28 de junio, Milagro.

NIETZSCHE PROPHET OF NAZISM THE CULT OF THE SUPERMAN

Como Descubrí al Superhombre

(G. K. Chesterton)

A los lectores de Bernard Shaw y de otros escritores modernos les interesara la noticia del descubrimiento del superhombre. Yo lo descubrí: vive en South-Croydon. Mi hallazgo será un severo desengaño para Mr. Shaw, que ha seguido una pista falsa y anda buscándolo por Black-pool; y en cuanto a la esperanza de Mr. Wells de producirlo, a base de cuerpos gaseosos, en un laboratorio particular, siempre la creí predestinada al fracaso. Afirmo que el Superhombre de Croydon nació de una manera normal, aunque, por su puesto, el no tiene nada de normal.

Sus padres no son indignos del ser prodigioso que han dado al mundo. El nombre de Lady Hypatia Smythe-Browne (ahora Lady Hypatia Hagg) nunca será olvidado en los barrios pobres, tan atendidos por su benéfico celo. Su constante grito de Salvad a los niños fustigaba la negligencia cruel de quienes permiten al niño la posesión de juguetes de color vivo, pernicioso para la vista. Alegaba estadísticas irrefutables que demostraban que los niños a quienes no les vedan el espectáculo del violeta y el bermellón propenden muchas veces a la miopía en la extrema vejez; y a su cruzada infatigable se debe que el azote de las bolitas casi fuera barrido de las casas de inquilinato. La abnegada señora recorría las calles de sol quitando los juguetes a los niños pobres, bondad que les llenaba los ojos de lagrimas. Su obra fue interrumpida, en parte por su nuevo interés en la religión de Zoroastro, en parte por un paraguazo feroz. Se lo infirió una disoluta verdulera irlandesa, que, al regresar de alguna orgía, se encontró en su dormitorio insalubre con Lady Hypatia descolgando una oleografía vulgar, cuya influencia para no decir otra cosa, no podía ser edificante. La celta, analfabeta y alcoholizada, no solo agredió a su bienhechora, sino que la acusó de robo. La mente, exquisitamente equilibrada de Lady Hypatia, padeció un eclipse transitorio, durante el cual contrajo enlace con el doctor Hagg.

Hablar del doctor Hagg es innecesario. Quienes tengan la mas leve noticia de esos atrevidos experimentos de Eugenesia Neo-individualista, que constituyen la preocupación esencial de la democracia británica, sin duda conocen su nombre y lo han encomendado mas de una vez a la protección personal de una Entidad impersonal. Desde muy joven aplicó a la historia de la religión su vasta y sólida cultura de ingeniero electricista. Poco después era uno de nuestros geólogos mas ilustres, y logro esa clara visión del porvenir del socialismo, que es patrimonio de los geólogos. Al principio pareció advertirse una grieta, fina pero visible, entre sus opiniones y las de su aristocrática esposa. Ella era partidaria (para decirlo con su poderoso epigrama) de proteger a los pobres contra si mismos; el sostenía, con su nueva y vigorosa metáfora, que en la lucha por la vida el triunfo debía adjudicarse a los triunfadores. Los dos, sin embargo, acabaron por percibir que sus respectivas opiniones eran inequívocamente modernas y en este luminoso adjetivo sus almas encontraron la paz. El resultado es que la unión de los dos tipos más altos de nuestra cultura, la gran dama y el hombre de ciencia autodidacto, fue bendecida por el nacimiento del Superhombre, del ser que aguardan día y noche todos lo obreros de Battersea.

Encontré, sin mayor dificultad, la casa del doctor Hagg: esta ubicada un una de las ultimas calles de Croydon y la domina una fila de álamos. Llegue a la hora del crepúsculo y es comprensible que me pareciera advertir algo oscuro y monstruoso en la indefinida mole de aquella casa que hospedaba a un ser mas prodigioso que todos los seres humanos. Fui recibido con exquisita cortesía por Lady Hypatia y su esposo, pero no vi en seguida al Superhombre, que ya ha cumplido los quince años y vive solo en una pieza apartada. Mi dialogo con los padres no aclaró del todo la naturaleza de esa misteriosa criatura. Lady Hypatia que tiene un rostro pálido y ansioso, ostentaba esos ojos grises y medias tintas con los que ha dado alegría a tantos hogares pobres en Hoxton. No habla del fruto de su vientre con la vanidad vulgar de una madre humana. Tomé una decisión audaz y pregunté si el Superhombre era lindo.

– Crea su propio canon, como usted sabe -respondió con un leve suspiro-. En ese plano es más bello que Apolo. Desde nuestro plano inferior, por supuesto… -y volvió a suspirar.

Tuve un horrible impulso y dije de golpe:

-¿Tiene pelo?

Hubo un silencio largo y penoso. El doctor Hagg dijo con suavidad:

-Todo en ese plano es distinto: lo que tiene no es… lo que nosotros llamaríamos pelo, aunque…

-¿No te parece -murmuro su mujer-, no te parece que, para evitar discusiones, conviene llamarlo pelo, cuando uno se dirige al gran publico?

-Quizá tengas razón -dijo el doctor, después de un instante-. Tratándose de pelo como ese hay que hablar en parábolas.

-Bueno, ¿que diablos es -pregunté con alguna irritación- si no es pelo? ¿Son plumas?

– No plumas, según nuestro concepto de plumas -contesto Hagg con una voz terrible.

Me levanté, impaciente.

-Sea como fuere, ¿puedo verlo? -pregunté-. Soy periodista y solo me traen aquí la curiosidad y la vanidad personal. Me gustaría decir que he estrechado la mano del Superhombre.

Marido y mujer también estaban de pie, muy incómodos.

-Bueno, usted comprenderá -dijo Lady Hypatia con su encantadora sonrisa de gran dama-. Usted comprenderá que hablar de manos… su estructura es tan diferente…

Olvidé todas las normas sociales. Arremetí contra la puerta del aposento que encerraba sin duda a la criatura increíble. Entré: la pieza estaba a oscuras. Oí un triste y débil gemido; a mi espalda retumbo un doble grito:

-¡Que imprudencia! -exclamo el doctor Hagg llevándose las manos a la cabeza-. Lo ha expuesto a una corriente de aire. ¡El Superhombre ha muerto!

Esa noche, al salir de Croydon, vi hombres enlutados cargando un féretro que no tenia forma humana. el viento se quejaba sobre nosotros, agitando los álamos, que se inclinaban y oscilaban como penachos de algún funeral cósmico.

Verdaderamente – dijo el doctor Hagg-, es el universo entero el que llora porque se ha malogrado su fruto más grandioso.

Pero a mí me dio la impresión de que había un clamor de risa en el ulular del viento en lo alto.

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¿Y TÚ PARA QUÉ QUIERES UN TREN?

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¿Y TÚ PARA QUÉ QUIERES UN TREN?

 

El año pasado, en 2016, vivíamos en Almería, ciudad, casi doscientas mil personas. Según datos oficiales 194.515 residentes, en “un municipio de creciente relevancia en los ámbitos económico, cultural y deportivo, y un importante nudo de comunicaciones gracias a su puerto y aeropuerto internacional recientemente remodelado.

Al parecer en este oasis de paz en el desierto, vergel económico y semoviente político, cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo.

Ayer cuatro mil almerienses, movidos por ese chovinismo mórbido que se desata en las élites aburridas cuando no tienen con qué especular y no ven medrar sus beneficios, se echaron a la calle para pedir UN TREN.

Que conste que a la estación de Almería llegan trenes todos los días, pero parece que esos no nos valen. Queremos UN TREN.

En un país lleno de tramos de alta velocidad inútiles, que solo han servido para que unos pocos corruptos llenen sus carteras, hablar de infraestructuras nuevas, debería ser motivo al menos de multa administrativa. (Y excomunión inmediata…)

Pero no hay nada más útil para mover a las masas que el discurso chovinista del agravio histórico… Todos los grandes conflictos armados de los últimos años se han iniciado porque unos gobernantes inoperantes y corruptos, antes de reconocer su vacuidad, se inventan un agravio histórico que toque la fibra sensible del pueblo llano…

Austria, Alsacia y Lorena, Las Malvinas… UN TREN.

En este municipio de doscientas mil almas existen barrios olvidados, existen guetos a los que las autoridades no se acercan si no es tiempo de elecciones. Las diferencias sociales, raciales, religiosas y culturales están dividiendo Almería, en unos ricos cada vez más ricos y más ociosos, y en unos pobres cada vez más pobres y más esclavos.

Son mundos paralelos que no se ven, ni quieren verse… Simplemente se soportan…

Hace poco murió Juan Goytisolo, el narrador que paseaba por la Chanca de la mano del poeta Valente, escuchando las historias de los vecinos, hechos fandangos y seguiriyas.

Hoy todavía las casas de Pescadería se vienen a bajo y si no matan a ninguna persona, no le importan a nadie. El paro en barrios marginales, en guetos, es de una tasa estructural del 80%, y eso no le importa a nadie.

Yo vivo en Pescadería y ayer pasaron, tres veces, coches con megafonía pidiendo la movilización popular… ¿Contra las desigualdades…? ¿Contra el paro crónico…? ¿Contra la invisibilidad de la miseria…? ¿Contra el abandono de los llamados barrios marginales…? NO, ¡QUEREMOS UN TREN!

Tal vez si no viviera en Pescadería, hoy sería de esos intelectuales defensores del casco histórico, pero que han marcado como frontera el Ancla, a partir de ahí es zona hostil… Me duele como vecino, si no fuera tan cruel la realidad, me echaría a reír… Esta situación me recuerda aquel viejo chiste del cojo que iba en la manifestación gritando “GIBRALTAR ESPAÑOL” y otro vecino le increpaba: “Cojo, si tú no puedes andar por un llano, ¿para qué que quieres tú un peñón…?”

En una ciudad donde solo hay una biblioteca pública, y la cierran en verano a medio día, es normal que los cojos pidan UN TREN.

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La tierra roja de Roland Garros.

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LA TIERRA DE ROLAND GARROS

La historia de este trozo de tierra que llamamos España es un camino de recodos imposibles que nos hacen volver sobre nuestros propios pasos, una y otra vez. Es un laberinto…

Así lo entendió uno de mis escritores de cabecera, Max Aub, que a través de su obra El laberinto mágico fue capaz de contarnos en seis libros, hilvanados por ese extraño hilo galdosiano de los Episodios nacionales, lo que fue la llegada de la Segunda República, sus tribulaciones y el alzamiento militar que acabó con el régimen democrático. Sin dejar de exponernos, de forma desgarradora, qué pasó con aquellos que perdieron la guerra y perdieron su modo de vida…

Sé que muchos me dirán que es una versión más de un vencido, una opinión sesgada, pero creo, después de haber leído cuanto ha caído en mis manos sobre la historia de España en los siglos XIX y XX, que si no se leen esos seis libros, ese laberinto mágico, no tendremos una visión real de lo que fueron esos años. Max Aub, no era un historiador, era un español que escribía y pasaba por allí, como el mismo lo describe: “No hay en lo que sigue nada personal, curiosa afirmación para lo que aseguro memorias. Fui ojo, vi lo que doy, pero no me represento; sencillamente: apunto con mi caletre, que no peca de agudo; una vez más, cronista.”

Y hoy quiero detenerme en uno de esos seis libros, Campo Francés, que aprovechando las palabras de Galdós: “Si una ley fisiológica, reforzada por reglas canónicas y sociales, prohíbe en las personas el matrimonio entre hermanos, en Literatura no debemos condenar ni temer el cruzamiento incestuoso, ni ver en él la ofensa más leve a la santa moral y a las buenas costumbres. De tal cruce no pueden resultar mayores vicios de la sangre común, sino antes bien depuración y afinamiento de la raza y mayor brillo y realce de las cualidades de ambos cónyuges. Casemos, pues, a los hermanos Teatro y Novela por la Iglesia o por lo civil, detrás o delante de los desvencijados altares de la Retórica, como se pueda, en fin, y aguardemos de este feliz entronque lozana y masculina sucesión.”

Campo Francés es la cuarta entrega de El Laberinto mágico. Híbrido entre novela y teatro, abarca del mes de enero de 1939, ya iniciado el éxodo español, al verano de 1940, cuando Europa entera está enfangada en la gran guerra contra el mismo fascismo que destruyó la democracia española. Un París militarizado, chivato y miedoso, el campo de concentración de Vernet d’Ariége, donde son hacinados los refugiados españoles y por último el Estadio de Roland Garros, convertido en un Centro de represión de españoles, de gentes de izquierdas, judíos y gitanos, son los escenario de la acción y, en ellos, un grupo dilatado de presos de todas las nacionalidades va enfrentando los avatares de la guerra desde el ángulo desesperado de los fuera de la ley.

Max Aub se convierte en el cronista de la tragedia de los refugiados de Europa (qué paradoja, Europa siempre tan perra con los refugiados), de los sin papeles, de los sin patria, de los que pueden morir sencillamente en cualquier sitio, siempre lejos de su frontera.

Las desventuras de Julio, un exiliado español, en los barracones del Estadio de Roland Garros, no son muy diferentes de las que viven los refugiados sirios en los campos de Turquía o Grecia. Volvemos a perdernos en el mismo laberinto…

La miseria, la degradación, la inhumanidad y la supervivencia, regaron de sangre (española en su mayoría) la arena de la pista de Roland Garros.

Hace apenas diez días, Rafael Nadal ganó su décimo torneo de tenis en tan siniestro Estadio. Es el único tenista que ha ganado diez veces ese campeonato de tenis y siempre lo celebra revolcándose en la tierra roja de la pista central…

Tal vez Nadal no sepa cuantos españoles dejaron sus vidas en esas pistas, pero los que hemos leído Campo Francés, cuando vemos al tenista manacorí tumbado sobre la arena roja de Roland Garros sentimos una doble punzada en las entrañas. Una, por ver a un deportista llegar a lo imposible, otra, al ver como las almas de los refugiados muertos en esas pistas celebran la victoria de un español, en el mismo sitio donde fueron humillados y exterminados tantos.

La arena del Estadio de Roland Garros es la más roja de todas las pistas de tenis del mundo, los franceses dicen que es por el polvo de ladrillo, yo prefiero pensar que algo tiene que ver el efecto de tanta sangre inocente derramada…

Volvamos a iniciar el laberinto, tal vez algún día encontraremos la salida…

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Fígaro, el maestro…

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Yo quiero ser cómico

 

Mariano José de Larra

 

No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara a la luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa.

Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vueltas sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que no me correspondía injerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, o de buen talante, para comunicar el suyo a los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más o menos.

Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente.

Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como de hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecer sus gustos e inclinaciones, o su humor del momento, para conformarse prudentemente con él; y dando tormento a los tirantes y rudos músculos de su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase a mi vista sentimientos mezclados de afecto y de deferencia, me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa:

-¿Es usted el redactor llamado Fígaro?

-¿Qué tiene usted que mandarme?

-Vengo a pedirle un favor… ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!

-Es claro… Si usted me necesita…

-Un favor de que depende mi vida acaso… ¡Soy un apasionado, un amigo de usted!

-Por supuesto… siendo el favor de tanto interés para usted…

-Yo soy un joven…

-Lo presumo.

-Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro.

-¿Al teatro?

-Sí, señor… como el teatro está cerrado ahora…

-Es la mejor ocasión.

-Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima temporada cómica, desearía que usted me recomendase…

-¡Bravo empeño! ¿A quién?

-Al Ayuntamiento.

-¡Hola! ¿Ajusta el Ayuntamiento?

-Es decir, a la empresa.

-¡Ah! ¿Ajusta la empresa?

-Le diré a usted… según algunos, esto no se sabe… pero… para cuando se sepa.

-En ese caso, no tiene usted prisa, porque nadie la tiene…

-Sin embargo, como yo quiero ser cómico…

-Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?

-¿Cómo? ¿Se necesita saber algo?

-No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor…

-Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con ese pie en una corporación.

-Ya le entiendo a usted; usted quisiera ser cómico aquí, y así será preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted castellano?

-Lo que usted ve…, para hablar; las gentes me entienden…

-Pero la gramática, y la propiedad, y…

-No, señor, no.

-Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras…

-Perdone usted.

-Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.

-Perdone usted, señor. Nada, nada. ¿Tan poco favor me hace usted? Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco… Mire usted…

-No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letras de una palabra, y decir unas voces por otras, «actitud» por «aptitud», y «aptitud» por «actitud», «diferiencia» por «diferencia», «háyamos» por «hayamos», «dracmático» por «dramático», y otras semejantes?

-Sí, señor, sí, todo eso digo yo.

-Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso. ¿Aprendió usted historia?

-No, señor; no sé lo que es.

-Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos…

-Nada, nada, no señor.

-Perfectamente.

-Le diré a usted…; en cuanto a trajes, ya sé que en siendo muy antiguo, siempre a la romana.

-Esto es: aunque sea griego el asunto.

-Sí señor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o a la antigua española; según… ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es más moderno o del día, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos, casacón y media en los padres.

-¡Ah! ¡Ah! Muy bien.

-Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán o a la dama, según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellos tienen en sus arcas, así…

-¡Bravo!

-Porque ellos suelen saberlo.

-¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?

-Mire usted; el papel lo dirá, y luego, como el muerto no se ha de tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle a uno… Además, que gran parte del público suele estar tan enterada como nosotros…

-¡Ah!, ya… Usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no…

-No es gran cosa; pero eso no es esencial.

-Y de educación, de modales y usos de sociedad, ¿a qué altura se halla usted?

-Mal; porque si va a decir verdad, yo soy un pobrecillo: yo era escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me quiero meter a cómico porque se me figura a mí que es oficio en que no hay nada que hacer…

-Y tiene usted razón.

-Todo lo hace el apunte, y… por consiguiente, no conozco esos señores usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté a ninguno de ellos.

-Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.

-Escasamente.

-¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?

-Le diré a usted: si hago de rey, de príncipe o de magnate, ahuecaré la voz, miraré por encima del hombro a mis compañeros, mandaré con mucho imperio…

-Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidos a la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos…

-Sí, pero ¡ya ve usted!, en el teatro es otra cosa.

-Ya me hago cargo.

-Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras o en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el tablero con mi bastón de borlas, y pondré cara de caballo, como si los jueces no tuviesen entrañas…

-No se puede hacer más.

-Si hago de delincuente me haré el perseguido, porque en el teatro todos los reos son inocentes…

-Muy bien.

-Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos… Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera… Si hago un barba, andaré a compás, como un juego de escarpias, me temblarán siempre las manos como perlático o descoyuntado; y aunque el papel no apunte más de cincuenta años, haré del tarado y decrépito, y apoyaré mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice a los espectadores: «Allá va esto para ustedes».

-¿Tiene usted grandes calvas para las barbas?

-¡Oh!, disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Pero aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.

-¿Y los graciosos?

-Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín…

-Usted hará furor.

-¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa a aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de intención o lucimiento que en mi parte se presenten.

-¿Y memoria?

-No es cosa la que tengo; y aun esa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio. Además, que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida, se le lanzan de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al público: «¡Ven ustedes qué hombre!»

-Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una carreta, y sacándole a usted la relación del cuerpo como una cinta. De esa manera, y hablando él altito, tiene el público el placer de oír a un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.

-Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación, se dice cualquier tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡Si usted viera!

-Ya sé, ¡ya!

-Vez hay que en una comedia en verso añade uno un párrafo en prosa: pues ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común que añadir…

-¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno. ¿Usted ha representado anteriormente?

-¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el García y el Delincuente honrado.

-No más, no más; le digo a usted que usted será cómico. Dígame usted, ¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es, o por el verso, mas que no entienda siquiera lo que es prosa?

-¿Pues no tengo de saber, señor? Eso lo hace cualquiera.

-¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿Sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para…?

-Vaya si sabré; precisamente ése es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado:

-¡Venga usted acá, mancebo generoso! -exclamé todo alborozado-; ¡venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería!: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico, en fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio.

Diciendo estas y otras razones, despedí a mi candidato prometiéndole las más eficaces recomendaciones.

Revista Española, n.º 34, 1 de marzo de 1833. Firmado: Fígaro.

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Viejos recuerdos de viejo.

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MIS PRIMEROS VERSOS. (1.975)

Aun recuerdo recientes mis primeros versos,

en las aulas vetustas del “AVE MARÍA”.

Ella era una niña de rubios cabellos,

yo un niño solitario que amaba la poesía.

 

Escribir poesía es de maricones,

así que me callé y escondí mis poemas.

Pero nunca olvidé aquellos tirabuzones

y crecí entre complejos y problemas.

 

Pronto olvide la rima,

y me hice bucanero,

la pluma por la espada,

el alma por dinero.

 

Pero a veces escribo en hojas sueltas

a aquella niña de falda azul marino

que de niño, pasó sin darse cuenta

que había puesto patas arriba mi destino.

 

En mi vida no hubo amor, ardor, ni poesía.

Dinero, posesiones e hipotecas.

Un amago siniestro de locura

y el recuerdo infantil de aquellas pecas.

 

Con los años aprendí que los poetas,

pueden ser maricones, machos o veletas.

 

Con los años aprendí que las personas,

solo pueden vivir si se perdonan.

 

Que los tontos crecen como la hierba

y los amigos, pocos, y en conserva.

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Andrés+Manjón+y+Manjón+sacerdote+y+pedagogo+español,+nació+en+Sargentes+de+la+Lora,+Burgos+el+1846+y+falleció+en+Granada+el+1923.

A los alumnos de Ave María de Granada de 1.975.

PROPIEDAD.

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EL BUEN PAÑO…

Nunca había tenido nada en propiedad, algo verdaderamente suyo. Desde niño había vivido en la choza de caza del Señor de la finca, cuidando sus animales y arando sus campos.

Cuando tuvo edad, su padre lo llevó ante el Señor, que sin bajar del caballo, le hizo quitarse la camisa para comprobar que su cuerpo carecía de ninguna tara que le impidiese seguir cultivando los campos durante años. Tuvo que enseñarle los dientes, pues según el patrono, una dentadura sana, hace que un buen animal rinda más tiempo.

Antes de salir de la Casa principal del Señor, éste en una muestra de poder magnánimo, se desprendió de la más ajada de sus sirvientas y se la entregó como esposa a aquel siervo mitad bestia y mitad verraco sin fogueo.

No solo de pan vive el hombre.

De tres inviernos de matar el frío a base de calor humano, relamiendo las migajas de mujer que las múltiples violaciones del amo habían dejado en la designada como su esposa, el vientre viejo y seco de la sirvienta había parido una niña.

El la miró con despecho y a punto estuvo de meterla en un saco y tirarla al arroyo… Pero cuando se asomó a sus ojos, esos pequeños ojos verdes legañosos recién salidos de las fétidas carnes de su madre, tuvo la certeza, la única certeza, de que aquel ser pequeño y grasiento, manchado de placenta, era lo único verdaderamente suyo en este mundo… Su única propiedad…

Tras ella, con los años, vinieron tres varones, tan atados a la tierra y al amo, como al cordón que los unía a la vieja sirvienta arrugada y sin dientes.

Sin embargo su hija era suya, esa cosa objeto de su entero dominio.

La ocultó a los mayorales del Señor, la separó de su hermanos esclavos de nacimiento y sobre todo de su madre, ejemplo vivo de la cosificación de los seres.

La vio crecer oculta a los demás… Florecer como mujer desde el frágil cuerpo de una niña harapienta, hasta romper con sus frondosos senos los botones ceñidos de las camisolas que se le iban quedando pequeñas.

Aquella flor escondida se convirtió en la muchacha más bella de toda la región.

Su padre con mentalidad taimada, sostenía la máxima latina de que “El buen paño, hasta en el arca, se vende…” Y esperaba con ladina estrategia, el mejor momento, la mejor feria, para enseñar su tesoro escondido, aquello por lo que cobraría suficiente como para comprarle al Señor un palmo de terreno donde escribir su apellido.

En primavera, en el arrabal situado bajo la casa del Señor, se celebraba anualmente una feria de ganado, a la que acudían los amos de tierra de los condados vecinos. Todos en busca de un buen garañón, un cerdo cebado o una moza tierna…

Ese fue el momento elegido para descubrir aquella bella trufa, que hocicando en la tierra, había descubierto en los confines de su mesenterio, creado por su semilla.

Pronto los Señores se fijaron en la pieza y en verdad que hubo hasta conatos de duelos entre algunos en la porfía por el precio de la prístina pureza de aquella lana, chalanería baja, que pronto cortó el Señor de la Casa, al reclamar su primigenio derecho sobre aquella gema preciosa encontrada entre sus heredades…

Bramó el mezquino padre en el trapicheo, alegando sus derechos originales y blandiendo sus argucias legales sobre la propiedad de la cosa sujeta a regateo o subasta.

A mandato del Señor intervino el representante de Pedro, el padre Sacerdote de la Hacienda, que intentó de forma abrupta explicar al codicioso padre, los raros y controvertidos modos de adquirir la propiedad, que se resumen en métodos de abstracción en la transferencia de algo tan sutil y endeble como el dominio, en contra de la formalidad rigurosa y única de la transmisión de la verdadera propiedad, que es el negocio jurídico de la tradición.

La cosa no tiene derechos, el derecho emana de Dios y este escoge como autoridades a sus representantes en la tierra, los señores y monarcas, que no pueden ser discutidos por sus súbditos, puesto que responden de sus actos directamente ante la voluntad de su graciosa deidad.

Así, la muchacha pasó a formar parte del ajuar doméstico del Señor, y al compungido padre se le entregaron una vaca y seis gallinas.

Los años pasaron y cuentan las viejas del lugar, que el hermano menor de aquella joven tuvo cuatro hijos, uno de los cuales llegó a ser letrado de la corte, y con el tiempo Juez.

Aquel apellido que no llegó a tener tierra, llegó a ser famoso con el tiempo, un sobrino nieto de la joven, Maximiliem Robespierre, supo cortar de raíz la transmisión de la propiedad por la tradición, y el derecho divino de los monarcas y señores.

Padre de la República Francesa, supo meter en una cesta llena de sangre a todas las cabezas escogidas por la deidad en su época, sobre todo a los trapaceros representantes de la iglesia de Pedro.

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Robespierre

 

MURIERON EN 1.984 (III)

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SER POETA NO ES SER MONOLOGUISTA.

El 13 de diciembre de 1.984 muere en Madrid Don Vicente Pío Marcelino Cirilo Aleixandre y Merlo. Poeta español de la llamada la Generación del 27(ahí es nada), miembro de la Real Academia Española desde 1.950. Ocupó, hasta su muerte, el sillón de la letra O.

Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1.934 por La destrucción o el amor. La paradoja hecha versos. El Premio de la Crítica en 1963 por En un vasto dominio, y en 1.969, por Poemas de la consumación, poemas interiores que brillan en la oscuridad de una España negra. Por último, cuando todavía estos premios eran serios, recibe el Premio Nobel de Literatura en 1.977.

¿Qué todavía no caes? Es normal, no es monologuista, no es futbolista, ni corrupto, no era la alegría de la huerta y cuando le dieron el premio Nobel, no se compró un gran coche con una chófer negra, ni se casó con una momia filipina.

Era poeta, con eso lo digo todo, de la generación de 27. (Según la generación de jóvenes más preparada de España, una reata de comunistas maricones… No cabe más en el depurado libro de Santillana sobre Literatura Española…)

Era un hombre sencillo, que intentaba no destacar entre los demás, sobre todo porque su vida privada estaba llena de armarios repletos de fantasmas, de amantes escondidos y de libertad.

Su bisexualidad le desbordó y lo marcó durante su enfermiza vida. De ahí su primer gran libro de poemas La destrucción o el amor, donde ya deja claro que amar no es fácil, no es una fiesta, ni una carroza multicolor donde montarse. La libertad para amar, sobre todo en esta sociedad de mediocres talibanes, puede llevarte a la destrucción.

Su versos se engarzan con esa sabiduría de los viejos juglares, de los amorfos bufones que juegan con el doble sentido de cada palabra, donde los contrarios son ambiguos, donde el amor es destrucción.

Demasiado sutil para la mentalidad moderna, que quiere explicar el mundo en 120 caracteres y constantemente te pregunta ¿Qué estás pensando? Para qué le subas una foto poniendo morritos.

Iba a contar aquí que Vicente Aleixandre fue de los pocos intelectuales que salvaron su vida tras la guerra civil, su padre fue purgado por los radicales que medraron a la sombra de la herida República y él fue expurgado por el bando vencedor por sus conocidas ideas de izquierdas, que nunca ocultó. Condenado a un exilio interior, de esa lucha ancestral de la ambigüedad de las palabras, nacerán libros de poemas que serán el camino para toda una nueva ristra de polluelos poetas, desde Gil de Biedma, José Hierro, Paco Nieva o Ricardo Molina y los Novísimos (Luis Antonio deVillena y Vicente Molina Foix).

Nada de eso importa, a Vicente Aleixandre, muy pocos le conocen, aún siendo de los pocos Premios Nobel de España. Era poeta y del 27 (total rojo y maricón…)

Sí, pero tuvo los santos cojones de escribir en 1.948, un libro sobre la muerte de Miguel Hernández, y en 1.963 firmó una carta abierta para que se revisara la actuación del Ministro franquista Manuel Fraga Iribarne durante la huelga de los mineros asturianos de 1.962.

Otro de los grandes olvidados muertos en 1.984, que año maldito, donde murieron esos molestos escritores menguantes que al amanecer son enormes, como sus sombras alargadas y al ocaso se conforman con ser reseñas perdidas en los libros de textos, que no caen en los exámenes.


EL NIÑO RARO

Aquel niño tenía extrañas manías.
Siempre jugábamos a que él era un general
que fusilaba a todos sus prisioneros.

Recuerdo aquella vez que me echó al estanque
porque jugábamos a que yo era un pez colorado.

Qué viva fantasía la de sus juegos.
Él era el lobo, el padre que pega, el león, el hombre del largo cuchillo.

Inventó el juego de los tranvías,
y yo era el niño a quien pasaban por encima las ruedas.

Mucho tiempo después supimos que, detrás de unas tapias lejanas,
miraba a todos con ojos extraños.
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