DOS MINUTOS DE CLARIDAD.

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¿QUÉ ES UN POLÍTICO?

Extracto del libro ESPARTACO de Howard Fast , de 1951.

¡Cielos, Cicerón! ¿Puede usted clasificar todas las benditas cosas que hay sobre la tierra en las categorías de romano y no romano?

La mayoría de las cosas –respondió de modo satisfecho Cicerón.

¿Y usted lo cree?

Para decir verdad, no –dijo Cicerón riendo.

Graco pensó: «No tiene sentido del humor. Ríe porque cree que es el momento oportuno para reír». Y agregó en alta voz:

Iba a aconsejarle que abandonara la política.

¿Sí?

De todos modos, no creo que mi consejo le afecte en modo alguno.

De modo que usted cree que nunca tendré éxito en la política, ¿verdad?

No. Yo no diría eso. ¿Ha pensado usted alguna vez en la política? ¿Qué es la política?

Me imagino que es muchas cosas. Ninguna de ellas muy limpia.

Tan limpia o sucia como cualquier otra cosa. He pasado mi vida siendo político.

Graco pensó: «No le gusto. Le ataco y me contraataca. ¿Por qué será tan difícil para mí aceptar el hecho de que no les gusto a algunos?».

He oído decir que su gran virtud –le dijo Cicerón a su obeso interlocutor– es una enorme memoria para los nombres. ¿Es cierto que usted puede recordar los nombres de cien mil personas?

Otra ilusión acerca de la política. Apenas si conozco a cien personas por su nombre.

He oído decir que Aníbal recordaba los nombres de todos los soldados de su ejército.

Sí. Y a Espartaco le atribuiremos una memoria similar. No podemos admitir que nadie alcance la victoria porque sea mejor que nosotros. ¿Por qué le gustan tanto a usted las grandes y pequeñas mentiras de la historia?

¿Es que son todas mentiras?

La mayoría –dijo Graco en un rugido–. La historia es una explicación basada en la astucia y la codicia. Por eso, nunca es una explicación honesta. Por ese motivo lo interrogué sobre la política. Alguien dijo en Villa Salaria que en el ejército de Espartaco no había política. Allí no podía haberla.

Ya que usted es un político –dijo Cicerón sonriendo–, ¿por qué no me dice qué es un político?

Un farsante –respondió Graco secamente.

Por lo menos usted es franco.

Es mi única virtud y es extremadamente valiosa. En un político la gente la confunde con la honestidad. Como usted sabe, vivimos en una república. Y esto quiere decir que hay mucha gente que no tiene nada y un puñado que tiene mucho. Y los que tienen mucho tienen que ser defendidos y protegidos por los que no tienen nada. No solamente eso, sino que los que tienen mucho tienen que cuidar sus propiedades y, en consecuencia, los que nada tienen deben estar dispuestos a morir por las propiedades de gente como usted y como yo y como nuestro buen anfitrión Antonio Cayo. Además, la gente como nosotros tiene muchos esclavos. Esos esclavos no nos quieren. No debemos caer en la ilusión de que los esclavos aman a sus amos. No nos aman y, por ende, los esclavos no nos protegerán de los esclavos. De modo que mucha, mucha gente que no posee esclavos debe estar dispuesta a morir para que nosotros tengamos nuestros esclavos. Roma mantiene en las armas a un cuarto de millón de hombres. Esos soldados deben estar dispuestos a marchar a tierras extrañas, marchar hasta quedar exhaustos, vivir sumidos en la suciedad y la miseria, revolcarse en la sangre, para que nosotros podamos vivir confortablemente y podamos incrementar nuestras fortunas personales. Los campesinos que murieron luchando contra los esclavos se encontraban en el ejército, en primer lugar, porque habían sido desalojados de sus tierras por los latifundios. Las casas de campo atendidas por esclavos los convirtieron en miserables sin tierras y ellos murieron para mantener intactas estas casas de campo. Por lo que nos vemos tentados a asegurar que todo esto es una reductio ad absurdum. Porque usted debe considerar lo siguiente, mi querido Cicerón: ¿qué perderían los valerosos soldados romanos si los esclavos vencen? En verdad, ellos los necesitarían desesperadamente, ya que no hay suficientes esclavos para trabajar adecuadamente las tierras. Habría tierras de sobra para todos y nuestros legionarios lograrían aquello con que sueñan, su parcela de tierra y una pequeña casita. No obstante, marchan a destruir sus propios sueños, para que dieciséis esclavos transporten a un viejo cerdo obeso como yo en una cómoda litera. ¿Niega usted la verdad de todo lo que he dicho?

Creo que si lo que usted dice lo dijera un individuo cualquiera en el Foro, tendríamos que crucificarlo.

Cicerón, Cicerón –dijo riendo Graco–, ¿se trata de una amenaza? Soy demasiado obeso, pesado y viejo para ser crucificado. ¿Y por qué se pone usted tan nervioso ante la verdad? Es necesario mentirles a los otros. Pero ¿es necesario que nosotros creamos en nuestras propias mentiras?

Tal como usted lo plantea. Usted simplemente omite la cuestión fundamental: ¿un hombre es igual a otro o distinto a otro? Hay una falacia en su breve discurso. Usted parte del supuesto de que los hombres son tan iguales entre sí como las peras que hay en una canasta. Yo no. Hay una élite, un grupo de hombres superiores. Si los dioses los hicieron así o fueron las circunstancias, no es cuestión para ponerse a discutirla. Pero hay hombres aptos para mandar y como son aptos para mandar, mandan. Y debido a que el resto son como ganado, se comportan como ganado. Ya ve; usted ofrece una tesis, pero lo difícil es explicarla. Usted ofrece un cuadro de la sociedad, pero si la verdad fuera tan ilógica como su cuadro, toda la estructura se desmoronaría en un día. Lo que usted no logra es explicar qué es lo que mantiene unido a este ilógico rompecabezas.

Sí que lo logro –respondió Graco–. Yo lo mantengo unido.

¿Usted? ¿Usted solo?

Cicerón, ¿cree usted realmente que soy un idiota? –He vivido una larga y azarosa vida y aún me mantengo en la cúspide. Usted me preguntó antes qué era un político. El político es el centro de esta casa de locos. El patricio no puede hacerlo por sí mismo. En primer lugar, piensa en la misma forma que usted, y los ciudadanos romanos no gustan de que se los considere como ganado. Y, no lo son, cosa que algún día usted comprenderá. En segundo lugar, el patricio nada sabe sobre los ciudadanos. Si se la dejara a su cargo, la estructura se desmoronaría en un día. Por eso él acude a gente como yo. El no podría vivir sin nosotros. Nosotros volvemos racional lo irracional. Nosotros convencemos al pueblo de que la mejor forma de realizarse en la vida es morir por los ricos. Nosotros convencemos a los ricos de que tienen que ceder parte de sus riquezas para conservar el resto. Somos magos. Creamos una ilusión y la ilusión es infalible. Nosotros le decimos al pueblo: vosotros sois el poder. Vuestro voto es la fuente del poderío y la gloria de Roma. Vosotros sois el único pueblo libre del mundo. No hay nada más precioso que vuestra libertad, nada más admirable que vuestra civilización. Y vosotros la controláis; vosotros sois el poder. Y entonces ellos votan por nuestros candidatos. Lloran cuando nos derrotan. Ríen de alegría ante nuestras victorias. Y se sienten orgullosos y superiores porque no son esclavos. No importa lo bajo que caigan; si duermen en cloacas; si permanecen sentados en los asientos públicos en las carreras y en el circo las veinticuatro horas del día; si estrangulan a sus hijos al nacer; si viven de la caridad pública y si nunca mueven un dedo, en toda su vida, para cumplir una jornada de trabajo. Están sucios, Pero, cada vez que ven a un esclavo, su ego se eleva y se sienten llenos de orgullo y de poder. Entonces saben que son ciudadanos romanos y todo el mundo los envidia. Y en eso consiste mi arte, Cicerón. Nunca subestime la política.

QUÉ ERA EL SENADO ROMANO, SENADO, SENADO ROMANO, LUCIO CORNELIO SILA, EN EL BLOG IMPERIO ROMANO DE XAVIER VALDERAS, MINUSVÁLIDOS EN LIBERTAD

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HUESOS Y HUESOS.

ESCOLANIA

UN PUÑADO DE HUESOS.

Cuarenta y un años llevan los huesos de Don Francisco Franco Bahamonde en la cripta central del Valle de los Caídos. No le han faltado, ni un día, flores frescas sobre su tumba. Y los monjes benedictinos que ofician misa diaria en la Abadía Católica, rezan por el alma del militar gallego.

El conjunto monumental del Valle de los Caídos construidos entre 1940 y 1958, situado en el municipio de San Lorenzo del Escorial, en la Comunidad Autónoma de Madrid, pertenece al Patrimonio Nacional, y fue construido por orden expresa del General Franco, por Decreto oficial de 1940.

Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor

Es difícil redactar un decreto oficial más sarcástico y pretencioso, cuando el que lo hace, está disponiendo como va ser su tumba. Además todo ello regado con soflamas sobre la Cruzada Nacional y la epopeya histórica de los héroes y mártires que cayeron por Dios y por la Patria.

No hablamos de un mausoleo de familia pudiente, el capricho sádico mortuorio de aquel militar africanista, crecido (poco la verdad) entre gritos histéricos de “muera la inteligencia”, nos costó a los españoles 1.159.505.687, 73 pesetas, de las de 1957.

Nuestro amado líder, hizo constar por Decreto, que 235.450.374,05 pesetas se habían suscrito voluntariamente en una recaudación entre el pueblo español (años de cartilla de racionamiento), y que el resto se obtuvo de la recaudación de los sorteos extraordinarios de la Lotería Nacional.

Supongo que Doña Manolita se hizo rica y famosa vendiendo aquellos décimos entre los madrileños que harían cola, aprovechando a la vez para quitarse los piojos.

La factura final del sepelio la firmó en el Palacio de la Zarzuela el Rey de España, Don Juan Carlos I, Jefe del Estado, en calidad de sucesor del Dictador, por la gracia de Dios y las Leyes Fundamentales del Estado Nacional.

La verdad, es que en esta tarde gris de junio de 2016, me importa muy poco que los huesos del Dictador se pudran en una basílica que forma parte del Patrimonio Nacional, que seguimos pagando su mantenimiento.

Lo que me molesta es que cualquier Ayuntamiento de éste Estado actual, Democrático, social y de Derecho, como dice nuestra Constitución de 1977, te cobre una tasa por el nicho de tu familiar, cada cierto tiempo y eso si tienes la suerte de saber donde están sus huesos.

Lo que me jode de verdad, es que ahora hablemos de crisis económica para negar el presupuesto para la localización de la fosas comunes de la guerra civil, según lo recogido en la Ley de Memoria Histórica, y encima se insinúe que si no fuese por el erario público, nadie recordaría ya a sus muertos.

Hay que ser muy rastrero. Yo tengo “enterrada” a mi bisabuela en Almería, no se dónde, murió en la desbandada que se produjo en la carretera de Granada a Almería, sus hijos nunca quisieron hablar de ese tema, el miedo les podía, y sus nietos, nos contaron una historia edulcorada, para, como se dijo en la transición, que hubiese una reconciliación nacional.

Yo no conocí a mi bisabuela, aunque estoy empeñado, en saber donde está enterrada, simplemente porque creo que tengo ese derecho como español. Mi bisabuela crió a sus hijos como supo, los sacó adelante en una guerra y murió por salvarlos, creo que merece, mi reconocimiento particular, no pido, ni exijo el de nadie más. Mi bisabuela era una mujer del pueblo, además despierta y emprendedora, nunca se le cerraban las puertas, así la recordaban sus hijos.

Creo que esos recuerdos valen más que todo el Patrimonio Nacional de este Estado Constitucional, pero aún así, no lo entiendo.

Hay miles de seres humanos enterrados en fosas clandestinas, gente buena, con familia, con recuerdos… y para esos solo hay crisis.

Mi bisabuela era una mujer honrada.

El puñado de huesos que se pudren en la Basílica Benedictina del Valle de lo Caídos, son los de un delincuente que según el Juzgado Central de Instrucción n.º 5 de la Audiencia Nacional “de los hechos que acontecieron posteriormente al 18 de julio de 1936, se constata que el alzamiento o insurrección armada se materializó en esa fecha, fue una decisión perfectamente planeada y dirigida a acabar con la forma de Gobierno de España, en ese momento, atacando y ordenando la detención e incluso eliminación física de personas que ostentaban responsabilidades en los altos Organismos de la Nación y ello, como medio a al menos como paso indispensable para desarrollar y ejecutar las decisiones previamente adoptadas sobre la detención, tortura, desaparición forzada y eliminación física de miles de personas por motivos políticos e ideológicos, propiciando asímismo, el desplazamiento y exilio de miles de personas, dentro y fuera del territorio nacional, situación que continuó, en mayor o menor medida, durante los años siguientes, una vez concluyó la Guerra Civil, y cuya realidad pretende concretarse en esta investigación, así como sus autores en cada caso, con el fin de individualizar conductas y los responsables de la mismas, y resolver sobre la extinción de su posible responsabilidad penal. La categoría de crimen contra la humanidad parte de un principio básico y fundamental, que estas conductas agredan en la forma más brutal a la persona como perteneciente al género humano en sus derechos más elementales como la vida, la integridad, la dignidad, la libertad, que constituyen los pilares sobre los que se constituye una sociedad civilizada y el propio Estado de Derecho” Auto de 16 de octubre de 2008.

Por mucho que rece el abad benedictino, por muchas flores frescas que le lleven, por muchos niños de la escolanía de los monjes que canten misas diarias, ese puñados de huesos, no tienen ninguna dignidad.

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A distinguir me paro las voces de los ecos

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El árbol del orgullo

G.K. Chesterton


Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.

FIN

Chesterton


Resucitar la esperanza.

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EN TRES DÍAS RESUCITÓ LA ESPERANZA.

 

         Se acerca la noche más corta del año, el solsticio de verano, la fiesta   pagana de adoración al sol. Aprovechada por la Iglesia Católica, siempre al quite, para festejar a San Juan, seis meses antes del nacimiento del hijo del hombre.

         Esa noche era tradición bañarse a las doce de la noche del día 23. Era una experiencia purificadora, que limpiaba el cuerpo y el alma. Se dice que copiando la vieja fiesta judía del Templo. Los cristianos sabemos que el templo es nuestro cuerpo. Ya lo dijo el nazareno, destruye el Templo y yo lo reconstruiré en tres días. Y así fue, a los tres días de ser destrozado, apaleado, humillado y crucificado, el hijo del carpintero, resucitó.

         Para mí era una tradición unida a viejos recuerdos. Cuando los críos éramos  los amos de las calles y los grupos de chiquillos andábamos en pandillas o bandas, capaces de cualquier travesura, apoyados por la pertenencia a un grupo superior a la individualidad del sujeto.

         Éramos grupos, pandillas, bandas… teníamos conciencia de la pertenencia a un grupo. Sabíamos que el grupo tiene más fuerza que el individuo.

         Éramos una máquina de ideas capaces de lo mejor y lo peor. Sabíamos a qué casa podíamos ir a tomar la merienda, porque sabíamos quién era el dueño del único balón de cuero.

         La tarde del día 23 de junio íbamos de casa en casa, pidiendo a los vecinos, aquellos viejos muebles, trapos o colchones, que eran nuestros trofeos, chillando como vándalos, eran llevados hasta la playa y allí apilados en una piramidal estructura. Nos convertíamos en vikingos aulladores, que bailábamos alrededor de la montonera de desechos, a los que con el tiempo fuimos uniendo las libretas y los libros de los cursos terminados.

         En cuanto el sol, se escondía tras el ocaso, se le metía fuego a la pira y todo ardía. Éramos entonces una tribu de indios cheroquis, aullando y saltando alrededor de la hoguera.

         Queríamos quemar lo viejo, lo inútil, lo obsoleto… éramos la juventud gritando a la luna nuestro deseo de vivir. Éramos un grupo de amigos, de compinches, de pequeños hijos de perra, que chillábamos como animales.

         Y a las doce, alguno de los más bestias, se volvía al grupo y gritaba: “Maricón el último”, todo el mundo a bañarse, con o sin bañador, con ropa o en calzoncillos, desnudos los más valientes. Éramos el templo de la juventud, nadie podía con nosotros. En tres días reconstruiríamos el futuro, que nos negaban los mayores.

         Ha tenido que pasar medio siglo, para que me dé cuenta de cuanto hemos perdido en este tiempo.

         Hoy somos seres individuales, que interactuamos, a través de nuestros perfiles digitales. Ni cuando somos muchos, cuando formamos parte de una masa, cada uno está más pendiente de su teléfono móvil, que de la persona que tenemos al lado.

         Estamos solos entre la multitud, recibiendo mensajes de gente que está kilómetros de nosotros, sin fijarnos en la persona que anda junto a nosotros.

         Hoy no tenemos conciencia de pertenencia a un grupo. Conocemos virtualmente a miles de personas, pero no existe contacto humano.

         No sabemos, y no queremos saber, quién es el dueño del balón de cuero del grupo, no sabemos en qué casa nos pueden dar la merienda, en la que hay chocolate, o en la que llevan tres meses sin comer carne (las salchichas del DIA no son carne), y a veces nos da vergüenza ver cómo está nuestro frigorífico (mi madre decía que se despeñaba un ratón). Pero no conocemos siquiera al vecino del piso del final del pasillo.

         Me gustaría rezar este año por todos los que no están, por los que nos han dejado.

         Me gustaría chillar como un crío alrededor de las hogueras de San Juan. Quiero bañarme en el mar, ese Mediterráneo donde están las cenizas de mis padres, donde mueren tantos refugiados, tantos emigrantes. Quiero este año purificarme, lavar mi culpa.

         Y dentro de tres días, el 26 de Junio, reconstruiremos el futuro. Como nos enseñó Jesucristo, siendo parte de un grupo, ayudando a los que nos necesitan, cuidando a los enfermos, dando pan a los pobres y abrazando a nuestros hermanos. En tres días podemos reconstruir el futuro, estad seguros, unidos podemos.

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EL CUENTO DEL PUEBLO.

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LA BALANZA DE LOS BALEK.

En la tierra de mi abuelo, la mayor parte de la gente vivía de trabajar en las agramaderas. Desde hacía cinco generaciones, pacientes y alegres generaciones que comían queso de cabra, papas y, de cuando en cuando, algún conejo, respiraban el polvo que desprenden al romperse los tallos del lino y dejaban que éste los fuera matando poco a poco. Por la noche, hilaban y tejían en sus chozas, cantaban y bebían té con menta y eran felices. De día, agramaban el lino con las viejas máquinas, expuestos al polvo y también al calor que desprendían los hornos de secar, sin ningún tipo de protección. En sus chozas había una sola cama, semejante a un armario, reservada a los padres, mientras que los hijos dormían alrededor en bancos. Por la mañana la estancia se llenaba de olor a sopas; los domingos había ganchas, y enrojecían de alegría los rostros de los niños cuando en los días de fiesta extraordinaria el negro café de bellotas se teñía de claro, cada vez más claro, con la leche que la madre vertía sonriendo en sus tazones.

Los padres se iban temprano al trabajo y dejaban a los hijos al cuidado de la casa; ellos barrían, hacían las camas, lavaban los platos y pelaban papas: preciosos y amarillentos frutos cuyas finas mondas tenían que presentar luego para no caer bajo sospecha de despilfarro o ligereza.

Cuando los niños regresaban del colegio debían ir al bosque a recoger setas o hierbas, según la época; asperilla, tomillo, comino y menta, también dedalera, y en verano, cuando habían cosechado el heno de sus miserables prados, recogían amapolas. Las pagaban a un pfennig o por un kilo pfennig en la ciudad, los boticarios las vendían por veinte pfennigs a las señoras nerviosas. Las setas eran lo más valioso: las pagaban a veinte pfenngs por kilo y en las tiendas de la ciudad se vendían a un marco veinte. En otoño, cuando la humedad hace brotar las setas de la tierra, los niños penetraban en lo más profundo y espeso del bosque, y así cada familia tenía sus rincones donde recoger las setas, sitios cuyo secreto se transmitía de generación en generación.

Los bosques y las agramaderas pertenecían a los Balek; en el pueblo de mi abuelo los Balek tenían un castillo, y la esposa del cabeza de familia de cada generación tenía un gabinete junto a la despensa donde se pesaban y pagaban las setas, las hierbas y las amapolas. Sobre la mesa de aquel gabinete estaba la gran balanza de los Balek, un antiguo y retorcido artefacto, de bronce dorado, ante el cual habían esperado los abuelos de mi abuelo, con las cestitas de setas y los cucuruchos de amapolas entre sus sucias manos infantiles, mirando ansiosos cuántos pesos tenía que poner la señora Balek en el platillo para que el fiel de la balanza se detuviera exactamente en la raya negra, aquella delgada línea de la justicia que cada año había que trazar de nuevo. La señora Balek después tomaba el libro de lomo de cuero pardo, apuntaba el peso y pagaba el dinero, en pfennigs o en piezas de diez pfennigs y, muy rara vez, de marco. Y cuando mi abuelo era niño allí había un bote de vidrio con caramelos ácidos de los que costaban a marco el kilo, y cuando la señora Balek que en aquella época gobernaba el gabinete se encontraba de buen humor, metía la mano en aquel bote y le daba un caramelo a cada niño, cuyos rostros enrojecían de alegría como cuando su madre, en los días de fiesta extraordinaria, vertía leche en sus tazones, leche que teñía de claro el café, cada vez más claro hasta llegar a ser tan rubio como las trenzas de las niñas.

Una de las leyes que habían impuesto los Balek en el pueblo, era que nadie podía tener una balanza en su casa. Era tan antigua aquella ley que ya a nadie se le ocurría pensar cuándo y por qué había nacido, pero había que respetarla, porque quien no la obedecía era despedido de las agramaderas, y no se le compraban más setas, ni tomillo ni amapolas; y llegaba tan lejos el poder de los Balek que en pueblos vecinos tampoco había nadie que le diera trabajo ni nadie que le comprara las hierbas del bosque. Pero desde que los abuelos de mi abuelo eran niños y recogían setas y las entregaban para que fueran a amenizar los asados o los pasteles de la gente rica de Praga, a nadie se le había ocurrido infringir aquella ley: los huevos se podían contar, se sabía cuánto se tenía hilado midiéndolo por varas y, por lo demás, la balanza de los Balek, antigua y de bronce dorado, no daba la impresión de poder engañar; cinco generaciones habían confiado al negro fiel de la balanza lo que con ahínco infantil recogían en el bosque.

Si bien entre aquellas pacíficas gentes había algunos que burlaban la ley, cazadores furtivos que pretendían ganar en una sola noche más de lo que hubieran ganado en un mes de trabajo en la fábrica de lino, a ninguno se le había ocurrido la idea de comprarse una balanza o fabricársela en casa. Mi abuelo fue el primero que tuvo la osadía de verificar la justicia de los Balek que vivían en el castillo, que poseían dos coches, que siempre le pagaban a un muchacho del pueblo los estudios de teología en el seminario de Praga, a cuya casa, cada miércoles, acudía el párroco a jugar al tarot, a los que el comandante del departamento, luciendo el escudo imperial en el coche, visitaba para Año Nuevo, y a los que en 1900 el emperador en persona elevó a la categoría de nobles.

Mi abuelo era laborioso y listo; se internaba más en los bosques que los otros niños de su estirpe, se aventuraba en la espesura donde, según contaba la leyenda, vivía Bilgan, el gigante que guarda el tesoro de los Balderar. Pero mi abuelo no tenía miedo a Bilgan: se metía hasta lo más profundo del bosque y, ya de niño, cobraba un importante botín de setas, e incluso encontraba trufas que la señora Balek valoraba en treinta pfennigs la libra. Todo lo que vendía a los Balek mi abuelo lo apuntaba en el reverso de una hoja de calendario: cada libra de setas, cada gramo de tomillo, y, con su caligrafía infantil, apuntaba al lado lo que le habían pagado por ello; desde sus siete años hasta los doce, dejó inscrito cada pfennig. Y cuando cumplió los doce llegó el año 1900 y, para celebrar que le emperador les había concedido un título, los Balek regalaron a cada familia del pueblo un cuarto de libra de café auténtico del que viene del Brasil; también repartieron tabaco y cerveza a los hombres, y en el castillo se celebró una gran fiesta: la avenida de chopos que va de la verja al castillo estaba atestada de coches.

El día anterior a la fiesta repartieron el café en el gabinete donde hacía casi cien años que estaba instalada la balanza de los Balek, que se llamaban ahora Balek von Bilgan, porque, según contaba la leyenda, Bilgan, el gigante, había vivido en un gran castillo allí donde ahora están los edificios de los Balek.

Mi abuelo muchas veces me había contado que, al salir de la escuela, fue a recoger el café de cuatro familias: los Chech, los Weidler, los Vohla y el suyo propio, el de los Brüchen. Era la tarde de Año Viejo: había que adornar las casas, hacer pasteles, y no se quiso prescindir de cuatro muchachos para enviarlos al castillo a recoger un cuarto de libra de café.

Fue así como mi abuelo fue a sentarse en el banquillo de madera del gabinete, y esperando que Gertrud, la criada, le entregara los paquetes de octavo de kilo, previamente pesados, cuatro bolsas, fue que le dio por mirar la balanza en cuyo platillo izquierdo había quedado la pesa de medio kilo; la señora Balek von Bilgan estaba ocupada con los preparativos de la fiesta. Y cuando Gertrud fue a meter la mano en el bote de vidrio de los caramelos ácidos para darle uno a mi abuelo, vio que estaba vacío: lo llenaba una vez al año y en él cabía un kilo de los de un marco:

Gertrud se echó a reír y dijo:

-Espera, voy a buscar más.

Y, con los cuatro paquetes de octavo de kilo que habían sido empaquetados y precintados en la fábrica, se quedó mi abuelo delante de la balanza en la que alguien había dejado la pesa de medio kilo. Tomó los cuatro paquetitos de café, los puso en el platillo vacío y su corazón empezó a latir precipitadamente cuando vio que el negro indicador de la justicia permanecía a la izquierda de la raya, el platillo con la pesa de medio kilo seguía abajo y el medio kilo de café flotaba a una altura considerable; su corazón latía aún con más fuerza que si, apostado en el bosque, hubiese estado aguardando a Bilgan, el gigante; y buscó en el bolsillo unos guijarros de esos que siempre llevaba para disparar con la honda contra los gorriones que picoteaban entre las coles de su madre… tres, cuatro, cinco guijarros tuvo que poner al lado de los cuatro paquetes de café antes de que el platillo con la pesa de medio kilo se elevara y el indicador coincidiera, finalmente, con la raya negra. Mi abuelo sacó el café de la balanza, envolvió los cinco guijarros en su pañuelo, y cuando Gertrud regresó con la gran bolsa de a kilo llena de caramelos ácidos que debían durar otro año para provocar el rubor de la alegría en los rostros de los niños, y ruidosamente los metió en el bote, el muchacho permaneció pálido y silencioso como si nada hubiese ocurrido. Pero mi abuelo sólo tomó tres paquetes de café y Gertrud miró asombrada y asustada al pálido muchacho al ver que tiraba el caramelo ácido al suelo, lo pisoteaba y decía:

-Quiero hablar con la señora Balek.

-Querrás decir Balek von Bilgan -replicó Gertrud.

-Está bien, quiero hablar con la señora Balek von Bilgan.

Pero Gertrud se burló de él y mi abuelo volvió de noche al pueblo, dio el café que les correspondía a los Chech, los Weidler y los Vohla, e hizo ver que aún tenía que ir a hablar con el párroco.

Pero se fue con los cinco guijarros envueltos en el pañuelo, camino adelante. Tuvo que ir muy lejos hasta encontrar quien tuviera una balanza, quien pudiera tenerla; en los pueblos de Blaugau y Bernau nadie la tenía, ya sabía eso, los atravesó y luego de caminar dos horas a oscuras llegó a la villa de Dielheim donde vivía el boticario Honig. Salía de casa de Honig el olor a buñuelos recién hechos y cuando Honig abrió la puerta al muchacho aterido de frío, su aliento olía a ponche y llevaba un cigarro húmedo entre los labios. Oprimió un instante las manos frías del muchacho entre las suyas y dijo:

-¿Qué sucede? ¿Han empeorado los pulmones de tu padre?

-No, señor, no vengo en busca de medicinas; yo quería…

Mi abuelo abrió el pañuelo, sacó los cinco guijarros, se los mostró a Honig y dijo:

-Querría que me pesara esto.

Miró asustado para ver qué cara ponía Honig, pero como no decía nada, no se enfadaba ni le preguntaba nada, añadió:

-Es lo que le falta a la justicia.

Y al entrar en la casa caliente, se dio cuenta de que llevaba los pies mojados. La nieve había traspasado su viejo calzado, y al cruzar el bosque las ramas le habían sacudido la nieve encima; estaba cansado y tenía hambre, y de repente se echó a llorar porque pensó en la gran cantidad de setas, de hierbas y de flores pesadas con la balanza a la que faltaba el peso de cinco guijarros para la justicia. Y cuando, sacudiendo la cabeza y con los cinco guijarros en la mano, Honig llamó a su mujer, mi abuelo pensó en la generación de sus padres y en la de sus abuelos, en todas aquellos que habían tenido que pesar sus setas y sus flores en aquella balanza, y le embargó algo así como una gran ola de injusticia y se echó a llorar aún más, y se sentó sin que nadie se lo dijera en una silla de la casa de Honig, sin fijarse en los buñuelos ni en la taza de café caliente que le ofrecía la buena y gorda señora Honig, y no cesó de llorar hasta que el propio Honig volvió de su tienda y, todavía sopesando los guijarros con una mano, decía en voz baja a su mujer:

-Cincuenta y cinco gramos, exactamente.

Mi abuelo anduvo las dos horas de regreso por el bosque, dejó que en su casa lo azotaran, y calló; tampoco contestó cuando le preguntaron por el café; se pasó la noche echando cuentas en el trozo de papel en el cual había apuntado todo lo que entregara a la actual señora Balek von Bilgan y cuando vio la medianoche, cuando se oyeron los disparos de mortero del castillo, el ruido de las carracas y el griterío jubiloso de todo el pueblo, cuando la familia se hubo abrazado y besado, mi abuelo dijo en el silencio que sigue al Año Nuevo:

-Los Balek me deben dieciocho marcos y treinta y dos pfennigs.

Y de nuevo pensó en todos los niños que había en el pueblo, pensó en su hermano Fritz que había recogido muchas setas, en su hermana Ludmilla, pensó en cientos de niños que habían recogido para los Balek setas, hierbas y flores, y no lloró esta vez, sino que contó a sus padres y a sus hermanos lo que había descubierto.

Cuando el día de Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus nuevas armas -un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando sobre azul y oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en hito. Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos pasaron con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos rostros de la gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el párroco subió al púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos rostros hasta entonces tan apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y regresó al altar bañado en sudor. Y cuando, después de la misa, los Balek von Bilgan salieron de la iglesia, pasaron entre dos filas de silenciosos y pálidos rostros. Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo delante, junto a los bancos de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y pálido Franz Brücher y, en la misma iglesia, le preguntó:

-¿Por qué no llevaste el café a tu madre?

Y mi abuelo se levantó y dijo:

-Porque todavía me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo esto, cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.

Y antes de que la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la iglesia entonaron el canto:

La Justicia de la tierra, oh, Señor, te dio muerte…”

Mientras los Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había entrado en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, encuadernado en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los kilos de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo. Y toda la tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis abuelos contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado… pero cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban, llegaron los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de mi abuelo disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la balanza y el libro. En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi abuelo, resultaron heridos un par de hombres y fue agredido uno de los gendarmes por Wilhem Vohla, el cazador furtivo.

No sólo se sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi una semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas. Pero llegaron muchos gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los Balek obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la escuela y demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado. Y hombres y mujeres volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a ver al párroco. Estuvo allí solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza y las bolsas de café.

Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedaleras, mas cada domingo, en cuanto los Balek entraban a la iglesia, se entonaba el canto “La Justicia de la tierra, oh señor, te dio muerte”, hasta que el comandante del distrito ordenó hacer un pregón en todos los pueblos diciendo que quedaba prohibido aquel himno.

Los padres de mi abuelo tuvieron que abandonar el pueblo y la reciente tumba de su hijita; emprendieron el oficio de cesteros, no se detenían mucho tiempo en ningún lugar, porque les apenaba ver que en todas partes latía mal el péndulo de la justicia. Andaban tras el carro que avanzaba lentamente por las carreteras, arrastrando una cabra flaca; y quien pasara cerca del carro a veces podía oír que dentro cantaban: “La Justicia de la tierra, oh Señor, te dio muerte”. Y quien parara a escucharlos también podía oír la historia de los Balek von Bilgan, a cuya justicia faltaba la décima parte. Pero casi nadie escuchaba.

HIENRICH BÖLL.

Maravilloso cuento del Premio Nobel alemán.

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DESCONEXIÓN YA.

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DESCONEXIÓN.

Según el Diccionario de la Legua Española: Acción y efecto de desconectar.

Acción y efecto, he aquí el problema.

Desde hace un tiempo venimos escuchando la escusa de los intolerantes de que los catalanes han iniciado un proceso de desconexión del Estado Español, lo cual les permite pintar el cielo de rojo y anunciar lluvia de sangre.

Qué temen los intolerantes, ¿la acción o el efecto.?

Cualquier cosa, su mundo es el autismo conservador, donde las peras nunca se mezclan con las manzanas, los vasos son vasos y los platos son platos.

No quieren, no pueden dejar, que nada cambie. Todo debe estar como lo dejó padre, atado y bien atado.

Lamento la intolerancia por ignorancia, pero más me preocupa la intolerancia por interés. (Por el interés, te quiero Andrés).

Puedo soportar el coro de grillos que cantan a la luna, que sin complejos representan las grandes familias de España, esa casta hijos de hijos, que han gobernado desde hace años el Estado como algo suyo. Son los hijos de aquellos tecnócratas que enseñaron al tito Paco, que las rubias en bikini, dejaban muchos dólares y que había que ser educados con esos señores americanos que mataron a Carrero (No hay mal que por bien no venga…)

Rajoy es un tecnócrata maravilloso, hijo de un gran funcionario, de familia de funcionarios, y en su gobierno los tecnócratas son los más queridos y temidos, los que hablan demasiado, se van como se fue Gallardón (Al que seguro que Rajoy le dijo, mientras lo acompañaba a la puerta de salida “Haga como yo, no se meta en política”)

Son una casta de eunucos, que llevan dirigiendo España tanto tiempo que creen que es suya. Son conservadores, de lo que es suyo, y hasta ahí puedo entenderlos.

Pero que me dicen de los camaleones, de esos “progresistas” de chichinabo que rugen por la unidad de España, para que nada cambie, para que no nazcan formaciones nuevas que lleguen a la gente. Que pena me dan. No saben que son conservadores, vestidos de progresistas, incluso de socialistas.

No voy a hablar de mister X, que con la chaqueta de pana y el gracejo sevillano, nos engañó como a chinos, (de OTAN entrada NO, Cien años de honradez, Por el Cambio…), que siga dando conferencias y cobrando de los magnates, estuvo acostumbrado a cobrar desde el primer día. (Esos que tanto hablan de los dineros de Venezuela, deberían explicar que hicieron con el dinero alemán, con los fondos reservados que se repartieron, con las cajas de ahorro que se comieron y con las dobles administraciones en donde colocaron a toda la recua de piojos que traían en sus pelos bien cortados).

No voy a hablar de la momia que una vez leyó a Machado y que por eso dicen que es inteligente. Listo, diría yo. Es de listo expiar a todo el mundo, sembrar de micrófonos todas las cloacas del Estado y no enterarte de que tu hermano se estaba forrando con los cafelitos del despacho que nunca existió en la Junta. Le gustaba el teatro, por eso es tan buen actor, solo que ahora, cuando intenta la comedia, le sale el drama.

No voy a hablar del sinvergüeza de Extremadura, que con toda caradura, siempre aparece defendiendo a España. Con la misma vehemencia con la que se buscó un retiro dorado para cuando dejó de ser Presidente de la Junta. Con sus santos cojones y por decreto.

Fantasmas del pasado, que salen arrastrando sus cadenas y sus bolas, haciendo todo tipo de extravagancias. Películas de zombis, que ahora se llevan tanto. El viejo PZOE, Z de zombi.

Si voy a hablar de cierta señora, Presidenta ella. Que dice que es socialista, cuando representa los valores más conservadores de toda Andalucía. No tiene cultura, ni le importa. Tardó medio siglo en acabar sus estudios, y todavía no ha enseñado el título. (Solo tiene pagadas las tasas). Cada vez que habla sube el pan y tiene la desfachatez de presentarse como el futuro de su partido, cuando era la secretaria personal de unos de los investigados en los casos de los ERE (Que acabarán en nada, o prescritos, gracias a los conservadores andaluces del PZOE).

Lo siento pero yo nací en Málaga, ahora vivo en Almería, y estudié en Granada. Llevo en mis venas sangre nazarí, y mucha malafollá. Por eso no entiendo a esa mujer cuando habla y se intenta hacer la graciosa. Yo no tengo sintonizado Canal Sur.

Me avergüeza que esa mujer represente a los andaluces, por eso, necesito apoyo de mis amigos para iniciar la DESCONEXION de la Junta de Andalucía. Quiero que el pueblo se exprese. Ya lo hizo, y estos señores perdieron. En Almería no se votó por el 151, pero eso nadie lo recuerda, estos señores torcieron la Ley, esa que es inamovible para los Catalanes, y se la pasaron por el arco del triunfo. Pero aquí nadie sabe historia, el día de Andalucía, que era en diciembre, lo pasaron a febrero pare celebrar la gran mentira. La Ley de oro, quien tiene el oro, tiene la Ley.

Por eso exijo que tras el 26 de junio, iniciemos los pueblos nazaríes, un proceso de desconexión con el Estado Español, representado en este caso por la Junta de Andalucía.

Desconexión Ya.

REFERENDUMAUTONOMÍAALMERÍA

EL MAYOR ENEMIGO.

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UN ASUNTO DE ESTADO.

– He recibido orden de venir al Palacio para ser recibido por el Presidente

            Su uniforme de capitán, con vivos colores, a la tradición imperial, daban a aquel soldado una galanura y prestancia extraordinaria

            El gris funcionario, viejo y macilento, a juego con los atávicos muebles del Palacio, ni siquiera levantó la cabeza para mirar al militar, que como un ráfaga de sol y juventud, parecían no ajustarse a la oscuridad mortecina de la noble estancia.

– Tome asiento Capitán Guajardo, enseguida le atiendo- el viejo funcionario seguía escribiendo con su ajada pluma, rasgando con su punta entintada, los escritos que iba leyendo, sin tener en cuenta al soldado, absorto en subrayar, e incluso suprimir, partes sustanciales de los escritos sobre los que trabajaba- Siéntese, le he dicho Capitán, ahora mismo termino.

– No quisiera parecer impertinente, señor, pero he sido convocado por el Presidente de la República de manera urgente.

            Al fin levantó la vista el viejo Secretario, y ajustándose, unos horribles anteojos, anticuados, como todo en aquella sala, miró de reojo al soldado. Como el buitre carroñero, que se acerca a un animal yerto, que no tiene constancia de que esté realmente muerto, valorando si acercarse para darle el primer picotazo.

– El ímpetu militar, siempre tan marcial y tan puerilmente vano. Cuanto militar gallardo está criando malvas en aras del arrojo desmedido y de la sangre joven que ciega. Deben ser esos uniformes imperiales tan apretados, no deben ser buenos para los humores.

            El militar se puso firme, y su rostro, se convulsionó en un arranque de ira irracional.

– Tranquilo Capitán,- dijo con una mueca siniestra y cínica- enseguida estoy con usted, hágame el favor de sentarse.- y una risa seca, de cera, atravesó la cara de ave del viejo funcionario.

            El militar permaneció de pie, frente a la mesa del viejo secretario, su estampa marcial, era una bofetada de vida, sobre el gris burócrata de la estancia.

– Pero por dios, Capitán, todavía sigue de pie,- el viejo funcionario echó atrás la vieja silla, que crujió con el sonido de un ataúd egipcio- la orden de su visita la he firmado yo, como Secretario de Presidencia y es conmigo con quién tiene usted cita mi joven napoleón.

            Los ojos del militar parecieron salirse de sus órbitas y de golpe su hechura y gallardía, sufrieron un mazazo, como si todas las arrugas del traje volviesen a sus hilos. En un acto instintivo, se tocó el espadón de gala y se atusó el corbatín, que parecía intentar ahogar su cuello hinchado por la ira.

– Pero la orden decía…

– Lo que yo quería que dijese. No sé, si entiende cómo funciona la administración, pero supongo que como buen militar, debe saber lo que es la jerarquía. El Presidente es un hombre sumamente ocupado, por eso estamos nosotros aquí, para atender los asuntos presidenciales y transmitir sus designios de forma fiel. Nosotros somos la Ley, que el Presidente, se limita a firmar. Yo, y mi padre antes que yo, hemos ocupado este despacho adjunto a la Presidencia, transmitiendo de manera clara y fiel, la voluntad del hombre que rige los destinos de la Patria. Y que como mero hombre, no puede estar en cada pueblo del país, ni atender a todos los mejicanos. Es la lógica de la administración. Por favor, Capitán, siéntese,- y de una forma brusca alzando la voz, le inquirió- ¡se lo ordeno!

            El militar, dio un taconazo en el suelo, que resonó en la vetusta estancia y de forma marcial tomó asiento.

– Veo en sus ojos de joven soldado, una decepción indignada…

– Lo siento Señor, pero yo creía que…- no pudo terminar.

– El Señor Presidente apenas recibe personalmente a nadie de forma particular, solo en ocasiones extraordinarias, en las que la prensa oficial da cuenta de la entrevista. Los temas delicados, los temas propios del Estado, son temas que yo, como su Secretario particular dirijo.- de manera extraña el viejo funcionario abrió los brazos flacos y largos, y su figura de ave de rapiña y sus ojos grises brillaron tras los viejos anteojos. Ya sabía que la pieza estaba muerta. Se dispuso a picotear, primero de forma espaciada, pero cada vez con más arrojo- Por su expediente, sé que es usted un verdadero patriota, que ha luchado contra esa turba revolucionaria que nos cerca. El General González Garza habla maravillas de usted, le tiene en un pedestal, es su espada más joven y certera.

            Los halagos fueron relajando al soldado, que sin embargo, no llegaba a fiarse de aquel funcionario viejo y trasnochado.

– Si,  mi Capitán,  conozco cada una de sus hazañas bélicas, y como buen patriota me siento orgulloso de que trabaje para nosotros. Que sea uno de los nuestros.- volvió la mueca servil y cetrina- Le he llamado para confiarle una tarea de extrema importancia para el futuro de la Patria, y por ende, para la seguridad del Presidente. – Los ojos del viejo se volvieron opacos tras los lentes gastados- Supongo que como buen militar estará preparado para salvar a la Patria en momentos de riesgo extremo…

– ¡Eso no se puede poner en duda!- atajó el militar, casi incorporándose- Yo por la Patria, doy mi sangre…

– No le voy a pedir tanto, mi buen amigo-dijo el funcionario cetrino- lo que sí le voy a pedir, es que como militar y como caballero, me jure, que nada de lo que vamos a hablar en esta estancia será repetido nunca ante nadie, y nadie debe saber, el deseo expreso del Presidente…

– Tiene usted mi palabra de infante y mi juramento por las estrellas de la Virgen de Guadalupe…

– No esperaba menos, mi Capitán.- volvió a medio sonreír la momia palaciega- Nunca tuve dudas con usted, por eso está aquí.

            El viejo funcionario se levantó despacio, haciendo crujir el rancio mobiliario, y se sentó en la silla junto al militar. La diferencia entre ambos era abismal, por un lado la juventud y la gallardía colorista del oficial, y del otro el gris y gastado traje del viejo funcionario casi amortajado, la vida frente a la muerte, la salud frente a la decrepitud, los ideales morales y los rancios vicios.

– Capitán Guajardo, su tarea será salvar a la Patria de su mayor enemigo, una tarea propia de un joven hércules, de un héroe mejicano. Pero en esa tarea se basa la esencia del Estado, usted salvará a la Patria de su mayor enemigo, del peor de sus destinos, pero nadie deberá saber nunca, que esta tarea le fue encomendada desde este Palacio, desde este despacho. Usted, nunca habrá estado aquí.

            El militar miraba los ojillos del funcionario, que le recordaban a los de la serpiente del escudo de la patria, gracias que en este país había águilas para matar a la serpiente, los militares, el glorioso Presidente Venustiano Carranza, eminente General.

– No le entiendo…

– Usted es militar, no tiene nada que entender, debe obedecer las órdenes de Presidencia sin preguntar nada, sin rechistar.- el viejo lo miró enojado, violento, colérico- Yo he visto la ruina de la patria sentada en el despacho del Presidente. La ruptura del Estado, la guerra y la anarquía revolucionaria. Eso no puede volver a pasar nunca, y usted, responderá ante Dios y ante la patria de que sea así.

– ¿Que tengo que hacer?- preguntó el militar casi a media voz.

– Deberá acabar con la vida de Emiliano Zapata, debe asegurarse de su muerte.

            De golpe el militar se relajó, aquel viejo carcamal estaba asustado por el guerrillero sureño, el campesino de Morelos, al que el General González Garza, tenía casi cercado. Pobre viejo, tanto para nada…

– Perdone señor Secretario, pero el General González acabará con ese campesino, entrometido y sus secuaces del sur. Apenas tienen armas, ni municiones… y su mayor preocupación son las cosechas y las cabras. Otra cosa es el frente del norte, si Villa consigue armas de los americanos, si podemos tener problemas, pero en el sur…

            El viejo se levantó como un resorte, era una momia desencajada, que casi aferraba al joven militar por los brazos, haciendo vibrar las charreteras del uniforme…

– ¡Usted no sabe nada, mi joven soldadito! Mi familia lleva trabajando para la presidencia del país casi dos siglos, hemos visto de todo. Yo mismo preparé la famosa reunión de los dos jefes revolucionarios, yo mandé construir dos sillas presidenciales para cada uno de ellos. Pero usted no estuvo aquí, no vio nada…- los ojos del viejo parecían llamear con el fuego del infierno y su aliento a lodo infecto, resbalaba sobre la joven y asombrada faz del militar- El Centauro del Norte, no es más que un brabucón engreído, un pequeño ladronzuelo travieso, que bien domesticado, no hubiese sido ningún problema para Méjico. Hemos resistido a tanto dirigente tonto, que uno más no iba a suponer una rémora para el Estado. Sin embargo Zapata, ese campesino iletrado, como usted le define, es harina de otro costal. Es un hombre íntegro, un hombre humilde… casi no quiso sentarse en la silla Presidencial, se vio obligado por el cenutrio de Villa, que despatarrado sobre la silla presidencial, quería tener una foto con el jefe revolucionario del Sur. Pero, yo vi sus ojos de asco cuando se sentó en la silla que representa al Estado. Entonces supe la verdad, ese hombre nunca parará en sus reivindicaciones, nunca cejará de luchar por su pueblo y acabará con Méjico. Zapata es el auténtico peligro, es el demonio hecho hombre. Debe morir. Porque mientras esté respirando, no habrá seguridad para el Estado… Por eso mi Capitán le suplico, le exijo, le ordeno… mate a Emiliano Zapata. Es un asunto de Estado.

– De verdad me está ordenando eso…así… ¿esto lo sabe el Presidente?

– Mi joven amigo- dijo el viejo cuervo con su mueca hueca- a veces la mano derecha del Estado, no tiene que estar enterada de lo que hace su mano izquierda.

– Pero yo soy un hombre de honor…

– No hay mayor honor que la patria. Usted deberá utilizar tantos medios le sean necesarios y posibles para acabar con la vida del señor Zapata- y mientras decía esto volvió a su mesa de despacho, y sacó de uno de los cajones un abultado sobre.- Tome estos fondos y utilícelos como le sean necesarios, lo importante, es que acabe con la vida de ese maldito agricultor.

            El joven militar agarró el sobre, eran billetes del Banco Nacional, una cantidad exagerada. Por un momento pensó, esto no es propio de un oficial, yo no mato por dinero. Estaba a punto de hablar, quería articular un discurso que le dejase claro a aquel viejo carcamal que él no era un Judas al que comprar con treinta monedas de plata… iba a hablar, a darle un acento marcial a su contestación pero, como si la vieja momia estuviese leyendo sus pensamiento, antes de abrir la boca, escucho la voz repelente del anciano…

– Capitán Guajardo, yo no le pido que lo traicione con un beso, yo le ordeno que lo mate.

            El horror del oficial le hizo cuadrarse ante aquel espectro del demonio, y salió de la sala, con la mente trastornada. Había entrado en aquella sala joven con ideales, y salía viejo y traidor.

            Cuenta la historia oficial mejicana que Jesús Guajardo hizo creer a Emiliano Zapata que estaba descontento con el Presidente Carranza y que él y un grupo de oficiales se pasarían con armas y bagajes al bando zapatista. En su traición tuvo que fusilar casi cien soldados del ejército federal para ganarse la confianza del jefe revolucionario. Se citaron en una hacienda para llevar a cabo su acuerdo y allí aprovechó para matar a Emiliano Zapata.

            La historia no oficial dice que quién murió aquella noche no tenía el famoso lunar del revolucionario del sur, que cabalgó durante muchos años en el sur de Méjico 

            La verdad, el Estado es igual en todos sitios, cuando detecta un enemigo al que no puede comprar, simplemente acaba con él.

emiliano zapata pancho villa