El motín y la miedosa democracia.

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LA DEMOCRACIA DE LAS PLAZAS

 

Desde hace tiempo venimos viendo como los votos son sustituidos por motines populacheros orquestados (con gran repercusión mediática de los monopolios globales de las noticias ficticias) por los oligarcas del poder, que desde la antigua Roma, no dudaban en utilizar a las masas de ciudadanos (con derechos y con hambre) para ocupar las plazas, arrastrar a los “enemigos del pueblo”, o simplemente crear un clima de crispación y miedo, que logren tumbar las sólidas torres gemelas de la Democracia, por varios miles de personas bien pertrechadas de sus banderas y propaganda, oscuramente financiadas…

Los votos ya no valen, los parlamentos tampoco, y cualquiera en una plaza llena de gente se puede autoproclamar Presidente en funciones, y recibir los apoyos de los gendarmes del “mundo libre”.

Supongo, la risa de Maduro y las carcajadas de Guaidó, en cuanto han visto como al Presidente de la “madre patria”, lo han retirado del poder unos miles de franquistas de bocadillo, reunidos en autobuses pagados por el petróleo venezolano, en la Plaza de Colón…

Para que vamos a esperar al 28 de abril, aquel que llene la plaza más grande, domine más medios de comunicación y que reparta pan y circo, que se autoproclame EMPERADOR DE LOS ROMANOS…

Ya se ocupará Antonio Ferreras de leer los augurios oportunos para aupar al nuevo César…

«Ave, Caesar, morituri te salutant»

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¿QUÉ POESÍA…?

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LA POESÍA SECRETA.

Se cuenta que en una ocasión Neruda y Lorca fueron a dar una conferencia a un pueblo. En la estación de trenes nadie los recibió. Cuando llegaron al local les dijeron que habían ido a buscarlos a la estación, pero que no los habían reconocido porque esperaban que fueran vestidos como poetas. Lorca declaró: “Es que somos de la poesía secreta”.

Retranca de juglar, malafollá granaina o ironía nazarí…

Nunca lo sabremos con seguridad, pues este país nuestro, hace desaparecer a los poetas secretos, y exhibe como a monos de feria a los nuevos poetas maragatos, que acompañan sus ripios deformes, con la escalera y la cabra…

Vestidos como viejas estrellas del rock, declaman sus estrofas de lírica cuántica en escenarios repletos de luces de colores y músicas de los más variados instrumentos…

A veces, los ves rodar por el suelo, acompañados del tañer de un falaz cuenco tibetano, primo hermano del mortero con el que nuestras abuelas hacían ajoblanco, mientras limpian el escenario con sus largos vestidos de monjas tretrapléjicas parodiando un minué…

Según la estadística, esa ciencia matemática tan manipulable como los viejos augurios romanos, el 70% de lo que se edita en este país es poesía, ¿pero qué poesía…?

No es poesía secreta, nacida de orfebres de la palabra, ajenos a los afeites del nuevo gay-trinar y sus romanzas huecas…

El coro de los grillos que cantan a la luna, esos tenores huecos, que no distinguen las voces de los ecos, han tomado al asalto el palacio de la silla de oro de la princesa triste, y han cercenado las rosas del huerto de Ronsard; inundando los folios de ardides y crucigramas, de barreños de cascajo de capiteles dóricos, a los que han sustituido con puntales metálicos que mantienen muros de contención para migrantes de la escritura moderna, mientras soplan las siete trompetas que han de hundir las murallas de la vieja Jericó bíblica…

Dicen los académicos y sus fariseos con cátedra, que esta nueva poesía cura las almas sin tocarlas, alinea los siete chakras, y adormece nuestro espíritu crítico con sus mantras arcanos de tribus ancestrales, que en vez de comer la manzana del árbol del conocimiento, sellaron con los visitantes de las estrellas, extraños acuerdos simbióticos que nos convertían a los humanos en seres de luz, tocados por la divinidad, siempre que nos mantuviésemos a dieta, repitiendo ecos, en posturas de yoga debajo de una higuera, mientras el mundo se va al carajo…

Yo, escéptico de nacimiento, echo de menos a la poesía secreta…

Y a los poetas austeros, que, en vez de engordar a costa del sistema, se pasaban la vida luchando, solidarios, contra cielo impasible, vertical e inquebrantable, aunque solo fuese para desaparecer en una fosa sin nombre o en una cuneta polvorienta…

Y lo dice un cristiano que ya sabe el día, que va ser devorado, en la arena del Circo, por estos nuevos poetas, recién llegados del musical del Rey León…

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