REGRESO AL PASADO.

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REGRESO AL PASADO.

Todo está preparado. Los grandes grupos económicos y financieros que dirigen el “mercado” y, por ende, el sistema político basado en el orden y el Derecho, se han cansado de esa murga de Estado Social y Democrático, y ya no esconden su querencia franquista al sistema corrupto que dejó bien atado el viejo Caudillo.

Nos metieron en vena el consumismo y el individualismo, con todos los valores capitalistas del triunfador hecho así mismo, como el sueño americano, que solo con libertinaje, fuerza y esclavos, puede hacerse realidad.

Todo vale para llegar a ser un triunfador, aunque solo te conviertas en una máquina de trabajo a la que le faltan horas para hacer dinero, que otros disfrutan.

Vemos con buenos ojos que el Estado salve a las Entidades Bancarias, pero no entendemos que se pueda aplicar una Renta Básica, recogida en nuestras leyes de forma nominal.

Creemos a pies juntillas que los ricos crean trabajo, cuando su riqueza se basa en ratios de productividad que en el siglo XVIII eran consideradas esclavitud, frente a los monopolios imperialistas, y que hoy se llaman globalización del mercado.

El golpe está listo, el próximo día 28 de abril, los mismos de siempre, quieren recuperar ese trozo de poder que, con la transición democrática, habían cedido transitoriamente, para demostrar, como decía Juan de Mairena, que en este país las alpargatas no son capaces de organizar nada, y que tienen que venir las botas (militares, por supuesto) a ponernos en nuestro sitio…

El regreso al pasado está totalmente preparado, y cuenta con la desmotivación, la abstención y los votos nulos.

El 28 de abril, si no somos consecuentes con nuestras obligaciones democráticas y creemos en el Estado Social, volveremos al pasado… Al Fuero Juzgo visigodo, parcheado por las Leyes Fundamentales del Reino, que el Jefe del Estado que mora en el Valle de los Caídos, entretejió con los años para convertir a una tierra de esperanzas, en un cuartel donde a las dos, se escuchaba el parte por un solo medio nacional de comunicación…

Espero equivocarme y que al final haya gente con dos dedos de luces que no se quede el domingo en casa como si esto no fuera con ellos…

O paramos el golpe, o el 28 de abril de 2019, regresaremos al 28 de abril de 1939, el día que Hitler decidió invadir Polonia…

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El Buscón no entra en la RAE.

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EL SIGLO DE LATA OXIDADA.

Cuando éramos un Imperio o la Monarquía Universal Española, todo nos parecía de oro, hasta nuestra cultura, nació así el grandilocuente Siglo de Oro de las letras españolas. El Siglo de Oro no se enmarca en fechas concretas, aunque generalmente se considera que duró más de un siglo, entre 1492, año de la conquista del Reino de Granada, el Descubrimiento de América, y la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, y el año 1659, en que España y Francia firmaron el Tratado de los Pirineos. El último gran escritor del Siglo de Oro, Pedro Calderón de la Barca, murió en 1681, año también considerado como fin del Siglo de Oro español.

Entre tanta lumbrera del noble elemento áureo, hubo muchos oropeles de menor cuantía, como bisutería de fino adorno, y mucha cuenta de Rosario de pompa, ornamento y relumbrón místico, y demasiado éxtasis, por unión contemplativa con el Creador, o por la suspensión de los sentidos por algún elixir afrodisiaco…

De ahí la cita del Quijote: “No ha de ser oro cuanto reluce”.

De esa mediocridad en tiempos de lujo, da cuenta Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas, en su sátira picaresca “Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños

No pretende Quevedo, en esta obra, destacar que ciertas acciones son éticamente condenables y que traen como consecuencia el castigo sino, en primer lugar, reír y hacer reír con ellas. Aparecen muchas malas acciones que quedan sin castigo. No hay digresiones moralizadoras, salvo la moraleja final: «nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres». Así, principalmente, pretende demostrar la imposibilidad de ascenso social por la parte de los que no dejan de tener una moralidad defectuosa. Pablos quiere subir socialmente, “pica más alto”, y así se lo dice a don Diego: “más alto pico, y más autoridad me importa tener”. Quiere borrar sus orígenes y apartarse de la casta ignominiosa de sus parientes. En carta a su tío, el verdugo, le advierte: “No pregunte por mí, ni me nombre, porque me importa negar la sangre que tenemos”.

El autor habla desde una mentalidad nobiliaria ante el afán de las clases bajas de ascender. Quevedo nunca se pone en el lugar de don Pablos, cuyo deseo de ascenso social rechaza. Tiene, en definitiva, una perspectiva “brutalmente clasista”. La sátira se exagera en esta obra hasta el punto de ser una caricatura sangrienta.

“-Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan…, no lo puedo decir sin lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo, acordándose de las que le habían batanado las costillas). Porque no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo nos libró la buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las iglesias, y no de puro buen cristiano. Muchas veces me hubieran llorado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y seis de cáñamo. Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido.

Parece sacado de las declaraciones de alguno de los testigos, o cooperador necesario, de las investigaciones sobre corrupción política de los grandes partidos de nuestro tiempo.

Hoy, la caricatura se exagera hasta el punto de ser una picaresca sangrienta, con su rastro de fiambres extraños, capaces todos, de levantar algo de la podrida manta que todo lo tapa.

Lástima que no tengamos hoy plumas con un alto dominio del lenguaje, que sepan desplegar en sus paletas lo ilimitado de su vocabulario, pacatos sin habilidad para jugar con él, forzando dobles significados y retorciéndolo.

En este maldito siglo que amanece, siglo de lata oxidada de las letras españolas, bajo el cuñadismo, lo políticamente correcto, el interés general, el leguaje inclusivo y los funcionarios grises de academia, ya nadie escribe filigranas (o si las escribe se las traga) y es imposible escribir una obra ahíta de chistes macabros, de groserías, de juegos de palabras y dobles sentidos.

Pobre Don Pablos…

PLENO RAE

PROSA BARROCA

La larga sombra de IGNACIO ALDECOA.

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EL GRAN SOL.

El refranero hispano está lleno de finas muestras de ironía, una de ellas es esa frase tan manida: “Unos tienen la fama, y otros cardan la lana”, que más que una injusticia material, determina una cierta iniquidad moral…

Siempre me ha parecido, que con el serio escritor vasco Ignacio Aldecoa, la narrativa de los 50 tiene una deuda que jamás podrá pagar, por mucho homenaje, gris de funcionarios, se haga de su obra…

Esos funcionarios de la literatura que catalogan a Aldecoa como “un personajillo gris” dentro del nuevo realismo de la “Liga de la Justicia” que es la mezcla de autores denominada Generación de los 50, olvidan su virtuosismo, su seriedad y su cercanía mimética con los personajes de sus historias.

Yo soy marengo, hijo de un pescador, y considero que la novela “GRAN SOL”, es uno de los acercamientos más reales y bellos a la vida de los trabajadores de mar (sería de obligada lectura para aquellos pescadores que tienen que sacarse la Libreta de Inscripción Marítima, la antigua Cartilla de Embarque, de mis tiempos), solo comparable a las obras de los pescadores de garrucha del autor almeriense Manuel Siles (la voz que brama en el desierto del olvido).

Resulta que ese maniqueísmo gris y falsamente “académico” que determina la notoriedad de algunos escritores, se ceba con aquellos autores que basan su obra narrativa en una justa visión literaria de los desfavorecidos y desamparados, de esa clase trabajadora repleta de gente humilde, cuya cotidianeidad exponen con ternura, dejando que el contenido social se deduzca naturalmente de la humanidad de su propia visión.

Sus cuentos rebosan ejemplos de seres arrinconados en una vida miserable a los que el escritor sorprende en un momento, a veces excepcional. Hay cazadores furtivos de víboras, maquinistas atrapados en un túnel, boxeadores al límite, pescadores de mareas titánicas. Donde otros no verían nada, Aldecoa daba con el quid oculto que le permitía montar un relato y contar una historia redonda.

Pero hay escritores tan grandes como el sol, y a los pequeños enanos mortales no se nos permite mirar directamente al gran astro, sin quedar, de resultas, ciegos o con la vista dañada…

Por eso en esta feria literaria de vanidades, el tuerto es el Rey.

Nadie duda de que Aldecoa es uno de los grandes narradores del siglo XX, sus relatos y novelas, son historias redondas, donde no sobra una coma, ni falta el corazón de un personaje.

Por eso los periodistas de su época, tan agudos, le vaticinaron que tal vez no alcanzaría gran éxito… Otros, compañeros, con más ironía que vergüenza simplemente opinan: “La pena fue que murió cuando su carrera estaba en ascenso. Es uno de los grandes cuentistas de la posguerra”.

Su hija, Susana Aldecoa, nos indica con claridad meridiana: “No era un funcionario, que escribía todos los días. Se encerraba a escribir compulsivamente por la tarde cuando tenía algo que contar”

Fue uno de los grandes, un gran sol, que cubrió con su larga sombra, a mucho pinturero. amigo de experimentos narrativos malabares, que no perdonan nunca estar en la penumbra, y que buscan los focos y los medios, para quitarse sus zapatos nuevos de suela inmaculada y gritar a los cuatro vientos: “Yo he venido a hablar de mi libro…”

Se fue con cuarenta años el maestro Aldecoa, cuando preparaba un ensayo sobre los personajes de su generación, aquella obra que no pudo terminar por el infarto fulminante, era toda una declaración de intenciones, se iba a llamar “Años de crisálida”, y le sirvió como su mejor epitafio: «Hemos vivido inmersos en unos años de crisálida».

Nada nuevo bajo el sol.

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