OBRA MAESTRA DE LA PARADOJA.

Death-on-a-pale-horse-west-1796

LOS TRES JINETES DEL APOCALIPSIS

La singular y a veces inquietante sensación que Mr. Pond me producía, pese a su reglada cortesía y elegante decoro, tal vez se vinculaba a algunos recuerdos de mi niñez… y a la vaga insinuación verbal de su nombre. Era un funcionario gubernamental, viejo amigo de mi padre; y barrunto que de algún modo mi infantil imaginación había mezclado el apellido de Mr. Pond con el estanque del jardín1. A poco que se reflexionara sobre ello, Mr. Pond se asemejaba curiosamente al estanque del jardín. Durante la mayor parte del tiempo era igual de sereno, igual de límpido y claro, valga la expresión, en sus habituales reflejos de la tierra y el cielo y la hermosa luz del día. Y sin embargo yo sabía que en el estanque del jardín había algunas cosas raras. Una de cada cien veces, uno o dos días en todo el año, el estanque parecía enigmáticamente distinto; o su lisa tranquilidad era interrumpida por una sombra fugaz o un relámpago; y un pez o un sapo o alguna criatura más grotesca se mostraba al cielo. Y yo sabía que también en Mr. Pond había monstruos: monstruos mentales que emergían sólo un instante a la superficie y luego retornaban a las profundidades.

Se presentaban en forma de comentarios monstruosos en medio de su charla razonable e inofensiva. Algunos interlocutores pensaban que a la mitad de una conversación harto juiciosa se volvía loco de improviso. Pero asimismo no tenían más remedio que admitir que de inmediato regresaba a la cordura.

Quizá, asimismo, esta absurda imaginación caló en mi infantil ánimo porque, en determinados momentos, la propia estampa de Mr. Pond era muy similar a la de un pez. Sus modales eran no sólo asaz corteses sino asaz convencionales; convencionales eran sus ademanes mismos, a excepción de su eventual gesto de tirarse de la puntiaguda barba, gesto que especialmente realizaba cuando por último lo obligaban a ser explícito respecto de alguna de sus sorprendentes afirmaciones peregrinas. En tales momentos solía avizorar cual un búho y mesarse la barba, lo cual producía la hilarante consecuencia de causar que se le abriera la boca, no menos que si se tratase de la boca de una marioneta manipulada mediante cabellos en vez de alambres. Este raro abrir y cerrar ocasional de la boca, sin que articulara palabra, presentaba una pasmosísima semejanza con los lentos movimientos de las boqueadas de un pez. Pero jamás se prolongaba más allá de unos segundos, durante los cuales, me figuro, Mr. Pond engullía el enojoso requerimiento de sus oyentes de que les aclarara qué diantres había querido significar.

Una tarde Mr. Pond conversaba harto juiciosamente con Sir Hubert Wotton, el conocido diplomático; estaban sentados en nuestro jardín bajo unos enormes toldos de rayas de alegres colores, a modo de parasoles gigantescos, mirando hacia el estanque con que yo lo había relacionado contumazmente. Por un acaso hablaban de una parte del mundo que ambos conocían mucho y que la inmensa mayoría de los habitantes de Europa Occidental conoce muy poco: las vastas tierras anegadizas y pantanosas de Pomerania y Polonia y Rusia y distritos limítrofes, las cuales se extienden, a la cuenta, hasta los desiertos siberianos. Y Mr. Pond recordó que, en una de esas zonas de profundas ciénagas cortadas por lagunas y lentos ríos, hay un estrecho camino único flanqueado por empinados terraplenes: una senda no peligrosa para el caminante, pero escasa para que la transiten dos jinetes lado a lado. Este es el principio del relato.

Aconteció en una época no muy lejana, pero en la que aún se empleaban tropas de caballería, aunque ya más para correos que para combates. Baste decir que la acción se desarrolló en una de las muchas guerras que han devastado esa parte del mundo, si es que es posible devastar un desierto. Previsiblemente tal guerra concernía la opresión del estado prusiano sobre la nación polaca, pero, aparte este dato, sería disgresivo formular la política del conflicto o debatir ahora razones y sinrazones. Contentémonos con indicar, para nuestro esparcimiento, que Mr. Pond entretuvo a los oyentes con un enigma:

—Supongo que recordarán ustedes haber oído hablar —dijo Pond— de todo el revuelo desencadenado por Pawel Petrowski, el poeta cracoviano, quien hizo dos cosas bastante peligrosas en aquel tiempo: mudarse de Cracovia a Poznan e intentar ser simultáneamente poeta y patriota. En aquel momento la ciudad adonde se había mudado había sido tomada por los prusianos; se hallaba situada exactamente en el extremo oriental del largo camino flanqueado por terraplenes; como es lógico, el alto mando prusiano se había abalanzado a conquistar la cabeza de puente, de ese puente tan solitario sobre ese mar de ciénagas. Pero su cuartel general estaba en el extremo occidental del camino: el célebre mariscal Von Grock ostentaba el mando supremo; y los Húsares Blancos, el regimiento en que fuera soldado y que seguía siendo su regimiento predilecto, era el que estaba acampado junto al término occidental del alto camino largo. Excusado es decir que todo era impecable, aun los más ínfimos detalles de los espléndidos uniformes blancos, cruzados por un tahalí del color de la llama; pues esto era anterior a la generalización del empleo de los colores del barro y el lodo para todos los uniformes del mundo. No voy a censurarlos por aquello; a veces pienso que el extinguido tiempo de la heráldica era más hermoso que todo este tiempo nuestro del mimetismo que nos ha sido traído por la historia natural y el culto a los camaleones y escarabajos. Sea como fuere, este insigne regimiento de caballería prusiana usaba su uniforme peculiar… si bien, como ya verán ustedes, ése fue otro ingrediente del fiasco. Mas no sólo fueron los uniformes: fue la uniformidad. Todo fracasó porque la disciplina era excelente. Los soldados de Grock lo obedecieron demasiado bien; por eso no logró lo que se propuso.

—Sospecho que eso es una paradoja—dijo Wotton, exhalando un suspiro—. Resultará muy agudo y todo lo que usted quiera; pero realmente es un desatino, ¿o no? Oh, ya sé que de una manera generalizadora suele afirmarse que en el ejército germano hay una disciplina excesiva. Pero es imposible que haya un ejército en que disciplina alguna sea excesiva.

—Pero yo no lo afirmo de una manera generalizadora —dijo Pond en son de queja—. Lo afirmo de una manera particularizadora, ciñéndome a este caso particular. Grock fracasó porque sus soldados lo obedecieron. Cierto es que si lo hubiera obedecido uno de sus soldados, las cosas no habrían salido tan mal. Pero como lo obedecieron dos… caramba, en fin, pobre hombre, su plan se hizo trizas.

Wotton se rió guturalmente:

—Me encanta su novedosa teoría militar. Le parece bien la obediencia de un soldado en todo un regimiento; pero que sean dos los soldados que obedezcan, ya es un exceso de la disciplina teutónica.

—No ofrezco ninguna teoría militar. Me limito a hablar de un hecho militar —replicó Mr. Pond benignamente—. Es un hecho militar que Grock fracasó porque dos de sus soldados lo obedecieron. Es un hecho militar que habría triunfado si uno de ellos lo hubiera desobedecido. Encárguese usted de las teorías militares.

—No soy aficionado a las teorías —dijo Wotton con cierta sequedad, como ofendido por un pequeño insulto.

En ese momento apareció cruzando el frondoso césped la imponente y fanfarrona figura del capitán Gahagan, el inverosímil amigo y admirador del menudo Mr. Pond. Llevaba una fogosa malva en el ojal y un sombrero de copa gris sobre la roja cabellera; y, aunque era relativamente joven, su andar se caracterizaba por un donoso estilo que parecía salido de una pretérita época de dandis y duelistas. Erguido y recortado contra el sol, su elevada figura de anchas espaldas semejaba la personificación de toda arrogancia. Sentado y de cara al sol, contradecían la anterior impresión sus suavísimos ojos castaños, de suyo tristes y aun un poco nerviosos.

Mr. Pond, interrumpiendo su monólogo, casi se deshizo en un torrente de disculpas:

—Mucho me temo que, como de costumbre, estoy hablando en demasía; el caso es que hablo de ese poeta, Petrowski, que estuvo a punto de ser ejecutado en Poznan, hace ya tiempo. Las autoridades militares destacadas en la ciudad vacilaban, y pensaban dejarlo en libertad si no recibían órdenes punitivas directas del mariscal Von Grock o de esferas aún más altas; pero el mariscal Von Grock estaba muy determinado a que el poeta muriera; y esa misma tarde envió la sentencia de ejecución. Después fue enviado un indulto; pero como ocurrió que el portador del indulto murió antes de llegar a su destino, el prisionero fue puesto en libertad.

—Pero como ocurrió que… —repitió maquinalmente Wotton.

—…el portador del indulto… —añadió Gahagan con algo de mordacidad.

—…murió antes de llegar a su destino… —musitó Wotton.

—…pues entonces, desde luego, el prisionero fue puesto en libertad —concluyó Gahagan con voz estentórea y jocosa—. Está más claro que el agua. Y ahora cuéntanos otro de tus cuentos, abuelete.

—Es un suceso estrictamente cierto —protestó Mr. Pond—, y aconteció exactamente como les he dicho. No se trata de ninguna paradoja ni nada por el estilo. Claro que si se ignoran los pormenores, todo esto puede parecer complicado.

—Sí —convino Gahagan—. Creo que necesitaré muchos detalles para comprender que esa historia es simple.

—Ande y nárrenosla de una vez —dijo Wotton, terminante.

Pawel Petrowski era uno de esos hombres nada prácticos que son de extraordinaria importancia en la política práctica. Su importancia radicaba en que era poeta nacional pero cantor internacional. Vale decir, acertaba a tener una voz bella y poderosa con la cual entonaba sus patrióticos cantos en todos los auditorios de medio mundo. En su propio país, naturalmente, era una tea y un clarín de esperanzas sublevacionistas, máxime entonces, durante una crisis internacional de ésas en que el lugar de los prácticos políticos es ocupado por hombres mucho más o mucho menos prácticos. Pues el auténtico idealista y el auténtico realista tienen en común, cuando menos, el amor por la acción. Y el político práctico vive de formular objeciones prácticas contra cualquier acción. La obra del idealista podrá ser impracticable, e inescrupulosa la del hombre de acción; pero en ninguno de los dos casos puede un hombre haber adquirido su reputación por no hacer nada. Tiene gracia que cada una de las dos tipologías extremas estuviera en cada uno de los extremos de aquel camino largo entre los pantanos: a un extremo, el poeta polaco, prisionero en la ciudad; al otro, el militar prusiano, presidiendo el campamento.

Pues es que el mariscal Von Grock era todo un prusiano, no sólo cabalmente práctico sino además cabalmente prosaico. Jamás había leído un poema; pero no era un lerdo. Poseía ese sentido de la realidad característico de los militares; y tal sentido lo privaba de incurrir en el error asnal de los políticos prácticos. No se mofaba de la fantasía: se limitaba a aborrecerla. No ignoraba que un poeta, o un profeta, podía ser tan peligroso como una milicia entera. Y había decidido la muerte del poeta. Era su único reconocimiento a la poesía, pero era sincero.

En ese momento estaba sentado a una mesa, en su tienda de campaña; junto a él descansaba el casco con punta de acero que siempre se ponía en público; y su maciza cabeza parecía de todo punto calva, aunque sólo era que estaba esmeradamente rapada. También la cara entera estaba afeitada; conque nada la recubría, salvo unos lentes de alta graduación, que bastaban a infundir un aire enigmático a la faz pesada y caída. Se volvió hacia un teniente que, a su vera, estaba en posición de firmes: un germano de los de cabello pálido y rostro tirando a romo, cuyos redondos ojos azules carecían de cualquier vivacidad.

—Teniente Von Hocheimer —lo interpeló—, ¿ha dicho usted que esta tarde Su Alteza visitará este campamento?

—A las siete y cuarenta y cinco, mi mariscal —contestó el teniente, que parecía poco dado a hablar, cual un animal grande que apenas dominara tal destreza.

—En tal caso estoy aún a tiempo —dijo Grock— de mandarlo a usted con la sentencia de muerte, antes de que Su Alteza se presente aquí. Debemos servir a Su Alteza de todas las formas, pero especialmente ahorrándole molestias innecesarias. Ya las tendrá de sobra con pasar revista a la tropa; cerciórese de que todo se pondrá a disposición de Su Alteza. Una hora después Su Alteza partirá para visitar el siguiente puesto avanzado.

El masivo teniente ofreció tenues signos de vida realizando un amago de venia:

—Desde luego, mi mariscal: todos debemos obedecer a Su Alteza.

—Lo que he dicho es que todos debemos servir a Su Alteza—repuso el mariscal.

Con un movimiento más brusco de lo que era su costumbre, se quitó los gruesos lentes y los arrojó sobre la mesa. Si los estólidos ojos azules del teniente hubieran sido perspicaces, y además les hubiera sido dable redondearse más, se habrían abierto de hito en hito ante la transformación operada merced a aquel gesto. Fue como la remoción de una máscara de hierro. Un momento atrás, el mariscal Von Grock se parecía extraordinariamente a un rinoceronte, con sus pesados pliegues de coriácea mejilla y mandíbula. Ahora era otra distinta clase de monstruo: un rinoceronte con ojos de águila. A casi cualquier espectador el frío resplandor de esos ojos viejos le habría sugerido que en el mariscal había algo que era no solamente macizo: que, por lo menos, en él había algo acerado y no meramente férreo. Pues todos los hombres viven por un espíritu, aunque sea un espíritu malvado o un espíritu tan ajeno a la comunidad de hombres cristianos que apenas si éstos sabrían decir si es bondadoso o malvado.

—Lo que he dicho es que todos debemos servir a Su Alteza —reiteró Grock—. Hablaré con más claridad y diré que todos debemos salvar a Su Alteza. Para nuestros reyes, ¿no es ya suficiente con ser nuestros dioses?, ¿acaso no ha de bastarles con que otros los sirvan y los salven? Somos nosotros los que deben servir y salvar.

Rara vez el mariscal Von Grock hablaba, o siquiera discurría, en el sentido en que entienden el discurso las personas intelectuales. Y normalmente se verá que, cuando los hombres como él llegan a discurrir en voz alta, prefieren hacerlo dirigiéndole las palabras a su perro. Inclusive hallan cierto deleite paternalista en ostentar ante el perro vocablos elegantes y razonamientos especiosos. Sería injusto equiparar al teniente Von Hocheimer con un perro. Sería injusto para el perro, que es una criatura sensitiva y espabilada. Sería más exacto decir que Grock, en este infrecuente momento reflexivo, experimentaba la comodidad y la tranquilidad de sentirse como si reflexionase en voz alta ante una vaca o una berza.

—Una y otra vez, en la historia de nuestra Casa Real, ha sido el sirviente quien ha salvado al señor —prosiguió Grock—, y casi siempre sin alcanzar más recompensa que sinsabores, al menos por parte de la opinión pública, que siempre esgrime sentimentalismos contra lo eficaz y lo contundente. Pero, así y todo, los sirvientes hemos sido eficaces y hemos sido contundentes. Reprobaron a Bismarck por engañar a su mismísimo señor en lo del telegrama de Ems; pero aquello convirtió a su señor en amo del mundo. París fue capturada, Austria fue destronada, y nuestra nación quedó a salvo. Esta noche Pawel Petrowski habrá muerto, y nuevamente quedaremos a salvo. Por eso lo envío a usted con esta inmediata sentencia de muerte. ¿Comprende que llevará la orden para la ejecución urgente de Petrowski y que no deberá regresar aquí hasta verla cumplida?

El inexpresivo Hocheimer asintió; aquel mandato lo comprendía muy bien. Y sí tenía algunas de las virtudes de un perro, al fin y a la postre: era valiente como un bulldog y podía ser leal hasta la muerte.

—Debe usted coger un caballo y partir sin tardanza —continuó Grock— y esmerarse en que nada lo demore o impida su misión. Sé a punto fijo que esta noche ese majadero de Arnheim pondrá en libertad a Petrowski a menos que reciba órdenes explícitas. Apresúrese.

Y el teniente asintió de nuevo y salió a la intemperie; y, tras montarse en uno de los soberbios corceles blancos que eran parte del esplendor de aquel regimiento esplendoroso, echó a galopar por el estrecho camino en lo alto de los terraplenes, casi como en el filo de una muralla, el largo camino que se adentraba en el sombrío horizonte, dominando los difusos contornos y tristones colores de aquellos inmensos pantanos.

Casi en cuanto hubo retumbado el último eco del caballo en el camino, Von Grock se incorporó y se puso el casco y los lentes y salió fuera de la tienda de campaña… pero por otra razón diferente. Sus subordinados principales, con uniforme de gala, lo solicitaban ya; y, desde las profundas filas, se oían las salutaciones de rigor y las voces de mando. Había llegado Su Alteza el Príncipe.

Su Alteza el Príncipe era, al menos en lo externo, algo así como un contraste con los hombres que ahora lo rodeaban… y aun en otras cosas era algo así como una excepción en su propio mundo. También él llevaba casco con punta de acero, pero de otro regimiento, negro con destellos de acero azul; y había algo entre incongruo y desacostumbradamente idóneo, de alguna anticuada manera, en la combinación de ese casco con la larga, oscura, desplegada barba, en medio de todos aquellos prusianos bien rasurados. Como para hacer juego con la larga, oscura, desplegada barba, llevaba un largo, oscuro, desplegado manto, azul con una restallante estrella de la más elevada Orden Real; y bajo el manto azul vestía uniforme negro. Aunque germano donde los hubiera, era de una muy diferente tipología de germano; y algo en su rostro orgulloso pero soñador corroboraba la leyenda de que la única verdadera pasión de su vida era la música.

A decir verdad, el austero Grock creyó poder vincular con esa remota excentricidad el, para él, asaz fastidioso y exasperante hecho de que el Príncipe no cumpliera inmediatamente el debido protocolo de pasar revista a la tropa, formada ya en todo el laberíntico orden prescrito por la etiqueta marcial de su nación, sino que impacientemente procediera a abordar la cuestión que Grock deseaba eludir: la cuestión de ese polaco intolerable, su popularidad y su amenaza; pues el Príncipe había oído entonar algunos cantos de este sujeto en auditorios de toda Europa.

—Es una locura pensar en ejecutar a un hombre tal —dijo el Príncipe, adusto bajo su casco negro—. No es un polaco cualquiera. Es una institución en toda Europa. Sería llorado y mitificado por nuestros aliados, por nuestros simpatizantes, por nuestros mismísimos compatriotas. ¿Aspira usted a ser como las mujeres dementes que asesinaron a Orfeo?

—Alteza—dijo el mariscal—, sería llorado… pero estaría muerto. Sería mitificado… pero estaría muerto. De todas las acciones que planea realizar, no podría realizar ni una sola. Todas las acciones que actualmente realiza, cesaría de realizarlas para siempre. La muerte es un hecho irrefutable, y a mí me gustan los hechos.

—¿No sabe usted nada de lo que es el mundo? —demandó el Príncipe.

—Nada me preocupa el mundo —contestó Grock— más allá de los lindes de la frontera.

—¡Dios mío —exclamó Su Alteza—, usted habría hecho ahorcar a Goethe por una indisciplina ante Weimar!

—Por la seguridad de su Casa Real —anunció Grock— yo jamás vacilaría un instante.

Hubo un breve silencio, y abrupta e imperiosamente el Príncipe dijo:

—¿Qué quiere decir eso?

—Quiere decir que no he vacilado un instante —respondió con firmeza el mariscal—. Ya he despachado órdenes para la ejecución de Petrowski.

El Príncipe se irguió cual una gran águila oscura, y el ondear de su manto fue como un batir de enérgicas alas; y todos los circunstantes percibieron que una ira indescriptible lo había trocado en hombre expeditivo. Ni tan siquiera miró a Von Grock: soslayándolo, habló con recia voz al subjefe militar, general Von Voglen, hombre fornido y de cabeza cuadrada, quien había permanecido en un discreto segundo término, inmóvil como una piedra.

—General, ¿quién de su división tiene el mejor caballo?, ¿quién es el mejor jinete?

—Arnold von Schacht tiene un caballo que vencería a cualquiera de los de carreras —respondió con prontitud el general—. Y lo cabalga con tanta destreza como un equitador de hipódromo. Pertenece a los Húsares Blancos.

—Excelente —dijo el Príncipe, con pareja resolución imprevista en la voz—. Que salga enseguida en persecución del soldado que porta esas absurdas órdenes y que lo detenga. Yo le redactaré una autorización que, creo, ni este ínclito mariscal discutirá. Traigan recado de escribir.

Se sentó, replegando el manto, y le trajeron papel y tinta; y escribió tajantemente y rubricó la orden que anularía todas las órdenes anteriores y garantiría el indulto y la libertad del polaco Petrowski.

Luego, en medio de un silencio de muerte, que el viejo Grock arrostró sin pestañear, cual ídolo pétreo de los tiempos prehistóricos, majestuosamente el Príncipe salió del recinto con su capa y su sable. Estaba tan hondamente disgustado que nadie osó recordarle la formalidad de pasar revista a la tropa. Mas Arnold von Schacht, joven ágil de ensortijados cabellos y aire algo aniñado, pero con más de una medalla en su inmaculado uniforme de los Húsares, entrechocó los talones y cogió el escrito del Príncipe; a continuación, sin pérdida de tiempo, subió a su caballo y se internó presuroso en el estrecho camino largo, cual una flecha de plata o una estrella fugaz.

Con despaciosa serenidad el viejo mariscal volvió a su tienda de campaña; con despaciosa serenidad se quitó el casco y los lentes y tornó a dejarlos sobre la mesa. Luego llamó a uno de sus auxiliares de guardia y le ordenó traerle urgentemente al sargento Schwartz, de los Húsares Blancos.

Unos instantes después, se presentaba ante el mariscal un hombre cadavérico y espigado, con la mandíbula surcada por una gran cicatriz, demasiado moreno tratándose de un germano, como si el tono de su tez hubiera sido obscurecido por años de batallas y humo y tormentas. Hizo la venia y se cuadró, en tanto calmadamente el mariscal alzaba la mirada hacia él. Y aunque era muy vasto el abismo que mediaba entre aquel mariscal del Imperio, que tenía generales a sus órdenes, y aquel sufrido suboficial, lo cierto es que, de todos los hombres que han hablado en este relato, sólo éstos dos se escudriñaron y se comprendieron más allá de las palabras.

—Sargento —dijo el mariscal, escueto—, dos veces ya lo he visto a usted antes de ahora. Una, creo, cuando ganó el primer premio del Ejército en el certamen de tiro al blanco con carabina.

Silencioso, el sargento asintió.

—La otra —continuó Von Grock—, cuando lo procesaron por ejecutar de un tiro a esa estúpida anciana que rehusó informarnos sobre una emboscada. El incidente dio mucho que hablar, aun en nuestros propios círculos. En favor de usted, no obstante, se movilizó una influencia. Mi influencia.

Otra vez el sargento asintió, sin dejar de permanecer silencioso. El mariscal siguió su alocución de un modo distanciado pero chocantemente sincero.

—Su Alteza el Príncipe ha sido malinformado y descaminado en punto a un aspecto esencial de su propia seguridad y de la de la Patria. A instancias de tal tergiversación, acaba de despachar una temeraria orden para que pongan en libertad al polaco Petrowski, que debería ser ejecutado esta noche. Repito: que debería ser ejecutado esta noche. Al punto usted ha de salir en pos de Von Schacht, que es quien porta la orden de indulto, e interceptarlo.

—Muy difícil me será darle alcance, mi mariscal —dijo el sargento Schwartz—. Monta el caballo más veloz del regimiento y es un consumado jinete.

—No he dicho que le dé alcance. He ordenado que lo intercepte —declaró Grock. Luego habló más despacio—: De diversas maneras cabe interceptar a un hombre: mediante gritos o disparos. —Se hizo aún más minuciosamente lenta su voz, pero sin una pausa—: La descarga de una carabina puede emplearse para dar el alto.

Y entonces el tétrico sargento asintió por vez tercera; pero continuó sin despegar los siniestros labios.

—El mundo cambia —dijo Grock— no por lo que se comenta o por lo que se reprueba o ensalza, sino por lo que se hace. Ya nada es igual tras un acto. En este momento el acto necesario es la eliminación de un hombre. —Inopinadamente clavó en el sargento sus brillantes ojos acerados y agregó—: Hago alusión, claro está, a Petrowski.

Y el sargento Schwartz sonrió aún más siniestramente; y también él, luego de alzar la lona de la entrada de la tienda de campaña, salió a la intemperie y montó a caballo y partió.

El último de los tres jinetes era aún menos propenso a ejercitar ociosamente la fantasía que el primero. Pero como, siquiera de un modo imperfecto, no dejaba de ser humano, inevitablemente hubo de notar, esa noche y en esa misión, el lóbrego influjo de paisaje tan inhumano. Cabalgando por la cima de aquel terraplén abrupto, alrededor se extendía infinitamente algo mil veces más inhumano que el mar. Pues ahí nadie podía nadar, ni navegar, ni hacer nada humano; sólo se podía hundirse en el lodo, y sin apenas opción de oponer resistencia. Indefinidamente el sargento acusó la presencia de un fango primigenio que no era sólido ni líquido ni pasible de adoptar una forma; y acusó su presencia en el fondo de toda forma.

Era ateo, como tantos millares de sagaces hombres obtusos de la Germania septentrional; pero no era de esos paganos joviales capaces de ver en el progreso material una apoteosis de la naturaleza. Para él el mundo no era un campo en que cosas verdes o vivientes nacían y evolucionaban y fructificaban: era un mero abismo donde al final todas las cosas vivientes se hundirían eternamente como en un pozo insondable; y semejante convicción le procuraba aplomo para todos los extraños deberes que le encomendaban en un mundo tan detestable. Las pintas verdigrises de la achaparrada vegetación, vistas desde arriba como un mapa, más parecían el gráfico de una enfermedad que de una prosperidad; y las estancadas lagunas habrían podido ser de veneno en vez de agua. Evocó algún escándalo humanitario contra los envenenadores de lagunas.

Pero las reflexiones del sargento, como casi todas las de los hombres no dados a reflexionar, tenían su raíz en alguna inconsciente opresión sobre sus nervios y su inteligencia práctica. Lo que sucedía es que el recto camino resultaba no sólo desolado, sino además inconcebiblemente largo. Imposible creer que había cabalgado tanto sin avistar ni remotamente al hombre en cuya persecución había salido. Desde luego el caballo de Von Schacht había de ser velocísimo para haber corrido tanto; pues, a fin de cuentas, sólo había salido un ratito antes que él. Schwartz no esperaba darle alcance, como ya había declarado él mismo; pero un ajustado sentido de la distancia le había indicado que en breve lo avistaría. Y algún rato después, cuando comenzaba a desesperar y el yermo paisaje se teñía de fracaso, lo avistó por fin.

A lo lejos, en briosa carrera, surgió un punto blanco, que muy despacio fue agrandándose y volviéndose una figura blanca. Se agrandó de esta traza porque Schwartz se las industrió para espolear briosamente a su propio caballo; y cobró un tamaño aceptable la raya anaranjada que cruzaba el uniforme blanco característico del regimiento de los Húsares. El ganador del premio de tiro del Ejército había acertado blancos más distantes que aquél.

Apuntó la carabina, y un violento disparo espantó, en muchas leguas en derredor, a las aves silvestres de las silentes ciénagas. Pero el sargento Schwartz no reparó en ellas. Su atención la absorbió ver, aun desde esa lejanía, que al instante la enhiesta figura blanca se arrugó como si el fugitivo se deformara. Pendió sobre la montura como un jorobado; y Schwartz, con su exacta visión y con su larga experiencia, se sintió seguro de que su víctima había sido alcanzada en el cuerpo… y casi seguro de que lo había sido en el corazón. Después, merced a un segundo balazo, derribó al caballo; y en un blanco relámpago todo el conjunto ecuestre tembló y resbaló y cayó y desapareció hacia el oscuro pantano.

El duro sargento estaba cierto de haber rematado su misión. Generalmente los hombres duros como él se aplican mucho en sus actos; por lo mismo sus actos suelen ser tan errados. Había profanado esa camaradería que es el alma de los ejércitos; había matado a un gallardo oficial que cumplía el deber; había engañado y desacatado a su soberano y perpetrado un ruin asesinato sin la disculpa de una involucración personal; mas había obedecido la orden de un superior marcial y había contribuido a la muerte de un polaco. Ahora estas dos últimas circunstancias embargaron su alma; y ensimismadamente emprendió el regreso para informar al mariscal Von Grock. No dudaba de la perfección de la obra concluida. A buen seguro el hombre que portaba el indulto estaba muerto… y aun si de milagro estuviera sólo agonizante, era impensable que reanimara su muerto o agonizante caballo y llegara a su destino a tiempo de suspender la ejecución. No; en vista de la coyuntura, lo más útil y ducho era volver a la sombra de su mentor, el urdidor de la desesperada añagaza. Con todas sus energías se acogía a la energía del augusto mariscal.

Y verdad es que el augusto mariscal tuvo esta grandeza: que después de la monstruosidad que había cometido, o hecho cometer, se abstuvo de cualquier miedo a afrontar los hechos en el lugar del crimen o a la incriminadora contingencia de seguir en relación con su sicario. En efecto, cosa de una hora después, él y el sargento trotaban por el camino largo, hasta determinado punto en que el mariscal desmontó, aunque intimándole al subordinado que prosiguiera la marcha. Dio instrucciones al sargento para que fuera hasta la meta originaria de los mensajeros y comprobara si en aquella ciudad todo estaba en calma tras la ejecución o si persistía algún riesgo de agitación popular.

—¿Fue aquí, pues, mi mariscal? —inquirió el sargento con voz queda—. Me pareció que fue más adelante; pero es lo cierto que este infernal camino semejaba alargarse como una pesadilla.

—Fue aquí —respondió Grock, y con morosidad descabalgó de su montura y a renglón seguido se aproximó al borde del pretil y miró hacia abajo.

Sobre los pantanos había salido la luna y se había elevado magnificando su resplandor e iluminando las aguas oscuras y la escoria verdosa; y en un cañaveral inmediato, al pie del terraplén, yacían, formando una especie de luminosa y radiante ruina, los restos mortales de uno de los soberbios corceles blancos y jinetes blancos de su antiguo regimiento. Y la identidad no podía ser puesta en duda: la luna casi aureolaba el ensortijado cabello dorado del joven Arnold, el segundo jinete, mensajero del indulto; y bajo la misma luz sobrenatural brillaban no sólo el tahalí y los botones, sino también las notorias medallas que declaraban su historial y los galones y símbolos de su grado. Bajo tan mágico velo de luz, habría podido tratarse de la blanca armadura de Sir Galahad; y ningún contraste podía ser más horrible que el que había entre la hermosa juventud yacente abajo y la inusitada figura granítica que la contemplaba desde arriba. Una vez más Grock se había quitado el casco; y aunque tal vez este gesto fuera la vaga reverberación de un sentimiento funeral de respeto, su efecto ostensible fue que el enorme cráneo rapado y el pescuezo de paquidermo relumbraran pétreamente bajo la luna cual los de un monstruo antediluviano. Rops, o algún otro fantasioso grabador de las sombrías escuelas teutonas, habría podido dibujar semejante cuadro: una enorme bestia, tan inhumana como un escarabajo, contemplando las rotas alas y la inmaculada armadura áurea de algún derrotado campeón de los querubines.

Grock no rezó ninguna plegaria ni murmuró ninguna piedad; pero de un modo difuso su alma se conmovió igual que en algún instante se conmueve aun la vasta ciénaga oscura; y, tal como suele acaecerles a semejantes hombres cuando por vez primera sienten vagamente una misteriosa necesidad de justificarse, trató de formular su fe única y confrontarla con el universo desnudo y la luna insistente:

—Antes y después del hecho, la Voluntad Germana es la misma. No la mudan las vicisitudes ni el tiempo, a diferencia de la de quienes se arrepienten. Está fuera del tiempo, como una cosa de piedra que con una sola cara mirara hacia atrás y hacia adelante.

El silencio que siguió duró lo suficiente para complacer su fría vanidad con una especie de impresión ominosa; como si una figura pétrea hubiera hablado en un valle de silencio. Pero la soledad volvió a estremecerse con un remoto susurro que era el creciente redoble de un galope; de manera que unos momentos después se le presentaba de regreso el sargento, tras furiosa carrera por el alto camino largo, y su rostro atezado y accidentado ya no era sólo tétrico sino también horrífico a la luz de la luna.

—¡Mi mariscal —exclamó, haciendo la venia con llamativa tiesura—, he podido ver al polaco Petrowski!

—¿Es que no lo han enterrado aún? —preguntó el mariscal, sin alzar la mirada y todavía sumido en cierta abstracción.

—Si lo enterraron —dijo Schwartz—, entonces ha alzado su losa sepulcral y resucitado de entre los muertos.

Schwartz miraba la luna y la ciénaga; pero, en realidad, aunque distaba de ser un visionario, no veía lo que miraba, sino más bien lo que había estado viendo. Había estado viendo, sin margen de error, a Pawel Petrowski recorriendo sano y salvo la eufórica avenida principal de esa ciudad polaca festivamente iluminada en toda su extensión; imposible llamarse a engaño sobre la esbelta complexión y la romántica melena y la afrancesada barba que figuraban en tantísimas revistas y álbumes. Y detrás había visto la ciudad pletórica de banderas y antorchas y al pueblo entero inflamado de triunfante adoración al héroe, aunque acaso menos hosco contra las autoridades de lo que podría temerse, por cuanto festejaba la salvación de su mártir.

—¿Quiere usted decir —gritó Grock con estridencia súbita en la voz— que han osado desacatar mi orden?

Schwartz se cuadró y dijo:

—Ya lo habían puesto en libertad porque no habían recibido órdenes de ninguna clase.

—¿Pretende hacerme creer, después de todas las peripecias de hoy —dijo Grock—, que de nuestro campamento no les había llegado mensajero alguno?

—Ningún mensajero en absoluto —dijo el sargento.

Hubo una pausa mucho más larga, y luego Grock dijo ásperamente:

—¿Qué ha ocurrido, en nombre del Infierno? ¿Sabría explicarlo usted?

—He visto algo —dijo el sargento— que me parece que lo explica.

Cuando Mr. Pond hubo llegado hasta estas alturas de la narración, se interrumpió con una calmosidad exasperante.

—Y bien —dijo Gahagan con impaciencia—, ¿sabría explicarlo usted?

—Pues se me hace que sí —dijo Mr. Pond tímidamente—. Miren ustedes, yo también hube de esclarecer el asunto, cuando la información llegó hasta mi departamento ministerial. De veras todo fue originado por un exceso de obediencia prusiana. También fue originado por un exceso de otro defecto prusiano: el desdén. Y es que entre todas las pasiones que ciegan y descarrían y pierden al hombre, la peor es la más fría: el desdén.

»Grock había hablado con demasiada espontaneidad ante la vaca, había hablado con demasiado descuido ante la berza. Desdeñaba a los simplones, aun los pertenecientes a su plana mayor; con que se había espontaneado ante Von Hocheimer, el primer mensajero, sin otorgarle mayor importancia que a un mueble, tan sólo porque parecía un simplón; pero el teniente no era tan simplón como parecía. El teniente entendió, en igual medida que luego lo entendió ese cínico sargento que llevaba toda la vida realizando trabajos sucios, lo que el augusto mariscal quería significar. También Hocheimer comprendió la personal ética del mariscal, según la cual un hecho era irrefutable aunque fuese indefendible. Conoció que lo que su superior deseaba esencialmente era la muerte de Petrowski, que la deseaba a todo trance, al precio de cualquier engaño a príncipes o asesinato de soldados. Y cuando se percató de que lo perseguía un veloz jinete, ni el propio Grock habría inferido con mayor inmediatez que debía de portar un indulto del Príncipe. Von Schacht, muy joven pero muy valeroso oficial, cabal personificación de toda esa más noble tradición germana que este relato ha negligido en exceso, merecía la elección que lo había convertido en heraldo de una más noble política. Cabalgó con la celeridad de esa generosa equitación que ha legado a Europa el sustantivo mismo de caballerosidad, y le ordenó al otro, con el tono de la trompeta de un heraldo, que se detuviera y diera media vuelta. Y Von Hocheimer obedeció. Tiró de las riendas del caballo, se detuvo, se dio media vuelta en su silla; pero su mano apuntó con la carabina como si fuese una pistola, y le metió una bala al mozalbete entre ceja y ceja.

»Luego tornó a aguijar el caballo, portando la sentencia de muerte del polaco. Detrás de él, el segundo jinete y su cabalgadura se habían desplomado por el terraplén, quedando expedito el camino. Por tan expedito y despejado camino pasó raudo a su vez el tercer jinete, extrañándose de la inacabable longitud de su recorrido; hasta que por fin avistó el inequívoco uniforme de un húsar que avanzaba como una exhalación en la lejanía, y entonces le disparó. Sólo que no mató al segundo jinete, sino al primero.

»Por eso no llegó ningún mensajero aquella noche a la ciudad polaca. Por lo mismo el prisionero salvó la vida y fue puesto en libertad. ¿Les parece que andaba yo tan desnortado al aseverar que a Von Grock dos soldados lo obedecieron lealmente y más le habría valido que lo desobedeciera alguno?»

G.K. Chesterton.

 LAS PARADOJAS DE MR. POND

Anuncios

PARADOJAS DEL DESTINO.

p-epidemio-11

Loco es aquél que lo ha perdido todo menos la razón

            A veces creo que hay ya pocas personas que me entienden.

            Ayer, sin ir más lejos, un compañero me comentó una anécdota sobre la reacción de un alumno ante un poema de Miguel Hernández. Una cosa banal, sin importancia.

            Es normal, que en este mundo moderno, donde las cosas importantes se cuantifican en cifras, la poesía sea una minucia. La filosofía, una pesadez y la metafísica, una patraña.

            ¿Cómo pude pensar en escribir unas frases sobre semejante tontería? Además defendiendo al poeta.

            Según nuestros nuevos designios educativos, regidos por el Proceso de Bolonia, la docencia deberá estar encaminada a inserción del alumnado en el mercado laboral.

            Hay que ser muy iluso para empecinarse en defender las palabras de un poeta. Que además era comunista. Enemigo por tanto de las leyes del mercado que nos permiten vivir en éste, un Estado Moderno, democrático, social y de derecho.

            Hoy hasta mi amigo me ha llamado la atención.

            Vamos Pablito, defendiendo a poetas en contra de la juventud más preparada de la historia de España. Si hoy cualquier joven posee hasta dos móviles, y algunos hasta tablet. Seguro que te están poniendo verde en las redes sociales, por anacrónico y triste.

            Lo siento de verdad, pero es que soy un vicioso de las paradojas.

            Por eso amo a Chesterton el “Príncipe de las Paradojas”.

            Por eso me dan tanto miedo esos jóvenes pardos, hijos de la certeza, esclavos de la razón, y sacerdotes de las leyes inquebrantables.

            Yo a su edad, lo cuestionaba todo, y aún hoy, sigo sin encontrar verdades absolutas. Todo depende del color del cristal con que se mira. Una frase medieval, que se ha ratificado con la física cuántica.

            Perdón, vuelvo a ser paradójico. Es que me puede.

            Lo siento pero yo vengo de una España con memoria.

            Menuda palabreja, memoria, sí, no me refiero a los gigabytes de los procesadores, ni a los minúsculos chips que se introducen un los nuevos teléfonos y ordenadores.

            Yo nací en la dictadura (mira que soy viejo), y todavía recuerdo la forma de vivir de aquellos años.

            En los pueblos de Andalucía se cagaba en cubos de latón situados en los corralones, y por la noche, se veía la procesión de cubos rebosantes de excrementos, que se llevaban hasta el vertedero más cercano.

            Hoy es difícil pensar que eso era así, cuando la mayoría de los pisos tienen hasta dos cuartos de baño o más.

            Yo vengo de un pueblo en donde se compraba la leche a los cabreros. Que sentados en las cuadras,  ordeñaban las ubres de los animales, en el mismo cacharro que tú le aportabas.

            Recuerdo el olor de la mierda de cabra y las moscas, y como me agarraba de la mano mi abuela para que no me acercara a las reses, no fuera a pillar unas fiebres.

            Yo no olvido ese olor, ni como acompañaba a mi abuela, que me conducía por empinadas calles de piedra, con la naturalidad con que hoy disfrutamos del senderismo.

            Pero mi abuela iba con un velo negro que le tapaba la cara, estuvo así dos años por la muerte de un hermano, negra como un grajo y con el velo puesto al salir a la calle.

            Hoy nos quejamos cuando vemos a una hermana musulmana con el cabello cubierto con un pañuelo. Qué modernos que somos.

            A mí la hostia más grande que me han dado en la vida, me la dio un Policía Nacional, cuando al inicio de la Democracia iban de uniforme marrón, y les llamábamos “los maderos”. Fue en una huelga estudiantil, cuando todavía creíamos que la democracia nos hacía dueños de las cosas públicas y se nos ocurrió quedarnos a dormir en el Rectorado de la Universidad de Granada.

            Pronto nos demostraron que la democracia solo te permite votar, cuando ellos quieren, y a quién ellos determinan.

            Yo estudié en la Universidad de Derecho de Granada, y paradojas de la vida, uno de mis profesores, que además me otorgó Matrícula de Honor, en Derecho Político, es hoy uno de los miembros del Gobierno en la sombra de Pedro Sánchez.

            Lo de vueltas que da la vida.

            Por eso cuando escucho lo de la juventud más preparada de la historia de España, me muero de  la risa, como dijo el alumno modelo, “me parto el culo de risa”. Lo que tenemos es una juventud desmemoriada, alienada (y siento la palabra que no se estudia en la ESO), adoctrinada y alineada con el respeto a las leyes del mercado, del Estado Moderno.

            En realidad somos tan tontos que hemos llegado a creernos nuestras propias mentiras, y las mentiras que les interesan a los que siempre han mandado y siguen mandando.

            No discutimos nada, hemos perdido el sentido crítico. Hasta los nuevos partidos son Leninistas, creen que la élite debe salvar al proletariado, cuando no existe la conciencia de clase, y el proletariado se avergüenza de ser proletariado.

            Si hasta los comedores para pobres se llaman Bancos de Alimentos.

            No somos más tontos porque no somos más grandes.

            Que puedo decir. Solo pedir perdón si he molestado algún joven “superpreparado”, y he dañado esa pátina de virtud que le da la exquisita ignorancia, la incólume disciplina del mercado. Ese becerro de oro que ahora adoramos, mientras Noé ha subido a la montaña para hablar con Dios.

            Solo me queda terminar con aquella frase célebre de la película Amadeus, cuando al pobre Salieri, esforzado maestro de música, eclipsado por un joven Mozart, idiota pero genio, lo llevan al manicomio: “Mediocres de mundo, yo os perdono”.

salieri-abraham1

Desagravio a Miguel Hernández (Poeta)

cancion-ultima2

“EL LEJÍAS”.

“Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.”

No es un defensa central del Barcelona, ni un artista famoso.

Su vida se consumió en una cárcel fría y “fraternal”.

Sus amigas, las cabras, las abejas y las hierbas.

Nos hizo odiar de críos, las cebollas.

Y creía que para la libertad, los ojos y las manos… debían entregarse.

Cuando todos huyeron, allí se quedó él, en Alicante.

Hoy nadie le recuerda, y si lo hacen,

lo tachan de radical y de comunista.

Se llamaba Miguel, nació en España.

Y la juventud de este país absurdo

recuerda los versillos de un  rapero latino,

que puesto hasta las trancas de hierba para cabras,

berrea contra la luna.

De aquel cabrero de Orihuela nadie se acuerda.

Cuanto más joven eres más ignorante.

La generación mejor preparada de España.

A cuidar cabras, yo los mandaba.

Cafres con diplomas de la ESO.

Rafael me dice que un quisquilla,

un chicuelo de esos pegados a un Smartphone,

después de escuchar los versos

que el poeta dedicó a su amigo Ramón,

se partió el culo de risa, con el menda”

Otro poeta rojo y maricón, rió con sus amigos

            “Ahora entiendo el nombre del poema

            -sentención el Steve Jobs andaluz-

            EL LEJÍAS

            La enseñanza primaria es gratuita.

La educación es algo que se aprende con esfuerzo.

Por eso tenemos un futuro tan bello.

A veces creo que sigo esperando en aquel puerto de Alicante

a que llegue algún barco de un país amigo, que nos salve

de esta barbarie.

Se murió Franco y aún siguen desfilando frente a su ataúd,

la juventud española mejor preparada de la historia.

A veces cuando madrugo y los veo en grupos,

saliendo de cubiles, borrachos y felices,

siento la cárcel de Miguel sobre mis huesos.

Y quisiera gritarles,

  “Quiero escarbar la tierra con los dientes,

              quiero apartar la tierra parte a parte

             a dentelladas secas y calientes.

            Quiero minar la tierra hasta encontrarte

            y besarte la noble calavera

            y desamordazarte y regresarte”.

Se llamaba Miguel, nació en España.

 

 

Pido perdón a Cervantes.

b3aa9baae71752180a7ca142b4a183f7

EL INGENIOSO HIDALGO.

            Que perros somos los españoles. Y digo somos, que yo también me considero galgo corredor.

            Se celebra a Cervantes y su obra, como si todos los días apareciera un escritor capaz de sintetizar en una sola obra el alma de un país. España es Alonso Quijano y Sancho Panza, y sigue siendo así desde que el último moro, allá por 1492, abandonó nuestra península, llorando entre las faldas de su madre. Y que conste que aquel granadino cobarde tenía ya muy poco de rey moro y mucho de traidor español.

            Nada ha cambiado, seguimos siendo el ingenioso hidalgo, y su mozo aprovechado. Un loco que cree en la honestidad y un corrupto mancebo con ínfulas de gobernador.

            España está trazada en el Quijote, lo bueno y lo malo de este país. Su locura y su gallardía, su bellaquería y su mentira.

            Creo que muchos españoles no han sido capaces de leer el Quijote, muchos. Más de los que lo reconocen.

            Si de verdad hubiesen leído la obra de Miguel de Cervantes otro gallo nos cantaría. No seriamos tan miserables.

            Pero el Quijote es como los documentales de la segunda cadena de la televisión pública, todo el mundo dice que los ve, por su valor cultural, pero se pasan el día enganchados a la tramoya mezquina de Telecinco.

            Así nos  va.

            En este país, el mío, si crees en ideas, si lees, si intentas mantenerte en tu posición ideológica, si intentas luchar contra los poderes gigantes, eres un loco Quijote, un majara, un bobalicón.

            Todo el mundo se ríe de ti, se mofa y se confabula para reírse del loco, del ingenioso hidalgo.

            Las páginas más bellas del Quijote, son esas donde se narra con maravillosa meticulosidad, como los distintos personajes de la historia se confabulan para engañar al loco de la mancha. Como se divierten con su drama y con las ambiciones de su lacayo.

            Coge el periódico de hoy, escucha la radio. La trama sigue, nos seguimos riendo de los locos, con la maldad de los escépticos, de los cobardes, de los villanos.

            No señores, en este país, muy poca gente ha leído el Quijote, y menos la obra de Cervantes. Somos un país de tarambanas, de mentirosos, de rencorosos, de cobardes.

            Hoy solo recordamos a Cervantes, porque en el Reino Unido, se adora la obra de William Shakespeare. Se estudia a conciencia, se escudriña, se critica, se cuestiona, se magnifica, se conoce. ¿Qué alumno de primaria de las islas británicas no ha representado una obra de Shakespeare…? ¿Cuántos conocen y declaman, aunque sea brevemente, unos versos del poeta…?

            Aquí nuestros colegios, los que ha creado la democracia (hablo de la España de hoy, de este Estado social y democrático de derecho), ni siquiera tienen salones de actos. Y si algún maestro encuentra un grupo de alumnos, tan locos, tan quijotes como para hacer teatro, tendrán que buscar un sitio donde recogerse, donde ensayar, y eso sí, tendrán que buscar una obra que sea políticamente correcta. (Que no sea violenta, que no discrimine a la mujer, que no ataque a las minorías étnicas, que no tenga contenido político y que no agreda a ningún colectivo sexual). Total, lo mejor, no hacer teatro, no conocer nuestra cultura, o representar a Pocoyo.

            Pero como somos hidalgos castellanos, no podemos reconocer que en la pérfida Albión hubo un escritor de gran talla, del que cualquier británico, no solo de las islas, cualquier miembro de la Commonwealth, se siente orgulloso. Un autor capaz de recoger en sus obra la esencia de la comunidad de habla inglesa (quién no quiere ser inglés, cuando lees en voz alta el discurso de Marco Antonio en la escaleras del Senado ante el cadáver de Cesar… Como se dirige a la plebe… como la engaña…)

            Nosotros hemos buscado los huesos de Cervantes en un convento de monjas. No sabemos de quién son los huesos, pero esto es España, aquí la mitad del país sigue buscando los huesos de sus ancestros en las cunetas, y la otra mitad se ríe a carcajadas de esos pobres locos.

            No quiero explayarme en los estudios que se han hecho sobre el gran escritor inglés, sobre sus obras, sobre su vida, sobre sus misterios.

            De Cervantes, no queremos saber nada. Lo únicamente importante es que escribió el Quijote, la obra más grande escrita en lengua castellana.

            Si rascas un poco, aparecen las moscas. Que si era maricón, un converso, que estuvo en la cárcel por distraer impuestos, un faltón y un fullero.

            Qué pena de país. Siempre recuerdo una noche, sentado en la Plaza Mayor de Madrid, charlando con un viejo profesor de literatura, cargados ya de vino rojo y con ojos acuosos. Me dijo “Pablo, este es un país que siempre adora a quién no debe, ves este Madrid histórico, gran parte se le debe a Esquilache, ministro de Carlos III, al que el pueblo de madrileño odiaba a muerte… lo echaron a patadas… querían al mamón corrupto del Conde de Floridablanca y al Marqués de la Ensenada. Es que no tenemos remedio… ” “Vivan las cadenas…” le grité yo, y reímos. Entonces me miró con sus ojos de sabio borracho y me dijo bajito “¿Sabes quién me da pena de verdad?, Miguel de Cervantes Saavedra, ese hombre no se merecía un país como este… que desgracia”.

images

Adiós…

scale.php

AQUÍ  VA LA DESPEDIDA.

 

De vez en cuando la vida nos gasta una broma

y nos encontramos sin saber que pasa,

chupando un palo, sentados, sobre una calabaza”.

                                                                                  J.M. Serrat.

            Llega un momento en la vida que al mirarnos al espejo no descubrimos a la persona que esperábamos ver. Oteamos a un extraño. Un escalofrío nos recorre la espalda. Tomamos conciencia de que algo no funciona bien y nos cuesta respirar con normalidad.

            Ese día todo se nos hace extraño. El trabajo, las personas que conocemos y sobre todo uno mismo.

            En un momento tenemos conciencia. Descubrimos, a través de una niebla que se dispersa, que la vida que hemos vivido hasta ese momento ha llegado a su final. Que para poder continuar hay que adentrarse en un desierto árido y sin mapas.

            De lo que tienes firme convicción es que hay una etapa de tu vida que se ha acabado. Como decía el poeta “caminante no hay camino, se hace camino al andar, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca, se ha de volver a pisar”.

            Pero todo final requiere una despedida. Un borrón y cuenta nueva. Este documento quiere, o ansía, servir de punto final, para un nuevo inicio.

            Quiero aprovechar estas letras para despedirme de aquello que queda atrás, de lo que termina, que no es poco. Una vida.

            Quiero decir adiós a ese extraño que se asomó al espejo una mañana y me enseñó la imagen de un hombre que no era yo. Alguien distante y desconocido.

            Quiero decir adiós a ese personaje gris y atildado que dedicaba sus horas a un trabajo que no deseaba y que le causaba nauseas.

            Necesito decir adiós a las relaciones con personas extrañas y ajenas que se acercan a ti para comprar seguridad. Traspasándote sus problemas. Prostituyendo tu moral para justificar sus ilegalidades y convertir en normalidad lo irrazonable.

            Necesito dejar atrás la red de mentiras que se crea a través de tantos años de poner buena cara a los filibusteros, a los sátrapas, a los necios. Necesito dejar de ser el sastre de los villanos, dejar de hacer trajes para que los criminales parezcan gente respetable.

            Necesito despedirme de las relaciones vacías, de las personas que no te aportan nada y te roban parte de tu alma, solo por el vil metal. Todo por el dinero.

            Tengo que decir adiós a los compañeros de viaje que no te ayudan a seguir caminando, que te atan a la necesidad de “cosas”, de enseres, de frigoríficos llenos y cuentas bancarias siempre en positivo.

            Despedirme de los autistas culturales, con los que no se puede tener una conversación sobre arte, sobre música, sobre literatura, sobre filosofía, sobre el alma humana… Ni siquiera se puede hablar sobre uno mismo y tus sentimientos, eres una máquina, y todo “eso” es una pérdida de tiempo, y para esos cafres, el tiempo es ORO.

            Debo dejar atrás las relaciones personales “a cambio dé” y empezar a conocer gente “por”.

            Debo decir adiós a la tristeza de no sentir futuro. De sentirte atrapado en el vacío y las mentiras. De arrastrar los días esperando un mañana efímero con forma de oasis imaginario.

            Adiós a las uniones familiares basadas en el mercantilismo. Alejarme de las palabras “responsabilidad familiar” y “sacrificio por los tuyos”. No puedo ser la piedra angular, la viga maestra, de un edificio que ya hace muchos años solo encierra tristeza y decepciones. El perro de un castillo lleno de fantasmas que ladra al que se acerca a las ruinas.

            Tengo que decir adiós a las humillaciones, a los gritos, a los desplantes, a las malas formas, a las amenazas veladas. Hay que dejar atrás a esas personas, que siendo las más cercanas a ti, te humillan y chantajean.

            Y sobre todo tengo que despedirme de ese cobarde, que creyó por un momento que los atajos existen. Qué frágil para enfrentarse a la verdad, corrió al lado oscuro como si allí existiese algún tipo de seguridad. Tan cobarde que no fue capaz siquiera de escribir una carta de despedida.

            Pero hoy, “sentado en la calabaza”, puedo mirarlo todo sin acritud, decir adiós con tranquilidad y prepararme para seguir andando.

            Me gustaría terminar esta despedida con algo positivo, un rayo de luz en la noche oscura. Pero hoy solo se me vienen a la cabeza viejas canciones. Así que, allí va: “Ojalá que me vaya bonito”.

Polvo somos.

jardin-de-los-alixares-en-el-cementerio-de-san-jose-4021-4-1

AQUÍ SOLO HAY CENIZAS.

(Se puede leer en el arco de entrada de un patio del Cementerio de Granada)

            El día es claro, y se respira un aire fresco y reponedor. Es bonito este Cementerio, colgado entre Granada y la Sierra. De vez en cuando, como un suspiro, al través, nos traspasa una ráfaga de aire frío que nos susurra en los huesos que viene de la nieve acumulada en el invierno. Una vaharada de aire helado y silencioso, callado como los muertos que duermen en los patios de este sitio.

            He tardado en venir a verlo, Señor, porque no me sentía con fuerzas de enfrentarme a su tumba.

            La verdad, esperaba otra cosa. He sufrido una grata decepción. Después de todo, aunque uno haya sido un tirano que ha organizado y manipulado la vida de todos los que le rodeaban, al final, uno no puede dirigir su propia muerte y menos controlar o dirigir el cuidado de sus despojos.

            Supongo que dejaría por escrito, en una hoja de excell por supuesto,   como tanto le gustaba a usted disponer en vida, como debería ser su sepelio, su tumba y los cuidados de su sepultura.

            Lástima. Supongo que sus hijos, que lo odiaban y temían, a partes iguales, una vez, cumplimentadas las formalidades de cara a las altas amistades, han resuelto hacer con sus huesos lo que les ha dado la gana. Vamos, enterrarlo en una tumba bastante normalita. Hasta cutre.

            Como deben sufrir sus huesos, en esa tumba gris y pobre, acostumbrados a pasearse por la ciudad nazarí en los asientos de piel de su Rolls-Royce.

            Ni foto, que tanto me frenaba. He esperado tanto tiempo, para tener la suficiente fuerza para poder mirar su foto (que esperaba enmarcada en plata legítima, o rodeada de mármol blanco) sin la cólera y la ira que me acompañaban cuando le recordaba. Temía perder las formas y no poder contenerme. Machacar esa foto, su cara, que tanto daño hizo a tantos, y que terminó por quemarme el alma. Negrero, alcohólico, depravado y miserable. Manchaba con su aura de cieno a todo el que tenía cerca.

            Siempre vestido de blanco. Bastardo. Sepulcro blanqueado. No hay traje de lino blanco que tape los miles de gusanos que horadaban su alma negra y purulenta.

            Todavía tengo pesadillas, con aquellas llamadas telefónicas, por la tarde, cuando el alcohol acartonaba su lengua y de manera pausada y balbuceante, se regodeaba en recordar las órdenes que ya había establecido a primera hora de la mañana. Simplemente para tener constancia de que había sido imposible terminarlas todas. Entonces en su melopea de rey gitano, nos recordaba, que usted se levantaba a las cinco de la mañana para trabajar todos los días, que esa era la única forma de ser un hombre de los pies a la cabeza. No los capullos anélidos que trabajábamos para usted, gusarapos sin ánimo ni futuro. Que gracias a su benevolencia, como las palomas de los parques, veníamos a comer las migajas que usted, en su inconmesurable bondad, nos arrojaba al suelo, para que nos arrastráramos, como las larvas de hombres que éramos.

            Y todo eso borracho, un día y otro día, machacando, de manera consciente la dignidad de las personas que usted percibía débiles psicológicamente, o necesitadas económicamente. Siempre existe un tonto para un remedio.

            Sabe lo que más me dolía, lo que a veces me saltaba las lágrimas, y me aferraba al teléfono mordiéndome los labios de rabia: que después de rebajarnos, de insultarnos, de pegarnos como a los perros, con la mierda en la boca, decía con su voz cadenciosa por el alcohol, que todo lo hacía porque usted era como nuestro padre, ese padre benévolo que perdona a sus hijos díscolos y vagos. Usted, que no fue ni siquiera buen padre para sus hijos, se atribuía la paternidad de todos aquellos que dependían de sus estipendios.

            Maldito seas mil veces. Perro. He venido a decírtelo en persona. Maldita la hora en que te conocí, y emponzoñaste mi alma con las miasmas del fango del infierno.

            Cuanto tiempo ha tenido que pasar para que recuperase mi dignidad castrada.

            Pero hoy estoy aquí. Y tus huesos se pudren en una mediocre tumba de un patio de tercera de este campo santo. Y en la tranquilidad de la mañana y en la soledad de los conocidos. Con la confianza que da el haber compartido tantas horas, voy a mearme en tu tumba.  Sin acritud.

            A tu salud, cabrón.