MURIERON EN 1.984. (II)

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EL MALDITO FINALISTA.

El 28 de mayo de 1.984 murió el escritor almeriense Manuel Siles Artés, el maldito finalista.

Denominar a un escritor como maldito se retrotrae a la vieja definición de malditismo, nacida en 1.884 del ensayo del poeta francés Paul Verlaine Los Poetas Malditos.

El concepto de Verlaine del poeta maldito fue en parte tomado del poema de Charles Baudelaire llamado Bendición, que inicia su libro Las flores del mal. El uso de esta expresión y del término malditismo se generalizó luego para referirse a cualquier poeta (o a un escritor de otros géneros o incluso a un artista plástico) que, independientemente de su talento, es incomprendido por sus contemporáneos y no obtiene el éxito en vida; especialmente para los que llevan una vida bohemia, rechazan las normas establecidas (tanto las reglas del arte como los convencionalismos sociales) y desarrollan un arte libre o provocativo.

Este concepto MALDITO, recoge ampliamente, el bagaje literario del escritor almeriense. Eterno finalista del Premio Nadal en los años sesenta. Reconocido su talento y la frescura de su narrativa en la meliflua literatura española de aquellos años, nunca pasó de las rondas finales de los muchos premios literarios a los que se presentó.

En el caso específico de Manuel Siles, no por su vida bohemia, más bien por rechazar las normas establecidas, por cuestionar los convencionalismos sociales, creando una literatura libre, directa, cruda y provocativa.

Su tratamiento claro de temas sexuales y psicológicos, que en plena dictadura del pequeño militar gallego eran temas tabú, le valió un seguimiento pertinaz y mezquino de la censura de la época.

Sus fotografías sociales en blanco y negro de los barrios marginales de Almería, levantaban ampollas, y sus monólogos sobre la doble moral y la descarnada supervivencia implantada después de la guerra, donde los bárbaros consiguieron recuperar los viejos derechos medievales sobre un pueblo sin derechos, desde la pernada a la semiesclavitud, no tenían muchas oportunidades de ser reconocidas, no ya por el público alienado de aquellos años de los primeros bikinis en Benidorm y el turismo extranjero, ni siquiera por sus apaniaguados correligionarios, que callaron como putas, para poder publicar dentro de esa creciente y falsa nueva España, salida de los bocetos de los Planes de Desarrollo de los tecnócratas de los gobiernos del viejo general.

Murió Manuel Siles sin ver la mayoría de sus obras publicadas, sin reconocimiento ninguno y dejando a su viuda e hijos un legado maldito de obras pendientes de estudio y catalogación.

Pero nuestro escritor almeriense muere en 1.984, cuando habíamos puesto los primeros palos del sombrajo de nuestra destartalada y precaria democracia y es entonces cuando, su viuda, consigue que se publiquen algunas de sus obras, las más rurales y folclóricas, dejando abandonadas al olvido sus obras finalistas, premiadas e inéditas.

¿Se puede cuestionar el valor literario de la obra de Manuel Siles? Por supuesto, para eso están los estudiosos y los investigadores.

Desde 2.012 sus obras completas están depositadas en la Biblioteca Nicolás Salmerón de la Universidad de Almería esperando al santo varón que dignifique su obra, o al feroz crítico que la catalogue como mediocre. Hasta ahora, silencio y polvo.

Yo soy un enamorado de los escritores malditos, de sus malditas obras, de sus malditas letras, de sus malditas reflexiones…

Voraz lector de Max Aub, Galdós, Valle-Inclán, y Cortázar, vuelvo a reiterar lo que dije ayer “Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas.”

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MURIERON EN 1.984. (I)

CORTAZAR Y GATA

BOLUDOS CUENTISTAS.

En febrero de 1984 murió Julio Cortázar, escritor francés, de origen argentino, tan querido como odiado en la visceral comunidad intelectual iberoamericana.

No se puede entender el relato corto o cuento, como parte fundamental de la literatura, sin conocer la obra de Cortázar. Maestro del relato corto, de la prosa poética y sobre todo innovador. Su narrativa nace de la ruptura de los moldes clásicos de las novelas.

Tan inclasificable es su genio, que aquel BOOM literario, que tanto dinero dejó a los editores y tanto tuvo de marketing comercial, conocido como el Realismo Mágico, no sabe dónde colocarlo, lo define, como surrealista.

Su novela Rayuela, es amada y odiada, como el autor. Y sus Cuentos Bestiario y Las armas secretas, siguen siendo como algunas obras pictóricas modernas, que cada cual ve en ellas lo que quiere ver, algunos, los felices, no entienden nada.

Ninguneado en su día por los escritores procastristas, nunca fue reconocido como un intelectual de izquierdas, ni cuando donaba sus derechos de autor a los presos políticos argentinos o cuando mostró su solidaridad con el gobierno de Salvador Allende.

El seguía viviendo en un modesto piso de la calle Martel de París junto a su gata y sus viejos amigos, se movía en bicicleta y mantenía una regular relación epistolar con gente tan poco progresistas como el ciego maestro Borges, Bioy Casares o el mismo Octavio Paz.

Por supuesto las cuentas corrientes de los escritores procastristas se forraron con el BOOM, y pasaron a ser fumadores de puros amantes del capitalismo educado e incluso alguno ha llegado a emparejarse con una momia modelo filipina.

En su país de origen, en 1983, el Presidente Raúl Alfonsín, aconsejado por una camarilla de cuentistas boludos, como Sábato o Brandoni, se negó siquiera a recibirlo.

Ese mismo año François Mitterrand le otorgó la nacionalidad francesa con la que murió al año siguiente.

Por supuesto Argentina, como buen país de cultura hispana, del muerto aprovechó hasta los calcetines. Le dieron su nombre a una Plaza en la Capital y a un puente. “Que más quería el pendejo si siempre estuvo allá…”

En 1984 fue enterrado en el cementerio de Montparnasse. En su lápida aún hoy aparecen recuerdos de todo tipo, notas, flores secas, lápices, cartas, monedas, billetes de metro con una rayuela dibujada, un libro abierto o paquetes de cerezas…

Para los boludos cuentistas, las palabras de escritor:

Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha, al mismo tiempo, fue el no aceptar las cosas como me eran dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra madre era la palabra madre y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba. En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas.”

Yo siempre te agradeceré tu maravillosa traducción de Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar.

Y no acepto las cosas tal como me son dadas.

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NUNCA TE OLVIDARÉ…

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NUNCA TE OLVIDARÉ, “BRAGAS SUCIAS”.

Eramos dos chavales de ciudad de vacaciones en la playa. Compañeros del colegio Ave María, bajábamos a las arenas grises de Torrenueva, con el ansia voraz de los descubridores españoles que invadieron América.

Descubríamos en los balates de la playa de las Azucenas, esa flora y fauna desconocida para los nacidos en la capital. Era como entrar en los manglares de una jungla verdosa y pútrida, llena de lagartos, sapos y culebras.

Ahora, con la edad, me da vergüenza recordar lo crueles que podemos ser los niños con los animales… La brutalidad de la inocencia, ese poder extraño que produce al ciudadano sentirse amo de la naturaleza que no conoce, intentando transformarla a golpes de irracional mentalidad investigadora… Creando trampas, pequeñas presas de cañas y barro, y experimentos crueles con los seres ignotos que nos íbamos encontrando.

Marcos y yo, quedábamos a primera hora al final del paseo, casi siempre destrozado por la fiereza de mar, y desde allí saltábamos a la playa y al territorio selvático que se nos presentaba.

Marcos tenía una hermana menor, Paula, una chiquilla menuda de piernas largas y cara morena, que trataba de seguirnos en nuestras aventuras exploradoras, pero siempre acababa por quedarse abandonada en el primer balate… La chiquilla, no se atrevía a saltar  aquel apestoso amazonas, y quedaba plantada, con cara de disgusto, sentada sobre el barro, mientras su hermano y yo, como buenos piratas, cogíamos largas cañaveras que utilizábamos como pértigas para cruzar el fétido caudal de la acequia que moría en el mar, partiendo la playa… Allí se quedaba ella mirándonos con envidia, chapoteando el el barro, y manchándose su vestido y su ropa interior…

Nosotros, machos aulladores, le gritábamos desde el otro lado del pútrido arroyo “Cobardica” y lo peor “Bragas sucias”, haciéndole ver que su condición femenina no le permitía seguirnos en nuestras siniestras aventuras…

Luego siempre le traíamos alguna pieza cazada (un sapo, una rana o una lagartija enorme…) que ella rechazaba en primera instancia. Muy puesta en sus puntos, pero que luego acababa guardando en un bote como si fuera la conservadora de nuestro bestial museo de los horrores.

Siempre recordaré aquella mañana del final del verano, después de las fiestas de agosto, cuando ya el tiempo empeoraba y tomábamos conciencia de que el verano se acababa.

Ese día Paula nos siguió como siempre hasta el primer balate, quedándose triste y enfadada, puesto que también sabía que se acababan las vacaciones y no había sido capaz de saltar aquel apestoso arroyo.

Aquel día su pericia y valentía la animó a intentar saltar con una cañavera, pero su poca pericia, su falda mojada y su miedo, hicieron que cayera en medio del balate, cubierta de barro hasta el cabello…

Nosotros, pequeñas bestias aulladoras, nos reímos de su fallido intento y volvimos a gritarle: “Bragas sucias”, sabiendo el daño moral que esa frase le producía…

La chiquilla se levantó llorando, toda embarrada y ofendida y empezó a tirarnos piedras…

Nosotros reíamos, viendo como el viento, que ya era fuerte al final del verano, dejaba sus intentos de ataques, en meras piedras que se perdían en el fango de la acequia.

Nunca, sabré que pasó por su cabeza… Tal vez nuestros gritos salvajes o su propia indignación, la llevaron a subir al bancal que franqueaba la playa, para intentar cruzar la acequia por alguna parte donde su tamaño encauzado fuese más pequeño…

No valoró la imprudencia y a mí me asaltó el miedo, sabía que en la parte alta del bancal había un cañizal frondoso que ocultaba el borde de la acequia, con el peligro que tiene su falsa sensación de seguridad. Saltar desde el cañaveral al otro lado de la acequia parecía posible, pero lo que no sabía Paula era que las cañaveras no aguantaban el peso de una persona, eran una trampa natural, si intentaba saltar desde allí acabaría ensartada en las puás afiladas de los carrizos verdes escondidos bajo las cañaveras secas…

Asustado, empecé a gritarle para que no lo intentase… Grité con todas mis fuerzas al lado de su hermano que miraba paralizado por el miedo… Pero el viento era tan fuerte, y el enfado de la niña tan grande que mis aullidos debieron parecerle, a la cría, un acicate para su imprudencia…

Viendo que no había manera de pararla, tomé una decisión fruto de mi propio miedo… Aminorar los daños… Así que cogí una piedra que había a este lado de la acequia y se la tiré a Paula con todas mis fuerzas, justo antes de que empezara a tomar carrera para saltar…

La piedra le dio en plena frente, dejándola tumbada sobre el bancal, con la cabeza ladeada de la que empezaba a manar abundante sangre…

A la carrera bajamos a la playa, saltamos el balate con las pértigas y subimos al bancal, para recoger a Paula, que lloraba con una brecha abierta en plena frente que cubría toda su cara de sangre… Nunca olvidaré como su sangre hacía borbotones en sus labios quebrados en llanto. La cogimos entre su hermano y yo, y la llevamos a su casa…

No hubo tiempo de explicaciones. La madre de Paula asustada nos echó a la calle y allí sentados esperamos para saber la gravedad de la herida.

Antes llegó mi abuelo, que sin preguntar se quitó la correa y empezó a darme azotes en el trasero y la espalda hasta dejarme exhausto.

Entonces llegó un labrador, el dueño del bancal que había visto toda la escena y le comentó a mi abuelo lo que había pasado.

Este chaval tal vez le haya salvado la vida a la niña… Si no llega a pararla… Hoy estaría ensartada en el cañaveral, no sabe usted, la de perros y bichos que mueren por confiar en la falsa solidez de las cañas secas, son una trampa mortal…”

Mi abuelo me miró a los ojos, con la correa aún en la mano “¿Y tú por qué no has dicho nada…?”

Yo con lágrimas corriendo por mi sucia cara, me callé…

Merecía aquella tunda… Nunca olvidaré a Paula “Bragas sucias”… Nunca más volví a cuestionar el valor de una mujer ofendida y enojada…

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Manuel Siles, la voz que clama en el desierto…

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LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO…

Acercamiento a la obra de Manuel Siles Artés.

Desde antiguo se ha sabido que la voz que clama en el desierto no nos trae un mensaje agradable, no es un juego floral, ni poesía con prospecto.

Al primero que clamó en el desierto le llamaban Juan, un tipo cubierto con un manto hecho de pelo de camello, un cinturón de cuero en la cintura, y que se alimentaba de saltamontes y miel silvestre… Era un crítico extremo de la sociedad de Judea, de los fariseos, de su entendimiento torticero de las leyes judías y su pacto servil con los romanos… Su lengua le trajo graves problemas, pues nunca la contuvo ante nadie, aún a sabiendas que Herodías no soportaba que hablara de su mujer (antes cuñada), ni  de sus negocios con los ocupantes… Todos sabemos cómo acabó la voz que clamaba en el desierto… Su cabeza, cercenada en bandeja de plata…

Así que si nos queremos acercar a la obra de Manuel Siles Artés, escritor almeriense que clama en el desierto de los autores olvidados, no nos vamos a encontrar bellas historias de amor, bellos libros de autoayuda, ni cuentos felices con princesas y perdices… Manuel Siles fue un escritor tan prolífico como desconocido por el público… Escribió cuanto quiso y como quiso, siempre directo, claro, a veces conciso, a veces recargado… Como las viejas máquinas fotográficas de exposición, creando daguerrotipos en blanco y negro de la época que le tocó vivir… Sin aditamentos, sin artificios, sin arreglos ni componendas… Con imágenes de lo bello, de lo feo, de lo sucio y de lo que nadie quiere ver… Por eso clama en el desierto. Por eso cuesta tanto recuperarlo…

En cuanto hablas con un estudioso de la literatura española, te dirá que este escritor almeriense fue un cronista destacado de la sociedad de su tiempo, un escritor descarnado y prolífico que llegó a ser finalista en el Premio Nadal de Literatura en los años 1.961, 1.962, 1.963 y 1.964, con novelas como El monstruo sagrado, Hombre 22, En la Arena y Un línea que no se puede tocar. Todas ellas ensalzadas por los miembros del jurado de dicho premio y valoradas por el aire fresco que aportaban a una sociedad, la de los años sesenta, pacata y autocomplaciente, siempre desde la mirada crítica y severa del autor.

Por supuesto ninguna está publicada, ya se encargó la censura de aquellos años de que pasasen sin pena ni gloria, casi de tapadillo en las críticas literarias de esos años.

Comparado muchas veces con autores de su tiempo, Manuel Siles, se adelantó a grandes escritores conocidos de su época, como Luís Martín Santos o Carmen Martín Gaite. Sus obras (novela, teatro o guiones), sus profundas radiografías sociales, sus críticas a los valores globales aceptados, le llevaron a ser desterrado a las áridas arenas del desierto de los escritores molestos, críticos y por tanto apartado de cualquier reconocimiento social.

Hasta donde llega la vileza de este destierro cultural, que aun consiguiendo premios literarios nunca consiguió publicar en vida esas obras. En 1.963 consigue ser finalista del VIII Premio Café Gijón de novela, con su obra Las Manos limpias, obra inédita, todavía, en el 2.017.

Es más en 1.968 gana el Premio  Guipúzcoa de Novela Corta, con su narración Poli, pero la censura franquista impide la publicación de la obra.

En toda su vida, nació en Almería (Santa Fe de Mondújar) en 1.921 y murió en Madrid, en mayo de 1.984, solo consiguió ver publicadas tres de sus obras: Amor Prohibido, que se publica en 1.955, y que a pesar de la buenas críticas que tuvo, el hecho de que fuese una pintura descarnada de la pobreza y miseria de los pescadores de Garrucha, levantó la suficiente polvareda como para que la sociedad franquista se sintiese profundamente molesta y pusiese al autor en cuarentena. En 1.956, consigue publicar Tentación, una historia amorosa de una mujer madura que tiene una aventura con un hombre casado menor que ella… Demasiado explicita para la moral tradicionalista y católica de la España del Dictador.

Por último, en 1.960, convertido ya en un autor fichado por el Régimen, consigue publicar su novela La Bestia. Una novela psicológica, que aquellos pocos que han conseguido leerla, comparan con el Ulises de Joyce. El debate que plantea esta obra sobre la utilidad de la pena de muerte en el sistema penal español fue la sentencia definitiva para su autor. A clamar al desierto… Hasta la muerte… Que le llegó escribiendo, puesto que su producción creativa no paró nunca por desterrado social que fuese. Novelas, obras de teatro, comedias infantiles, reflexiones morales… Nunca dejó de clamar en el desierto.

Pero lo peor de todo es que Manuel Siles Artés muere en 1.984, en plena Democracia o mejor dicho en ese espacio temporal llamado la transición de la Ley a la Ley, desde la Ley, ese periodo que algún día alguien con sentido crítico tendrá que explicarnos.

La admirable labor, incansable, de su mujer Guadalupe Lucas, por intentar difundir las obras de su marido fallecido, hizo posible que a la muerte de éste, (En ningún país se entierra como en España), se lograran publicar cuatro novelas inéditas: Clase piloto A, en 1.986,  El gran triunfo de Marcos Calderón, también el mismo año, Alitur en 1.990, El Desierto en 2.002 y por último Las Cuevas del Cementerio en el 2.006.

 Los buitres de la cultura democrática acudieron a ver lo que se podían llevar, pero resultó que aquellas obras de Manuel Siles, ponían en solfa su doblez moral, sus trampas ideológicas y sus juegos maniqueos progresistas… Total, otra vez al desierto, esta vez del ostracismo y el olvido… Con una buena capa de barniz, y algo de formol, para conservar los restos…

En 2.012 la familia de Manuel Siles Artés donó todas sus obras, manuscritos y trabajos a la Universidad de Almería, que debía encargarse del estudio y difusión de la obra de este almeriense olvidado.

Andamos por mayo de 2.017, el 28, se cumplen treinta y tres años de la muerte del escritor… Y su voz sigue clamando en el desierto, no es una voz alegre, no es cómoda, no es políticamente correcta… Por eso solo polvo y formol hay sobre sus obras…

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Una de cuentos…

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CÓMO CAMBIAN LOS CUENTOS…

– ¿Dónde vas Caperucita…? – Preguntó el lobo.

– A lavarme el coño al río… – Contestó Caperucita.”

En este mundo moderno en que nos ha tocado vivir, ni todos los lobos son grises, ni todas las Caperucitas son Rojas.

En Francia de tanto gritar “¡Qué viene el lobo…!” se acaban de casar durante cinco años con una Caperucita neoliberal, ministra de un presidente socialdemócrata.

Los entendidos hablan del juego democrático, de salvar el sistema, de salvar a Europa…

Europa fue un Cuento de cuatro mercaderes que necesitaban fuerza en un mercado cada vez más global.

En la España de la transición se nos vendió Europa como el cuento de la Casita de Chocolate… Nunca nos dijeron que la bruja era alemana y su escoba se llamaba austeridad…

Cómo nunca nos dijeron que aquel dinero público “que no era de nadie”, había que devolverlo con intereses… Con una deuda pública que parecen la letras del camión del padre de Manolito Gafotas “Ni los hijos de nuestros hijos, acabarán de pagar el camión…”

Lo peor de todo es que este camión que nos han vendido, lleva por conductor a un miembro de los servicios secretos disfrazado de islamista radicalizado, que se está llevando por delante a todos las pobres criaturas que van andando por la calzada, entre otras muchas cosas porque siempre mueren los mismos… Los pobres, los trabajadores y los ancianos…

Pero claro todo es un cuento. ¿A quién no le gustan los cuentos? Sobre todo si disimulan y trivializan la desesperada realidad…

Gracias a Dios que España está regida por un Registrador de la Propiedad… Un señor serio que no está para cuentos… Intenten ustedes un expediente de “exceso de cabida” de una finca y chocarán con la cruda realidad… Un metro es un metro, y un centímetro, un centímetro… Lógica de Registrador español y mucho español.

La tecnocrácia domina y gobierna el cotarro… Cómo han cambiado los cuentos… Los nietos de los “López” (López Bravo y López Rodó, los arquitectos del cuento mágico de los sesenta) han vuelto a sus mismos puestos después de tanto tiempo…

Suena a cuento chino, pero es español y mucho español…

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