No puedo con las ranas.

rana fea

NO PUEDO CON LAS RANAS.

Y la mariposa que revolotea,

mira a la ranita y le dice fea.

Fea la ranita, qué barbaridad,

quizás patizamba, pero nada más

            Era una canción que aprendió mi hijo, cuando era pequeño. Cuando aún era mi hijo. Cuando la mentira y el orgullo todavía no nos separaban.

            Era una rana fea de ojillos saltones, que además saltaba y cazaba moscardones.

            No puedo con las ranas.

            Me recuerdan cuando mi hijo era un bebé recostado sobre mi barriga, en aquel primer sofá negro del piso alquilado.

            Odio las ranas.

            Odio el daño que me hacen.

            Intento utilizar la técnica de relajación de la rana, su quietud en la charca, escuchando  sentada, atenta pero quieta, con sus ojos estrábicos, alerta pero relajada, lista para saltar, pero quieta.

            No puedo con las ranas, las odio.

            Es un animal que no soporto.

            Dicen que cualquier mínimo cambio a su alrededor hace que salte, que utilice su energía para escapar o para cazar. Parecería un animal perfecto, adaptado a su medio.

            Pero hace años se demostró, que si colocas una rana en una olla de agua y la calientas lentamente, la rana no salta. Se cuece.

            No hay animales perfectos.

            Como las personas. A veces te relajas tanto, te amoldas tanto a la rutina, que no sientes que el agua se va calentando a tu alrededor. Cuando quieres saltar, ya estás cocido. Quemado, listo para ser servido de vianda para que otro saboree tus ancas.

            No es una metáfora cuando dicen que una persona “te come por los pies”. No te diste cuenta de que a tu alrededor la temperatura cambiaba lentamente, ni siquiera eras consciente. Pero ya eres una rana muerta.

            No puedo con las ranas.

            Salta en cuanto puedas, la vida es lo primero.

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La Diosa Selene.

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LA OTRA CARA DE LA LUNA.

            Durante siglos se ha especulado sobre que habría en la cara oculta de la Luna. Qué misterios encerraría. Qué extraños seres la habitarían. Cómo sería su rostro.

            Aún hoy, después de que el hombre se posase sobre ella en los años sesenta, después de miles de sondas y satélites, todavía hay gente que especula con los misterios de la zona oscura de Selene.

            La palabra luna proviene del latín, y viene a significar “la que ilumina”. Como si fuese una persona. Desde los primeros observadores de los cielos siempre se ha personificado a ese astro que domina la oscuridad de la noche. Que nos acompaña, a veces perceptible, a veces oculta, como una amante innombrable.

            Los griegos la inmortalizaron como a una diosa: Selene, representada como una mujer hermosa de rostro pálido, conduciendo un carro de plata tirado por un yugo de bueyes blancos.

            Una mujer bella, la Luna.

            Durante siglos se ha especulado sobre las mujeres guapas, hermosas, diosas de la belleza. Esas mujeres que iluminan una estancia con su sola presencia. Que intimidan y que atraen como una amante innombrable. De todas se han contado historias a media voz. Soliloquios de viejas cuchicheantes sobre historias incontables, nunca repetibles delante de los hombres.

            Todas las mujeres bellas, las verdaderamente bellas, esconden una cara oculta que nunca conocemos, pero que imaginamos. Que deseamos vislumbrar y que tememos.

            Incluso, si en una imposible sonrisa del destino, una de esas diosas te deja saborear su piel, descubrir sus valles y cráteres escondidos, nunca veras su verdadero rostro. Aunque claves tu bandera, y grites al mundo que te pertenece, sabes que es mentira.

            Nadie sabe qué piensa una mujer bella de verdad. Todo son especulaciones, temores y recelos. O celos simple y llanamente.

            Hay un instante que marca la vida de un hombre, que lo vuelve loco. “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”.

            Ese momento en que abres los ojos por la mañana, en una cama extraña, y ves dormida a tu lado a una diosa. Ves su cara achatada por la almohada. Su pelo enmarañado. Pero inmensamente bella. Su olor que lo recubre todo, y entiendes que ella es una diosa y tú solo eres un hombre.

            Sabes que como la Luna, toda mujer bella tiene otra cara, una que desconocemos, que nunca llegamos a conocer. Sientes miedo. Un miedo que viene de siglos, un miedo arcaico. Sabes que es Selene.

            Así que te levantas sin hacer ruido, recoges tu ropa desperdigada por la habitación y huyes de vuelta a la tierra.

            Sabes que aunque se lo contases al mejor de tus amigos nunca te creería. Cuanta gente todavía no cree en la llegada del hombre a la Luna.

            Solo tú guardas el regusto amargo de saber que fue verdad. Que tú estuviste allí. Y que escapaste como un hombre asustado, incapaz de descifrar el misterio que atormenta a la humanidad desde hace siglos.

            ¿Cómo será la otra cara de la Luna?

Obra maestra contra la intolerancia.

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«El gallo de Sócrates»

Leopoldo Alas (Clarín)

Critón, después de cerrar la boca y los ojos al maestro, dejó a los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la cárcel, dispuesto a cumplir lo más pronto posible el último encargo que Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de la letra en la duda de si era serio o no era serio. Sócrates, al espirar, descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder a sus discípulos, el espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas palabras:

-Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda. -Y no habló más.

Para Critón aquella recomendación era sagrada: no quería analizar, no quería examinar si era más verosímil que Sócrates sólo hubiera querido decir un chiste, algo irónico tal vez, o si se trataba de la última voluntad del maestro, de su último deseo. ¿No había sido siempre Sócrates, pese a la calumnia de Anito y Melito, respetuoso para con el culto popular, la religión oficial? Cierto que les daba a los mitos (que Critón no llamaba así, por supuesto) un carácter simbólico, filosófico muy sublime o ideal; pero entre poéticas y trascendentales paráfrasis, ello era que respetaba la fe de los griegos, la religión positiva, el culto del Estado. Bien lo demostraba un hermoso episodio de su último discurso, (pues Critón notaba que Sócrates a veces, a pesar de su sistema de preguntas y respuestas se olvidaba de los interlocutores, y hablaba largo y tendido y muy por lo florido).

Había pintado las maravillas del otro mundo con pormenores topográficos que más tenían de tradicional imaginación que de rigurosa dialéctica y austera filosofía.

Y Sócrates no había dicho que él no creyese en todo aquello, aunque tampoco afirmaba la realidad de lo descrito con la obstinada seguridad de un fanático; pero esto no era de extrañar en quien, aun respecto de las propias ideas, como las que había expuesto para defender la inmortalidad del alma, admitía con abnegación de las ilusiones y del orgullo, la posibilidad metafísica de que las cosas no fueran como él se las figuraba. En fin, que Critón no creía contradecir el sistema ni la conducta del maestro, buscando cuanto antes un gallo para ofrecérselo al dios de la Medicina.

Como si la Providencia anduviera en el ajo, en cuanto Critón se alejó unos cien pasos de la prisión de Sócrates, vio, sobre una tapia, en una especie de plazuela solitaria, un gallo rozagante, de espléndido plumaje. Acababa de saltar desde un huerto al caballete de aquel muro, y se preparaba a saltar a la calle. Era un gallo que huía; un gallo que se emancipaba de alguna triste esclavitud.

Conoció Critón el intento del ave de corral, y esperó a que saltase a la plazuela para perseguirle y cogerle. Se le había metido en la cabeza (porque el hombre, en empezando a transigir con ideas y sentimientos religiosos que no encuentra racionales, no para hasta la superstición más pueril) que el gallo aquel, y no otro, era el que Esculapio, o sea Asclepies, quería que se le sacrificase. La casualidad del encuentro ya lo achacaba Critón a voluntad de los dioses.

Al parecer, el gallo no era del mismo modo de pensar; porque en cuanto notó que un hombre le perseguía comenzó a correr batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda.

Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo, seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía.

«Pero buena cosa es, iba pensando el gallo, mientras corría y se disponía a volar, lo que pudiera, si el peligro arreciaba; buena cosa es que estos sabios que aborrezco se han de empeñar en tenerme por suyo, contra todas las leyes naturales, que ellos debieran conocer. Bonito fuera que después de librarme de la inaguantable esclavitud en que me tenía Gorgias, cayera inmediatamente en poder de este pobre diablo, pensador de segunda mano y mucho menos divertido que el parlanchín de mi amo».

Corría el gallo y le iba a los alcances el filósofo. Cuando ya iba a echarle mano, el gallo batió las alas, y, dígase de un vuelo, dígase de un brinco, se puso, por esfuerzo supremo del pánico, encima de la cabeza de una estatua que representaba nada menos que Atenea.

-¡Oh, gallo irreverente! -gritó el filósofo, ya fanático inquisitorial, y perdónese el anacronismo. Y acallando con un sofisma pseudo-piadoso los gritos de la honrada conciencia natural que le decía: «no robes ese gallo», pensó: «Ahora sí que, por el sacrilegio, mereces la muerte. Serás mío, irás al sacrificio».

Y el filósofo se ponía de puntillas; se estiraba cuanto podía, daba saltos cortos, ridículos; pero todo en vano.

-¡Oh, filósofo idealista, de imitación! -dijo el gallo en griego digno del mismo Gorgias; -no te molestes, no volarás ni lo que vuela un gallo. ¿Qué? ¿Te espanta que yo sepa hablar? Pues ¿no me conoces? Soy el gallo del corral de Gorgias. Yo te conozco a ti. Eres una sombra. La sombra de un muerto. Es el destino de los discípulos que sobreviven a los maestros. Quedan acá, a manera de larvas, para asustar a la gente menuda. Muere el soñador inspirado y quedan los discípulos alicortos que hacen de la poética idealidad del sublime vidente una causa más del miedo, una tristeza más para el mundo, una superstición que se petrifica.

-«¡Silencio, gallo! En nombre de la Idea de tu género, la naturaleza te manda que calles».

-Yo hablo, y tú cacareas la Idea. Oye, hablo sin permiso de la Idea de mi género y por habilidad de mi individuo. De tanto oír hablar de Retórica, es decir, del arte de hablar por hablar, aprendí algo del oficio.

-¿Y pagas al maestro huyendo de su lado, dejando su casa, renegando de su poder?

-Gorgias es tan loco, si bien más ameno, como tú. No se puede vivir junto a semejante hombre. Todo lo prueba; y eso aturde, cansa. El que demuestra toda la vida, la deja hueca. Saber el porqué de todo es quedarse con la geometría de las cosas y sin la substancia de nada. Reducir el mundo a una ecuación es dejarlo sin pies ni cabeza. Mira, vete, porque puedo estar diciendo cosas así setenta días con setenta noches: recuerda que soy el gallo de Gorgias, el sofista.

-Bueno, pues por sofista, por sacrílego y porque Zeus lo quiere, vas a morir. ¡Date!

-¡Nones! No ha nacido el idealista de segunda mesa que me ponga la mano encima. Pero, ¿a qué viene esto? ¿Qué crueldad es esta? ¿Por qué me persigues?

-Porque Sócrates al morir me encargó que sacrificara un gallo a Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud verdadera, librándole por la muerte, de todos los males.

-¿Dijo Sócrates todo eso?

-No; dijo que debíamos un gallo a Esculapio.

-De modo que lo demás te lo figuras tú.

-¿Y qué otro sentido, pueden tener esas palabras?

-El más benéfico. El que no cueste sangre ni cueste errores. Matarme a mí para contentar a un dios, en que Sócrates no creía, es ofender a Sócrates, insultar a los Dioses verdaderos… y hacerme a mí, que sí existo, y soy inocente, un daño inconmensurable; pues no sabemos ni todo el dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte.

-Pues Sócrates y Zeus quieren tu sacrificio.

-Repara que Sócrates habló con ironía, con la ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro, divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y dan lecciones al mundo, cuán austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil imagen con sus máximas y sus preceptos de moral.

-Gallo de Gorgias, calla y muere.

-Discípulo indigno, vete y calla; calla siempre. Eres indigno de los de tu ralea. Todos iguales. Discípulos del genio, testigos sordos y ciegos del sublime soliloquio de una conciencia superior; por ilusión suya y vuestra, creéis inmortalizar el perfume de su alma, cuando embalsamáis con drogas y por recetas su doctrina. Hacéis del muerto una momia para tener un ídolo. Petrificáis la idea, y el sutil pensamiento lo utilizáis como filo que hace correr la sangre. Sí; eres símbolo de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el humor al vulgo.

-Yo a las palabras me atengo. Date…

Critón buscó una piedra, apuntó a la cabeza, y de la cresta del gallo salió la sangre…

El gallo de Gorgias perdió el sentido, y al caer cantó por el aire, diciendo:

-¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.

Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la sangre del gallo.

FIN

Leopoldo Alas (Clarín)

INTOLERANCIA.

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EL BESUGO INTOLERANTE.

  • En verdad te digo, que no existe cosa más absurda que la religión. Cuna de toda intolerancia, castradora del conocimiento humano, una vulgar tapadera ideológica para propagar el clasismo y el dominio de los poderosos sobre las clases productivas.

Mi amigo Álvaro, se iba poniendo cada vez, más rojo, más tenso. Y en el momento central de su discurso, golpeó la mesita de la terraza, con tal golpe, que hizo tambalear los vasos, y bailar las aceitunas.

  • Bendita razón la tuya, que es defendida con tanto ardor… – le dije riendo.
  • Ya tenemos aquí el candor del Padre Braun – y dijo esto con el retintín fastidioso de un fraile Franciscano.
  • Te acoges a “sagrado” – le dije – Sabes perfectamente que si me atacas con Chesterton, me tienes ganado. ¿A qué viene esa diatriba categórica contra la religión? ¿Qué ofensa te hemos hecho los creyentes? – le pregunté con mi mejor sonrisa.
  • Y tú me lo preguntas, traidor… – me miró como si me viera por primera vez – Desde que te has divorciado y visitas a esos gurús de la psicología terapéutica, te has dejado engatusar por el “buenismo” tontaina de la religión redentora. Has visto la luz, hermano… – y volvió al tonillo misionero.

Lo miré fijamente, con risa contenida, y de un trago me bebí la cerveza sin alcohol que ya empezaba a estar caliente.

  • No hay cosa que más miedo me dé que un cura – le dije – Y tu vienes hoy con tu sotana nueva, recién planchada.
  • No me hagas lo negro blanco, Pablo, que nos conocemos… Me molesta tu actitud, y lo sabes. A veces creo que no te conozco, que eres otra persona. Y todo lo trae la mierda de la religión, y lo sabes…
  • ¿Qué te molesta, la religión o yo? – le pregunté mirándolo a los ojos.
  • Sabes perfectamente que tú no eras así. De pequeño fuiste monaguillo, por obligaciones del guión, pero tú siempre has sido un hombre libre, un pensador libre, un amigo de la razón… ¿y ahora?… Te veo… y no sé qué pensar, te has convertido en el cordero de Dios…
  • No estoy aquí para quitar el pecado del mundo. Solo estoy luchando por perdonarme a mí mismo…
  • ¡Lo ves!…. Que mierda de galimatías estás diciendo… mi amigo nunca hubiese dicho esa gilipollez…
  • ¡Mírame, Álvaro, soy yo! Soy tu amigo desde que éramos niños, soy yo. Pero claro que he cambiado, me ha oxidado la vida. Mi piel no es la misma, mi pelo ha sido cortado mil veces, y desde hace diez años llevo bigote. Eso es la vida, cambiar… ¿Acaso eres tú una piedra a la que no le afecta el paso del tiempo, el agua, el sol y el viento?… ¿De qué material estás hecho?
  • Pero tú no eras así, tú eras un tío inteligente, con una buena vida, con una buena casa, con un buen trabajo… ¿Y mírate ahora?…
  • “Todo esto te daré, reinos y poder, si te postras ante mí”…
  • Lo ves… Te han lavado el cerebro… Desde que estuviste en ese sitio de San Juan de Dios, tú no eres tú. Y perdona que te lo diga, pero esa mierda de la religión te va dejar en la puta calle. Tienes que luchar por lo que es tuyo, tomar las riendas…joder, Pablo, eras un tío que daba miedo, y ahora, no sé si darte cinco euros de limosna.
  • Haz lo que tu corazón te diga. Yo siempre voy a ser tu amigo… Es verdad que he cambiado, pero no por la religión, sino porque no soy un hijo de puta intolerante como era. La intolerancia no tiene que ver con la religión, sino con el hombre, con su capacidad de ser humano, de ver el sufrimiento de los demás, y el suyo propio… La sotana de la intolerancia la llevan curas y seglares, los que no se cuestionan nada, los que no quieren que cambie nada, los que necesitan que después del tres, siempre (SIEMPRE) venga el cuatro…
  • Es que la ciencia y la razón nos dicen con claridad que tras el tres viene el cuatro, y eso no hay Dios que pueda cambiarlo…
  • Te quiero mucho, Álvaro, pero eres un besugo intolerante. Desde hace años la ciencia ya no tiene tan claro la interpretación Cartesiana de la realidad. Hay teorías científicas que se basan en la búsqueda de un gato vivo o muerto en una caja, el famoso gato de Schrödinger. Interpretaciones de la realidad, después de tantos siglos hemos vuelto a la caverna, para disfrute de Platón… Y en cuanto a la razón, menuda furcia, esa meretriz viene prometiéndonos que los avances tecnológicos harán que el hombre trabaje menos desde el renacimiento. Hace años, que el capital la compró y la puso a su servicio. ¿Cuántas horas trabajas ahora Álvaro? ¿Diez? ¿Doce?… ¿Dónde está tu becerro de oro?…
  • Total que ahora lo moderno es ser católico, apostólico y romano ¡Anda ya!
  • No entiendo de modernidades, tengo ya demasiados años. Pero lo que si tengo claro, es que hay algo bueno en el humanismo cristiano, no te hablo de la Iglesia, y sus representantes en la tierra. Siempre he pensado que Jesús de Nazaret le gastó una broma a Pedro cuando le dijo que era la PIEDRA sobre la que edificaría su iglesia. Debió de ser un cachondo el nazareno, siempre hablando con parábolas, que te dejan ese regusto de chascarrillo para niños, chistes de viejos… Pero siempre los discípulos son más tontos que sus maestros, y en el mantenimiento incólume de su mensaje se encierra el vicio de la intolerancia. ¿Has leído alguna vez El Gallo de Sócrates de Leopoldo Alas Clarín?… Es un relato magnífico que explica claramente hasta donde somos intolerantes y tontos en nombre del mensaje de otros…
  • De verdad que ahora sí que no entiendo nada…
  • Álvaro respóndeme solo a dos preguntas y nunca más hablaremos de este tema…
  • De acuerdo.
  • Primero, si Jesús, era hijo de Dios, un ser supremo ¿Por qué duda en el monte de los olivos? ¿Por qué grita “Padre mío porque me has abandonado”, cuándo sufre en la cruz?
  • Sabes que no soy teólogo…
  • Pero eres hombre… Te lo pondré más fácil ¿Si Dios es omnipotente por qué tuvo que utilizar a una mujer humana para tener un hijo?
  • No tengo repuestas para eso…
  • Sencillamente porque no eran curas, no eran intolerantes… Como bien dice mi gran maestro Chesterton “incluso Dios se agachó para cruzar una puerta estrecha, en la hora en que la Palabra se hizo carne”.

LA NIÑA DEL PELO ROJO.

PELO ROJO

LA VERDADERA REVOLUCION.

Al final de su libro Lo que está mal en el mundo, G. K. Chesterton alude a una ley promulgada en aquel periodo en el Reino Unido según la cual, para evitar las epidemias de piojos en los barrios pobres, los niños de la clase obrera deberían llevar las cabezas rapadas. Los pobres, escribe Chesterton, se encuentran tan presionados desde arriba, en submundos de miseria tan apestosos y sofocantes, que no se les debe permitir tener pelo, pues en su caso eso significa tener piojos. En consecuencia, los médicos sugieren suprimir el pelo. No parece habérseles ocurrido suprimir los piojos. Y es que sería largo y laborioso cortar las cabezas de los tiranos; es más fácil cortar el pelo de los esclavos. En el razonamiento que hila la conclusión de este libro formidable ,Chesterton sostiene que la lección de los piojos de los suburbios es que lo que está mal son los suburbios, no el pelo. Y dice una cosa verdaderamente sorprendente: sólo por medio de instituciones eternas como el pelo podemos someter a prueba instituciones pasajeras como los imperios.

Chesterton lleva todo el libro pensando un punto de partida sobre el que construir todo un orden social, un mínimo más allá del cual no tiene sentido defender nada. Y comienza así el último párrafo del libro, el más bello que yo haya leído en mi vida sobre el tema de la revolución: hay que empezar por algún sitio y yo empiezo por el pelo de una niña. Cualquier otra cosa es mala, pero el orgullo que siente una buena madre por la belleza de su hija es bueno. Es una de esas ternuras que son inexorables y que son la piedra de toque de toda época y raza. Si hay otras cosas en su contra, hay que acabar con esas otras cosas. Si los terratenientes, las leyes y las ciencias están en su contra, habrá que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias. Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener el pelo limpio. Porque debe tener el pelo limpio, no debe tener un hogar sucio; porque no debe tener un hogar sucio, debe tener una madre libre y disponible; porque debe tener una madre libre, no debe tener un terrateniente usurero; porque no debe haber un terrateniente usurero, debe haber una redistribución de la propiedad; porque debe haber una distribución de la propiedad, debe haber una revolución. La pequeña golfilla del pelo rojo, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser mutilados y destrozados para servirle a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos caerán, pero no habrá de dañarse un pelo de su cabeza. 

[G. K. Chesterton, Lo que está mal en el mundo.]

El trabajo de tu vida.

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EL TRABAJO DE TU VIDA.

  • ¿Y de qué trabajo estaríamos hablando?
  • Pues realmente, no lo sé. Mi madre siempre quiso que yo fuera cura. Durante años, en mi juventud, me repetía, que su mayor ilusión era verme celebrando misa. Decía que ser cura era una buena vida para mí. Nunca entendí muy bien si me lo decía con doble intención, lo que sé, es que le afectó mucho que yo decidiera casarme… Por otra parte mi padre era un hombre sencillo, pero laborioso, capaz de trabajos mecánicos de difícil explicación para un profano. Siempre me sorprendió la capacidad de manipular herramientas de todo tipo con sus manos grandes y bastas. Era un zurdo que aprendió a trabajar con la mano derecha, eso es tenacidad, adaptabilidad. Sin embargo, como le he dicho, era una hombre sencillo, nunca le escuché un discurso sobre sus ideas, e intentó pasar por la vida sin complicaciones. Su frase preferida, la que más recuerdo, es tal vez su guía para vivir. “No te líes, en cuanto puedas franquéate, záfate…” Ya ve ¿Cómo si en la vida zafarse de los problemas fuera sencillo? Ya sé que esto no le ayuda, pero no quiero un trabajo que me complique la vida, quiero trabajar para vivir, no vivir para trabajar.
  • No lo veo claro. ¿En qué ha trabajado hasta ahora?
  • Es difícil de explicar, yo trabajaba vistiendo santos…  No me mire con esa cara, ya se lo explico. Mi trabajo era coger a lo peor de la sociedad, esos seres impresentables: los sátrapas, los corruptos, los negreros, los tratantes de esclavos… y vestirlos de personas decentes, incluso añadirles olor de santidad, bañarlos en colonia, peinarlos y adecentarlos para presentarlos ante la sociedad como grandes hombres. Créame, he tenido que lidiar con gente que usted no quisiera que sus padres conociesen. Verdaderos criminales, y sin embargo, un buen afeite, un traje de buen paño, y no había banquero que no quisiera administrar sus pútridas ganancias, ni autoridad civil que no los considerase un pilar de la comunidad. Un buen trabajo si no tienes conciencia, o si lo fías todo a ganar dinero para que lo disfruten otros… Aún tengo pesadillas, ¿sabe? hay caras de criminales que me acompañarán toda mi vida… Ya ve, no quiero nada complicado.
  • De verdad, no entiendo nada. ¿Usted qué busca?
  • La verdad, busco algo sencillo, soy una fuerza productiva, tengo conocimientos y una capacidad de gestión importante. Creo que todavía puedo aportar mi capacidad para crear. Pero no quiero complicaciones, no quiero grandes objetivos, ni grandes batallas. Simplemente trabajar en algo que no me haga tener pesadillas, y que no consuma mi vida. Ya le digo, algo sencillo.
  • Perdone, ¿me está tomando el pelo?…
  • Por supuesto que no, señorita. Ni mucho menos. No quisiera que se sintiese molesta. Mire, a mi edad, las prioridades, ya no son las mismas que cuando tenía veinte años. Mi sombra es muy pequeña ahora, me arreglo con cualquier cosa… Entiendo que para usted todo lo que le he dicho no le sirva de mucho, pero es que no podemos explicar la vida de un hombre en el formulario C-124… Somos un poco más complicados que todo eso. O por lo menos yo.
  • Pero esto es una oficina del Servicio Andaluz de Empleo, y esta cita es para diseñar su perfil como demandante de empleo. ¿Lo entiende?
  • Le comprendo, señorita. Pero estamos hablando de mi vida, y del trabajo que quiero realizar. No se moleste, pero es que a veces me cuesta hablar con las máquinas.
  • Lo siento caballero, pero tengo otras citas para hoy… En fin, ¿Cómo quiere que aparezca su objetivo de trabajo? ¡Y no me cuente su vida!
  • Perdone si la he molestado… Le pido disculpas… Si me hace usted el favor anote bien mis datos profesionales, mis estudios, y en cuanto al puesto que busco… siempre he querido ser Mariscal de Campo.
  • Lo anoto todo caballero. Que tenga un buen día, y por favor, búsquese un buen psicólogo.
  • Gracias.

ALGO.

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ALGO

Desde luego que el que puso el Hospital en mitad de este bosque se quedó descansando. Seguro que era un tío estudiao, con una de esas carreras con muchos números. Un lumbreras, vamos. Pero en temas de seguridad estaba más pegao que un sello de correos.

    Hoy en la garita las voy a pasar canutas: entre el sol y los enfermos con permisos, la llevo clara.

    Y los familiares, todos, con lo mismo, “que hermosura de árboles, hasta ardillas hemos visto”. Pues claro, contra, si estamos en el quinto pino. Parece que esto de los locos es como los tanatorios, que como nadie los quiere al lado de su casa, pues donde Dios no quiso ir. Que calor hace hoy, contra, y con  el uniforme completo de invierno. Mira que se lo tengo dicho al Jefe, que esto es Málaga, la Costa del Sol, otro listo, con estudios.

    Venga hombre el que faltaba, Don Nicolás, a donde irá este hombre a estas horas, con la que está cayendo. Y con traje negro, completo, hasta con el chaleco, manda cojones. Como están las cabezas.

  • ¿Tiene usted un cigarrillo mi capitán?
  • Sabe usted que yo no fumo y menos trabajando. No salga del recinto don Nicolás que hace hoy mucho calor y ya mismo es la hora de la comida.
  • Tengo que ir a por tabaco.
  • Pero hombre Don Nicolás ¿Es que han puesto un estanco en el bosque? No me sea travieso, que luego tiene que ir mi amigo Damián a buscarlo, y se pierde usted la comida. Que hoy hay empanadillas de atún.
  • Voy a por tabaco, mi capitán.

    Capitán me dice, el abuelo, que lástima llegar al final de la vida, trabajando como un burro de sol a sol, para luego perder la sesera. Esto tiene que ser algo que nos echan en la comida, seguro. En los tiempos de mis abuelos, la gente se moría de viejo, con cien años, y hasta el último día hablando como si la mili la hubieran hecho ayer. Estaban los locos de siempre, los desde chiquiticos, pero volverse loco con la vejez…  Qué va, hombre, eso es algo que nos están echando.

    Mira quien viene por ahí, eso sí que es una lástima, una mujer en la flor de la vida y tan educada, que dicen que fue maestra, normal, lidiando con los esbirros que hay ahora. Cuarenta como los míos son capaces de volver loco a cualquiera. Una pena, y no se entera de la pobre, no sabe ni en qué mundo vive, y viene hablando sola todo el camino, seguro que me pregunta ahora por un terreno para hacerse un cortijo. Ay, criatura, los cortijos que tu tenías que hacer ya los tienes todos hechos, tu eres fija de esta casa. Una lástima, que la enfermedad que tiene, me ha dicho la Juani, que va a más y que ya no se puede hacer nada por ella.

    No es justo, Señor. Eso es que nos están echando algo, seguro.