EL MALVADO CARRIL BICI.

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PON CHING PING, NO VIVE EN ALMERÍA.

Los otros días, escuché aterrado a un señor trajeado de Unión del Pueblo Navarro (UPN), la franquicia navarra del Partido Popular, advertir a un concejal de estos nuevos grupos de izquierdas populistas, que el CARRIL BICI es un camino directo a la cruel UTOPÍA, que acaba siempre en campos de concentración, hambre y millones de muertos.

Me quedé helado, no podía ser, cambié de cadena. Allí también volvió a aparecer el sesudo político de UPN, añadiendo que estos carriles de bicicletas llevan directos a la Unión Soviética, a Cuba y a Corea del Norte, obras del demonio que manda en ese país coreano, un tal PON CHING PING.

Muerto de miedo, pensé en esos pobres almerienses ignorantes que utilizan el carril bici, sobre todo los fines de semana, muchos acompañados de sus tiernos vástagos, en bicicletas con ruedines. Pobres criaturas inocentes, llevados por esos padres progres, al mismo borde del abismo.

No pude dormir. A las siete de la mañana me levanté (yo vivo junto a Pescadería, al lado del puerto), bajé al paseo de Nicolás Salmerón, y allí encontré el malvado carril bici. Ese camino, no de baldosas amarillas, como en la película del Mago de Oz, sino pintado malignamente de rojo (clara advertencia del peligro).

Allí empecé a anunciar a los usuarios del peligro que corrían, me miraban asombrados, algunos se echaron a reír (pobres ignorantes), otros pensaron que acababa de salir de algún Pub de copas del paseo y que llevaba una intoxicación etílica, tan de moda en estos tiempos.

Total que nadie me hizo caso. Recorrí los kilómetros del malvado carril, pero al único sitio que me llevó fue a la Universidad de Almería. ¿Será esta, sin saberlo nosotros, la nueva malvada UTOPÍA?

Me senté en uno de los bancos del Paseo, harto de advertir a los ciclistas que se tomaban a chufla mis consejos. Al rato se sentó a mi lado un anciano de los muchos que pululan por el paseo a esas horas.

Le comenté mis intenciones, y el hombre me miró sorprendido.

– Pero hombre, si este carril, lo ha hecho San Gabriel, el Arcángel de Roquetas, no puede llevar a la Unión Soviética, ni a Cuba… En todo caso- me dijo muy serio- a alguna de las casas construidas con su bendita licencia a alguno de sus muchos familiares.

Lo miré boquiabierto, mientras el hombre me reconfortaba.

– Esté usted tranquilo, hombre, PON CHING PING no vive en Almería. Gracias a Dios.

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TIMIDEZ.

Damos la bienvenida a una colaborador nuevo:          PACO NAVAJAS.

Un almeriense tímido que se adentra en el mundo de la escritura.

Gracias amigo.

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TIMIDEZ

Aun no ha amanecido y el silencio de la mañana en la avenida es roto solo por dos sonidos diferentes.

De un lado un taconeo enérgico, rítmico, que denota tal vez prisa, en todo caso cierta personalidad. Es menuda, delgada, nerviosa, melena rizada morena y larga que le cae sobre la cara de forma desordenada, ojos oscuros y una gran sonrisa que le ilumina la cara.

De otro un jadeo intenso, acompañado de repetidos tirones para poder husmear a su antojo. No es muy grande, ni muy pequeño, más bien mayor aunque no viejo. Mueve el rabo con alegría. Va de árbol en árbol buscando no se sabe muy bien que. Detrás de él, diríáse que a disgusto, un jovenzuelo somnoliento se deja arrastrar. El móvil absorbe la escasa atención que es capaz de prestar a esa hora, temprana para él.

Ella cruza la calle para dirigirse al coche que tiene estacionado cerca de casa. Al subir a la acera resbala y deja caer sin querer una carpeta de la que escapan varios papeles. Ha quedado en una postura cercana a lo absurdo, con una rodilla apoyada en el suelo y la otra pierna estirada. El bolso caído a un lado y un zapato que huyendo de su dueña no aparece inicialmente a la vista. Mira a un lado y a otro, no sabiendo bien qué hacer. A lo lejos los ve, más bien le ve, como cada mañana desde hace un par de meses. El joven despistado lo llama ella en sus pensamientos.

Se levanta apresuradamente, con la media rota. Con una mano recoge el bolso y mientras apila los papeles en la carpeta, mete el pie en el zapato, cuyo tacón no parece estar en buen estado.

A pesar de lo que le gusta su perro, no comparte su entusiasmo matutino. Solo en los últimos tiempos, muestra más interés cuando lo saca por las mañanas. Es la única manera de ver a la ejecutiva. Así la llama. Ha de ser puntual. A las siete menos cuarto sale de su casa. No deja el coche lejos, así que son dos o tres minutos en los que puede coincidir con ella. Coincidir tal vez es exagerar un poco. La ve de lejos habitualmente. Algún día afortunado de un lado a otro de la calle.

Hoy es uno de esos días felices en que puede contemplarla desde algo más cerca. La imagen se descompone al resbalar ella y caer al suelo. Se acerca poco a poco, no sabiendo bien que hacer. Su perro parece mostrar interés pero no en ella precisamente. Y en medio de la pugna entre uno y otro, ella se levanta, recoge con premura lo caído en el suelo, se mete en el coche y en una fracción de segundo emprende la marcha desapareciendo a lo lejos.

Se pregunta él si se podría haber acercado a tiempo de ayudarla, de ver de cerca esos ojos que en la distancia lo han seducido, de contemplar su sonrisa, de saber cómo huele, de acariciar los rizos que le caen sobre la cara, de saber si su piel es tan suave como parece.

Tal vez debería haber ido corriendo…

A ella le ha parecido que él se ha intentado acercar a ayudarla, pero el animalito ha tirado de su amo hacia otro lado. Desea saber su nombre para dejar de llamarlo el jovenzuelo despistado, saber si su voz es cálida o áspera, si es amable como parece, si es simpático y es capaz de hacerla reír. Tal vez debería haberse hecho la remolona casi en el suelo para que él la hubiese ayudado…

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De Bob Dylan a Galdós, pasando por Wagner y los editores Vidal — negritasycursivas

Es muy poco probable que a Leonard Cohen (1934-2016) se le concediera en 2011 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por otra cosa que no fueran sus canciones –aunque debo reconocer que sólo he leído sus novelas Hermosos perdedores y El juego favorito–, del mismo modo que sucedió en 2014 con Raimon (Raimon […]

a través de De Bob Dylan a Galdós, pasando por Wagner y los editores Vidal — negritasycursivas

LA LLUVIA.

Los escritores almerienses y la lluvia. Imaginación y Realidad.

Colaboración de Carmen Mingorance Cazorla.

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LLUVIA

La lluvia cae mientras escribo.

Recuerdo que mientras terminaba la charla también llovía.

El ambiente cambia.

Crujidos, olor, presión.

Un eco sordo envuelve las letras.

El ruido de las ruedas de los coches sobre el agua.

Puedo sentir la rodada, cómo entra el agua en las líneas de la goma para volver a ser expulsada, siempre menor, más disminuida. Parte de ella ya forma parte de esa rueda.

El miedo asoma y vuelve a ocultarse como la llama oscilante de una vela junto a la ventana.

Es una lluvia violenta, golpea en las ventanas y las puertas, quiere entrar en las casas, mojarlas, levantar el polvo acumulado en los rodapiés y persianas.

Me siento como esta lluvia, con ganas de entrar y levantar el polvo acumulado de esta sociedad gastada de las mismas ideas saciadas de siglos de incongruencia en sus actos y palabras.

Sociedad que sigue cayendo en la trampa de los mensajes engañosos de quiénes mueven los hilos invisibles del miedo.

¿Acaso no lo ven? ¿No lo huelen? El miedo tiene olor a rancio, a viejo, a moho, a cúmulo de reservas innecesarias.

¿Cómo les hago ver el miedo? Lo puedo pintar, hacer un cuadro famoso en el que todo el mundo se reconozca porque todos tenemos miedo. Miedo a tener mucho, miedo a tener poco, miedo a no tener, a querer, a no ser querido, al que dirán, a la incertidumbre.

¿Incertidumbre? Cuanto más creemos conocer, menos sabemos. ¿Para qué saber tanto? ¿Qué queremos demostrar, a quién queremos impresionar?

Solo somos pequeñas pulgas del microscopio cósmico, y como pulgas debemos saltar sin miedo, sorprendernos de donde acabará ese salto. Quizás en un muslo suculento o en un húmedo pecho. También en una alcantarilla de pestilente hedor, qué más da, si el miedo huele peor.

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Sería tan fácil. — Nina Peña

Sería tan fácil, dentro de mi torpeza habitual, citar a los mares y océanos, decir por mí, por ellos, cuanto sueño y espero. Sería fácil, maldecir por ellos la soledad. Intentar espantar los fantasmas que cobijo, de los que huyo y, a un tiempo, busco en ellos tanto como he perdido. Echar la culpa […]

a través de Sería tan fácil. — Nina Peña