JESÚS VIVE EN EL PUCHE

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JESUCRISTO VIVE EN EL PUCHE.

En cuanto vi el mensaje en el móvil supe que se me había jodido el fin de semana. Cuando el Colegio de Abogados te requiere, ya sabes que te toca turno de oficio.

Mi cliente me esperaba en el calabozo, así que me tomé mi tiempo para recoger las cosas del despacho y ponerme en camino.

Era viernes por la noche, no es hora de joder a los funcionarios y menos si llevan pistola.

– Buenas, agente, soy el letrado de oficio del señor…

– ¿No es usted un poco mayor para ser abogado del turno de oficio?

Ni buenas noches. Y con ganas de bronca.

– ¿No es usted demasiado mayor, señor agente, para ser solo un agente? ¿No hay Generales, ni tenientes, ni capitanes en este cuerpo?

– Pero si nos ha tocado un letrado gracioso y todo. Pues las llevas claras con tu cliente, menudo bicho te llevas…

– Perdone mi General, pero yo no vengo a llevarme a nadie, vengo a ver al señor…

– Si hombre, si. Tu eres el abogado de Jesucristo, no sabes donde te estás metiendo…leyista

– Manuel, respete usted al señor letrado -dijo el jefe de la policía judicial que me conocía de vista- Perdone, al agente, pero es que su cliente nos trae locos toda la tarde… ¿Cómo ha tardado usted tanto en llegar?

Le miré asombrado, como si fuera la primera vez que lo veía, ¿cuándo se ha preocupado la policía judicial de la tardanza de un letrado de oficio? Algo raro estaba pasando.

– Le acompañaré a ver al acusado, tome el expediente, mientras, le pondré en antecedentes de lo que se va a encontrar.

Yo cogí la carpeta y no hice ni por abrirla, esperaría a estar con mi cliente para verla. No entendía a que venía este comportamiento.

– Supongo que estará acostumbrado a tratar con todo tipo de personajes, el turno de oficio, ya se sabe… pero quisiera que en este caso estuviese un poco preparado para lo que va a ver.

Viernes por la noche y empezaban a complicarse las cosas, yo seguía al oficial, que me abría el camino entre pasillos vacíos, al final de una escalera llena de desconchones y suciedad, un agente sentado junto a la puerta se puso en pié al vernos llegar.

– ¿Se ha calmado un poco? – preguntó el oficial.

El guardia, como recién salido de un sueño, respondió entrecortado.

– Ha estado chillando y dando patadas hasta hace media hora. Era insoportable. Pero después de lo que le ha hecho a Martínez, cualquiera entra.

– Por eso he querido acompañarlo, señor letrado – me indicó el jefe – Su cliente es un poco especial. Han tenido que traerlo entre ocho personas y cinco de ellas han tenido que ser atendidas por lesiones. Es un pequeño narcotraficante que trapichea en el Puche, nada del otro mundo, si no fuese porque no está bien de la cabeza. Estuvo demasiado tiempo en aislamiento en un centro penal de Sevilla y desde entonces oye voces, y dice cosas sin coherencia. Unas veces es el hijo de un faraón egipcio y otras, el mismísimo Jesucristo. Ya ve, la mezcla de droga e incultura… que le voy a contar… El problema es que es un tipo violento, que cuando pierde la cabeza no conoce a nadie, nos ha llamado su propia mujer porque temía por la integridad de sus hijos. Tenga cuidado, señor letrado, está esposado y el forense de guardia lo ha sedado, pero es una mole de casi doscientos kilos, no se preocupe este agente y yo mismo, estaremos junto a usted.

Estas cosas solo me pueden ocurrir a mí, pensé, mirando fijamente a los dos policías. ¿Es qué no había senegaleses sin papeles vendiendo en el Paseo? ¿Tenía que tocarme el hijo de un Faraón?

– ¿Está preparado señor abogado?

No, la verdad, es que en ese momento hubiese preferido estar tomando una cerveza fresquita en las Almadrabillas, no estaba preparado.

Asentí de forma mecánica y el agente empezó a abrir la puerta con recelo, comprobó que todo estaba en orden y nos indicó que podíamos pasar.

La escena era irreal, un hombre de unos treinta años, con casi doscientos kilos de peso, se hallaba arrodillado ante la silla situada frente a su camastro. Una frondosa cabellera morena le tapaba el rostro y se podía escuchar como hablaba en una lengua extraña.

– ¿Es extranjero? – pregunté.

– Cortés, de raza gitana y nacido en el Puche. Lo tiene todo en el Expediente, señor letrado…

El detenido cesó en su extraño rezo. Como un resorte se puso en pié y se vino hacia nosotros. Sus ojos eran claros y marrones y su barba recortada y cuidada. Era el retrato de un Jesucristo obeso, un Jesús, cabreado, apunto de atizarle a los mercaderes del templo…

– ¡Vosotros, basura, ¿que venís a hacer aquí? ¡Estaba hablando con mi Padre, cabrones! Dejadme solo con este hombre – dijo el gigante con voz grave, mientras me señalaba- Este hombre sufre como yo, es de los míos, vosotros sois escoria, iros de aquí.

– Lo siento Luis, pero no te vamos a dejar solo con el abogado – le dijo el oficial de forma firme – Ya bastante has liado esta tarde.

– Tengo derecho a ver a mi abogado a solas, cabrón. No creas que no me se tu leyes romanas, yo soy el hijo de Dios, a mí no me vengas con artimañas.

La cosa iba a ponerse fea, el detenido avanzaba amenazante, mientras el agente ya había sacado la porra, y el oficial blandía un paralizador eléctrico.

– ¡ Bueno, vamos a tranquilizarnos todos ! – dije con una voz que no supe de donde me salió – El detenido tiene razón, tiene derecho a hablar en privado con su abogado, así que yo les pido amablemente… que nos dejen solos.

El oficial mi miró con extrañeza, mientras el agente murmuraba “Este tío es gilipollas…” Estaban petrificados junto a la puerta.

– Ya habéis escuchado a mi abogado… a la mierda… ya estáis saliendo, mariconazos.

– ¿De verdad quiere quedarse solo con esta bestia? – me preguntó el oficial ojiplático – Yo no me hago responsable de su seguridad. Allá usted, señor letrado.

– ¡A la mierda, bofia asquerosa! – gritó el hombretón, avanzando hacia los policías que instintivamente se refugiaron en la puerta.

– Déjenme solo, por favor- dije con un tono de voz apenas audible.

– De acuerdo, – dijo a regañadientes el oficial – pero no vamos a cerrar la puerta, estaremos tras ella por si nos necesita. No se haga usted el héroe abogado, este tipo no se lo merece…

Los dos policías salieron dejando la puerta entreabierta. El detenido en el centro del calabozo me indicó con un gesto la silla donde acaba de estar arrodillado y el se sentó en el camastro.

– ¿Tiene tabaco, abogado?

– No, – le dije titubeante- acabo de dejarlo… hace apenas un mes… lo siento.

– Yo ya lo sabía, pero le estaba poniendo a prueba, su ropa sigue oliendo a tabaco, pero su cabeza me dice que lo ha dejado.

– Bueno esto va a ser rápido, entonces. Si tienes la capacidad de leer mi mente, ¿cuéntame lo que nos ha traído hasta aquí?

– A mi la droga, a ti… tu padre.

Aquello fue un golpe en el estómago, un gancho inesperado que me dejó sin aire.

La muerte de mi padre había puesto patas arriba mi existencia, me había hecho replantearme mi forma de vivir, había iniciado mi divorcio, había cambiado de ciudad y había iniciado un nuevo camino desde cero. Le había hecho un reset a la vida. Pero eso ,nadie que no me conociera muy personalmente, podría saberlo y sin embargo este gordinflón con ínfulas mesiánicas, me había cazado al vuelo. ¿Casualidad? Yo no creo en las casualidades.

– Veo que tus dones divinos son reales…

– Sin choteos, letrado, que yo soy el hijo de Dios. Necesito saber si eres buena persona y hasta que no esté seguro no diré nada.

– Pues no tenemos tiempo para hacer un examen…

– Calla gentil, necesito saber si eres de fiar… respondeme a esta sola pregunta – y se me acercó con su inmensa mole, fijando su ojos color café, sobre los míos – ¿Que prefieres?¿meterte un consolador o estar con una prostituta?

Su mirada me taladraba el cráneo y en ese momento su presencia cercana, su inmensidad como hombre, hizo que casi tuviese pavor a ser atacado. En qué momento, le dije yo al oficial que me dejase solo.

– ¿No respondes, letrado? Es fácil – dijo serio mientras pegaba su cara a la mía, hasta sentir el agrio de su aliento – ¿Consolador o puta?

Me retrepé en la silla intentando separarme de su inmensidad amenazadora y con voz entrecortada intenté argumentar, en medio de de un principio de ataque de pánico.

– Bueno… es una cuestión que nunca me he planteado… sabe no soy muy atrevido en el sexo, y los juguetes sexuales no me tientan… en cuanto a las prostitutas… nunca he tenido que utilizar sus servicios… y además considero que es una humillación para las mujeres vender el sexo… no es fácil… nunca me lo he planteado…

– Necesito que contestes. – dijo echándose para atrás en el camastro, mientras en su grasienta cara de nazareno melifluo amanecía una siniestra sonrisa – ¿Consolador o puta?

La verdad, me sentía asqueado por tener que hablar de aquello, no soportaba el cariz de la situación. Yo siempre he sido, desde joven, un enemigo férreo del mercado del sexo, no entiendo que algo como el sexo, se mercantilice, bajo ningún concepto entendería ni justificaría una transacción económica basada en el sexo. Y sin embargo allí, estaba yo, sin poder contestar.

– Tranquilo abogado, yo ya he leído tu respuesta en tu mente. Eres un hombre honrado, serías incapaz de pagar a una puta, aunque eso supusiera verte violado. Prefieres hacerte daño a dañar a otra persona. Si, tu eres mi abogado. El abogado de Jesucristo en la tierra.

Tragué saliva y empecé a sudar, este hombre no era normal. Supongo que es de esos gitanos que tienen el arte de venderte el futuro junto a una ramita de romero, mientras su compadre te distrae la cartera. Trileros del alma.

– No es tan fácil, letrado, no es tan fácil… solo tu sabes el miedo que llevas dentro… Aquella vez que tu padre estando borracho estuvo a punto de caerse en el puerto, o la noche que tu madre tropezó junto a la parada de autobuses y tu lloraste asustado porque estabas en una ciudad extraña y tu madre yacía tirada en el suelo.

– ¿Quién eres tú?- grité asustado, como esa noche, que aquel extraño me había recordado – ¿Como mierda sabes tu esas cosas? ¡DIME!

La puerta se abrió y el oficial preguntó si todo iba bien.

– ¡Déjanos solos! – gritó el gigante.

Y yo con una cara de bobo, asentí. El oficial volvió a entrecerrar la puerta.

– No pasa nada, abogado, tu padre y tu madre están con mi Padre ahora. No temas, están bien.

– Me alegro, – dije, recomponiendome – siempre tranquiliza saber que los tuyos están en un buen sitio…

– En el mejor de todos, en el cielo, junto a mi Padre. No lo dudes nunca.

De pronto me tranquilicé y un golpe de risa sacudió mi cuerpo, viejos trucos de gitana. Al final el argumento falla, yo siempre dudo, la verdad es que soy una duda con piernas. Si hay un más allá. Si existe Dios, lo sabré en su debido momento, mientras tanto dudaré.

– Eso no es malo letrado, hasta yo tuve dudas en el monte de los olivos, y le pedí a mi padre que apartara de mi ese cáliz, y en la cruz, antes de morir, le reprendí a mi padre haberme abandonado ante tanto dolor. Dudar está en la condición de los hombres, solo la fe la mitiga, a veces.

– Dime, ¿qué truco utilizas?¿Me has drogado?

– Solo te miro el alma, abogado, porque eres un hombre cargado de culpas y de miedos. Además eres hijo de pescador, como mi Pedro, eres de los míos.

Lo miré y no supe que pensar, el moho de las paredes seguro que me estaba afectando.

– Bueno, ya que lo sabes todo, ¿qué quieres que haga por ti?

Aquel hombretón sonrió, con un gesto bonachón y alegre como un niño travieso, me dijo de forma clara y concisa.

– No necesitas abrir mi expediente, ahora cuando salgas te vas a la Bola Azul, al Departamento de Salud Mental y le pides un informe psiquiátrico al Doctor Blas Salvatierra. Anota el nombre, con su informe no te será difícil convencer al Juez de Guardia para que me mande al Centro Psiquiatrico de San Juan de Dios de Málaga. Necesito unas vacaciones para reponerme. Mi familia lo está pasando mal con este asunto y no está bien que arruinen el negocio de menudeo de mierda por el hecho de que yo tenga que estar siempre con los más necesitados de esta tierra.

Lo miré a los ojos marrones claros y a su cara risueña. Era imposible pensar que ese hombre era un loco violento, pero más difícil era creer que era el hijo de Dios hecho carne.

– Vete no te retrases, el Doctor Blas, está en el hospital hasta la diez y media. Aparca al principio de la calle, junto a la entrada hay gorrillas.

– Algo más quiere su… ¿cuál es el tratamiento del hijo de Dios?…

– Vete a la mierda letrado…

Y los dos no echamos a reír como dos niños traviesos. Entonces colocó una mano inmensa sobre mi hombro y me susurró al oído.

– Tranquilo abogado, él, con el tiempo te perdonará.

Lo miré asustado, ese era mi mayor miedo, mi herida escondida y sin embargo…

– Vete – me dijo empujándome a la salida- que no llegas.

Al cruzar la puerta el Jefe de la policía judicial me miró extrañado.

– Parece que haya visto un fantasma.

– O al hijo de Dios.

– Menos guasa, letrado, que esa mala bestia es de lo peor, está para encerrarlo y tirar la llave.

– Usted lo ha dicho, jefe, usted lo ha dicho…

– ¿Y que dice en su defensa?…

– Que no es de este mundo… su reino no es de este mundo…

– Como un cencerro. Lo que yo digo, pues hay que hacer algo, aquí no puede estar, hoy ya ha lesionado a cinco y no estoy dispuesto a que me cueste más personal. Si está loco, que el Juez disponga su traslado…

-Tranquilo jefe, voy a cumplir con lo escrito a la mayor brevedad. Me marcho a la Bola Azul a ver a Caifás, y luego presentaré el caso ante Pilato…

– Lo que yo digo, o se lo llevan de aquí o nos vuelve a todos locos, esta mierda es contagiosa…

Me sonreí y mientras me alejaba, me volví y le dije:

– Muy contagiosa, lleva dos mil años transmitiéndose de padres a hijos…

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