ESCRITORES PROVINCIANOS.

miguel-hernandez[2]

LOS GÓMEZ DE PROVINCIAS…

Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí? ¿Son las academias, son los círculos literarios, son los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, son las mesas de los cafés, son las divisiones expedicionarias, son las pandillas de Gómez, son los que despojan, o son los despojados?

Esto lo escribió Mariano José de Larra el 25 de diciembre de 1836 en “El Español” (Nada que ver con el digital de cuero negro y antifaz florido, que dirige Pedro J.)

Desde entonces muchos, ramplones traductores de ediciones renovadas de la palabra de Dios (la manoseada Biblia), nos han vendido el adagio falsario de que “Escribir en España es llorar…” Algo que nunca dijo el maestro Fígaro, como tantas otras cosas nunca dijo el nazareno o el demiurgo Yahveh, hermano bastardo del gran creador…

Los escritores provincianos no lloramos, no tenemos siquiera ese derecho. Somos gente rara, de lenguaje pueblerino, mirada obtusa, de razonamientos arcaicos, nacidos de un sentimiento trágico de la existencia y de un escepticismo pirroniano que nos obliga a opinar de todo, sin afirmar nunca nada…

Obligados a que nos traduzcan y nos revisen el estilo, y las fachas, nunca tenemos claro para quién escribimos ¿quiénes son los provincianos en un mundo de elites globalizadas?

Somos Gómez y su pandilla de barbudos atorrantes…

No lloramos, escupimos, vomitamos y hasta hay ocasiones, que en mitad del camino, nos meamos en la puerta de una vieja iglesia románica, casi abandonada.

Es normal que tengan que traducirnos, limpiarnos de impurezas y recordarnos el olor a choto que expelen nuestras burdas vestimentas (chaqueta clara y pantalón oscuro, cateto seguro), somos unos impresentables, que con ayuda de un lápiz de carpintero y un blog de Guerrero, pretenden pergeñar los “Episodios Nacionales para tontos”, abotargados de tapas de arroz con pulpo y montaditos de lomo, olvidando que para escribir sobre la historia de España hay que comer cocidito madrileño, y ser garbancero de primera…

Pobres escritores provincianos, alejados de academias, círculos literarios y tertulias de cafés escondidos entre los monumentos funerarios del mejor alcalde de Madrid, el Borbón Carlos III, tan apreciado, como odiado por los madrileños, que colmaron su reinado de motines bien orquestados (casi tanto como los de los catalanes). Pequeños pastorcillos, labriegos o marengos, que dejamos nuestros atávicos oficios manuales, para sembrar de faltas de ortografía, escritura difusa y comas entre sujeto y predicado (EL GRAN PECADO), solo perdonable al viejo manco Valle-Inclán en sus empalagosas Sonatas (gallego que nunca dejó de ser un carlista libertario)

Así que este grupo de literatos de provincias, bien intencionados, pero de parco recorrido, no tenemos siquiera el derecho capitalino de llorar, de quejarnos, de maldecir entre dientes…

Lo nuestro tienen que ser juegos florales y delicados melindres, dedicados a aquella “moza fermosa de la frontera, aquella vaquera de la Finojosa…”

Tal como dijo el maestro Larra, en el artículo inicial de marras:  El Gobierno le enviaría en premio a las Baleares, llamándole revolucionario, y el resto del público le preguntaría en la calle de la Montera el día que saliese a ver el efecto que hubiese hecho su última obra:

«¡Hola!, poeta, ¿qué hay de Gómez?».

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