Yo he venido a hablar de mi libro…

HE VENIDO A HABLAR DE MI LIBRO…

Como todo escritor ya sabe, hay un momento preciso, en el que, tiempo después de terminar tu obra, te ves obligado a hacer publicidad de ella.

Es uno de los muchos oasis de quimera, en este largo tránsito por el desierto, que es publicar una novela, que casi nadie entiende, y encima tiene un final feliz, impropio de la literatura parda contemporánea, llena de tétricas historias, donde el azar o el destino, les rompen las pelotas a los protagonistas.

El espejismo de la promoción literaria…

Esa duna solitaria en mitad del páramo, yermo y despoblado, que supone una edición responsable…

Al principio del camino, ya viste que aquello era como subir al Mulhacén, llevando a rastras el cadáver de tu narración en unas improvisadas parihuelas, que apenas te dejan dar dos pasos, sin tropezar y dejarte la piel y los harapos en los riscos de la Sierra Nevada.

Habías superado al primer revisor, hijo de su tiempo, que con su título académico, no sabía que cancerbero era una expresión que describía al guardián del averno… Un perro de tres cabezas (de ahí can) llamado Cerbero por Hades, que lo colocó a las puertas del inframundo griego… Lo cual demuestra el triunfo del Plan Bolonia sobre la inoperancia supina de la mitología griega y los pensadores presocráticos…

Mal empezaba la cosa, cuando si en el primer tamiz, ya habías tenido que explicar que tu novela no seguía los cánones normales, y que no iba de tronos de hierro, ni de policías amargados sumergidos en historias penosas y licores de alta graduación…

Luego aparecieron los vendedores de agua en mitad del erial, con sus tentadoras visiones: “Todo esto te daré, si te postras a mis pies…” Y tú, con el muerto al hombro, que cada vez pesaba más… Incluso vino la serpiente, la del edén, a indicarte susurrante, que comer fruta del árbol del conocimiento está reservado para unos pocos escogidos… Que tú, con tu marca de Caín, en mitad de la frente, a lo único que podías aspirar es autosatisfacerte, en una suerte de onanismo literario, donde te venden las pulseras, para que la paja sea con música…

Y empiezan los zopilotes a rondarte en mitad del sucio arenal, intentando catar el fiambre que arrastras en las improvisadas angarillas, que pesan como la piedra de Sísifo…

¡Qué pollas…! Sísifo no es delantero negro del Madrid, ese es Vinicius, soplagaitas… Aquí cualquiera hace relojes de madera, y le funcionan…

Apedreas a las aves carroñeras, congregadas en un círculo rojo, y sigues adentrándote en el erial, convencido de que, en algún recodo, encontrarás al Señor de la Montaña, el amo de Alamut, de la secta ismailí de los nizaríes… Ese viejo taimado, que para fanatizar a sus fieles hashashin, (literalmente Seguidores del Hachís), palabra que ha pasado al castellano como asesino… Estos futuros asesinos de la secta, se les drogaba con hachís y se les hacía despertar en el jardín, donde gozaban del paraíso durante unas horas. Cuando volvían a despertar estaban en el castillo y se les decía que sólo volverían al escenario idílico y feliz que habían tenido ocasión de ver, si morían en lucha santa contra el enemigo. Lo que explicaba la fiereza y el arrojo de los nizaríes en sus acciones terroristas, aun sabiendo que lo más probable es que no salieran vivos de ellas…

¡Coño, eso lo cuenta Marco Polo…! Le gritas a tu editor, mientras él, está convencido de que se parece mucho a un juego de la PlayStation 4.

Maldito Plan Bolonia, ¿Y por qué tienen que ser tan jóvenes los editores actuales…? En lugar del Viejo de la Montaña, te encuentras en mitad de un risco con un comercial trajeado que te dice que ahora los nizaríes cotizan en bolsa, y son parte de los negocios de la familia Bin Laden…

Total, que sueltas al muerto, y con la cara extraviada del gallo de Gorgias, gritas a tu editor: “Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles”.

Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbala tu sangre de gallo sofista, mientras piensas: Yo había venido a hablar de mi libro…



Promoción de la novela en la página http://www.lacuneta.es
 
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