ESCRITORES PROVINCIANOS.

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LOS GÓMEZ DE PROVINCIAS…

Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí? ¿Son las academias, son los círculos literarios, son los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, son las mesas de los cafés, son las divisiones expedicionarias, son las pandillas de Gómez, son los que despojan, o son los despojados?

Esto lo escribió Mariano José de Larra el 25 de diciembre de 1836 en “El Español” (Nada que ver con el digital de cuero negro y antifaz florido, que dirige Pedro J.)

Desde entonces muchos, ramplones traductores de ediciones renovadas de la palabra de Dios (la manoseada Biblia), nos han vendido el adagio falsario de que “Escribir en España es llorar…” Algo que nunca dijo el maestro Fígaro, como tantas otras cosas nunca dijo el nazareno o el demiurgo Yahveh, hermano bastardo del gran creador…

Los escritores provincianos no lloramos, no tenemos siquiera ese derecho. Somos gente rara, de lenguaje pueblerino, mirada obtusa, de razonamientos arcaicos, nacidos de un sentimiento trágico de la existencia y de un escepticismo pirroniano que nos obliga a opinar de todo, sin afirmar nunca nada…

Obligados a que nos traduzcan y nos revisen el estilo, y las fachas, nunca tenemos claro para quién escribimos ¿quiénes son los provincianos en un mundo de elites globalizadas?

Somos Gómez y su pandilla de barbudos atorrantes…

No lloramos, escupimos, vomitamos y hasta hay ocasiones, que en mitad del camino, nos meamos en la puerta de una vieja iglesia románica, casi abandonada.

Es normal que tengan que traducirnos, limpiarnos de impurezas y recordarnos el olor a choto que expelen nuestras burdas vestimentas (chaqueta clara y pantalón oscuro, cateto seguro), somos unos impresentables, que con ayuda de un lápiz de carpintero y un blog de Guerrero, pretenden pergeñar los “Episodios Nacionales para tontos”, abotargados de tapas de arroz con pulpo y montaditos de lomo, olvidando que para escribir sobre la historia de España hay que comer cocidito madrileño, y ser garbancero de primera…

Pobres escritores provincianos, alejados de academias, círculos literarios y tertulias de cafés escondidos entre los monumentos funerarios del mejor alcalde de Madrid, el Borbón Carlos III, tan apreciado, como odiado por los madrileños, que colmaron su reinado de motines bien orquestados (casi tanto como los de los catalanes). Pequeños pastorcillos, labriegos o marengos, que dejamos nuestros atávicos oficios manuales, para sembrar de faltas de ortografía, escritura difusa y comas entre sujeto y predicado (EL GRAN PECADO), solo perdonable al viejo manco Valle-Inclán en sus empalagosas Sonatas (gallego que nunca dejó de ser un carlista libertario)

Así que este grupo de literatos de provincias, bien intencionados, pero de parco recorrido, no tenemos siquiera el derecho capitalino de llorar, de quejarnos, de maldecir entre dientes…

Lo nuestro tienen que ser juegos florales y delicados melindres, dedicados a aquella “moza fermosa de la frontera, aquella vaquera de la Finojosa…”

Tal como dijo el maestro Larra, en el artículo inicial de marras:  El Gobierno le enviaría en premio a las Baleares, llamándole revolucionario, y el resto del público le preguntaría en la calle de la Montera el día que saliese a ver el efecto que hubiese hecho su última obra:

«¡Hola!, poeta, ¿qué hay de Gómez?».

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El motín y la miedosa democracia.

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LA DEMOCRACIA DE LAS PLAZAS

 

Desde hace tiempo venimos viendo como los votos son sustituidos por motines populacheros orquestados (con gran repercusión mediática de los monopolios globales de las noticias ficticias) por los oligarcas del poder, que desde la antigua Roma, no dudaban en utilizar a las masas de ciudadanos (con derechos y con hambre) para ocupar las plazas, arrastrar a los “enemigos del pueblo”, o simplemente crear un clima de crispación y miedo, que logren tumbar las sólidas torres gemelas de la Democracia, por varios miles de personas bien pertrechadas de sus banderas y propaganda, oscuramente financiadas…

Los votos ya no valen, los parlamentos tampoco, y cualquiera en una plaza llena de gente se puede autoproclamar Presidente en funciones, y recibir los apoyos de los gendarmes del “mundo libre”.

Supongo, la risa de Maduro y las carcajadas de Guaidó, en cuanto han visto como al Presidente de la “madre patria”, lo han retirado del poder unos miles de franquistas de bocadillo, reunidos en autobuses pagados por el petróleo venezolano, en la Plaza de Colón…

Para que vamos a esperar al 28 de abril, aquel que llene la plaza más grande, domine más medios de comunicación y que reparta pan y circo, que se autoproclame EMPERADOR DE LOS ROMANOS…

Ya se ocupará Antonio Ferreras de leer los augurios oportunos para aupar al nuevo César…

«Ave, Caesar, morituri te salutant»

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¿QUÉ POESÍA…?

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LA POESÍA SECRETA.

Se cuenta que en una ocasión Neruda y Lorca fueron a dar una conferencia a un pueblo. En la estación de trenes nadie los recibió. Cuando llegaron al local les dijeron que habían ido a buscarlos a la estación, pero que no los habían reconocido porque esperaban que fueran vestidos como poetas. Lorca declaró: “Es que somos de la poesía secreta”.

Retranca de juglar, malafollá granaina o ironía nazarí…

Nunca lo sabremos con seguridad, pues este país nuestro, hace desaparecer a los poetas secretos, y exhibe como a monos de feria a los nuevos poetas maragatos, que acompañan sus ripios deformes, con la escalera y la cabra…

Vestidos como viejas estrellas del rock, declaman sus estrofas de lírica cuántica en escenarios repletos de luces de colores y músicas de los más variados instrumentos…

A veces, los ves rodar por el suelo, acompañados del tañer de un falaz cuenco tibetano, primo hermano del mortero con el que nuestras abuelas hacían ajoblanco, mientras limpian el escenario con sus largos vestidos de monjas tretrapléjicas parodiando un minué…

Según la estadística, esa ciencia matemática tan manipulable como los viejos augurios romanos, el 70% de lo que se edita en este país es poesía, ¿pero qué poesía…?

No es poesía secreta, nacida de orfebres de la palabra, ajenos a los afeites del nuevo gay-trinar y sus romanzas huecas…

El coro de los grillos que cantan a la luna, esos tenores huecos, que no distinguen las voces de los ecos, han tomado al asalto el palacio de la silla de oro de la princesa triste, y han cercenado las rosas del huerto de Ronsard; inundando los folios de ardides y crucigramas, de barreños de cascajo de capiteles dóricos, a los que han sustituido con puntales metálicos que mantienen muros de contención para migrantes de la escritura moderna, mientras soplan las siete trompetas que han de hundir las murallas de la vieja Jericó bíblica…

Dicen los académicos y sus fariseos con cátedra, que esta nueva poesía cura las almas sin tocarlas, alinea los siete chakras, y adormece nuestro espíritu crítico con sus mantras arcanos de tribus ancestrales, que en vez de comer la manzana del árbol del conocimiento, sellaron con los visitantes de las estrellas, extraños acuerdos simbióticos que nos convertían a los humanos en seres de luz, tocados por la divinidad, siempre que nos mantuviésemos a dieta, repitiendo ecos, en posturas de yoga debajo de una higuera, mientras el mundo se va al carajo…

Yo, escéptico de nacimiento, echo de menos a la poesía secreta…

Y a los poetas austeros, que, en vez de engordar a costa del sistema, se pasaban la vida luchando, solidarios, contra cielo impasible, vertical e inquebrantable, aunque solo fuese para desaparecer en una fosa sin nombre o en una cuneta polvorienta…

Y lo dice un cristiano que ya sabe el día, que va ser devorado, en la arena del Circo, por estos nuevos poetas, recién llegados del musical del Rey León…

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