntes que osaban transitar por las calles en busca de comida. Sus gritos pronto inundaron la ciudad “esta plaga es un castigo de Dios por no haber cumplido sus designios, por no rezar y por abandonar el camino de la limpieza de la raza”. Tócate los cojones (perdón pero me pueden ya los escalofríos). En una ciudad con la babilonia étnica que existe en Almería, donde se entremezclan las comunidades musulmana, rusa, rumana, latinoamericana, etc… hablar de la “limpieza de raza”, es para mearse y no echar gota (empiezo a utilizar expresiones más de animal que de persona, es la infección).
Empezó la caza al hombre, nos volvimos animales, tu vecino era tu enemigo y las escenas que vivimos fueron terroríficas. No se respetaron ni mujeres, ni a niños, ni a ancianos. Cuadrillas armadas de desalmados unidos por los lazos étnicos y el miedo, barrieron las calles de la ciudad, que empezaron a llenarse de muertos, que nadie recogía, y que pasaban a ser comida de los gatos, cada vez más numerosos.
Una furia felina nos empujaba a unos contra otros y pronto perdimos la poca humanidad que nos quedaba, todo era matar y alimentarse.
Ayer llamaron a mi puerta, era una niña pequeña llorando, me tapé los oídos y cerré los ojos, pero su aullido lastimero y los arañazos en la puerta se me clavaban en las sienes como garras. Cogí un trozo de pan mohoso, el último que quedaba, y abrí con intención de entregárselo, no tuve tiempo, la cría, medio gata ya, me mordió la mano en cuanto la tuvo a su alcance.
Todo está perdido, la noche la pasé entre escalofríos y fiebre, sudores y temblores. Por la mañana, mis ojos eran amarillos, y escribo en mi portátil estas lineas, con unas manos casi garras, de uñas retráctiles y largas.
Ya no sé lo que soy, no sé si creo en Dios o en las sardinas, pero deseaba contar la verdad antes de ser gato definitivamente, no sé si valdrá de algo.
Si alguien llega a leer esto, que sepa lo que pasó, y cómo.
Lo siento no puedo más, adiós… MIAU.