El Buscón no entra en la RAE.

el buscon QUEVEDO

EL SIGLO DE LATA OXIDADA.

Cuando éramos un Imperio o la Monarquía Universal Española, todo nos parecía de oro, hasta nuestra cultura, nació así el grandilocuente Siglo de Oro de las letras españolas. El Siglo de Oro no se enmarca en fechas concretas, aunque generalmente se considera que duró más de un siglo, entre 1492, año de la conquista del Reino de Granada, el Descubrimiento de América, y la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, y el año 1659, en que España y Francia firmaron el Tratado de los Pirineos. El último gran escritor del Siglo de Oro, Pedro Calderón de la Barca, murió en 1681, año también considerado como fin del Siglo de Oro español.

Entre tanta lumbrera del noble elemento áureo, hubo muchos oropeles de menor cuantía, como bisutería de fino adorno, y mucha cuenta de Rosario de pompa, ornamento y relumbrón místico, y demasiado éxtasis, por unión contemplativa con el Creador, o por la suspensión de los sentidos por algún elixir afrodisiaco…

De ahí la cita del Quijote: “No ha de ser oro cuanto reluce”.

De esa mediocridad en tiempos de lujo, da cuenta Don Francisco Gómez de Quevedo Villegas, en su sátira picaresca “Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños

No pretende Quevedo, en esta obra, destacar que ciertas acciones son éticamente condenables y que traen como consecuencia el castigo sino, en primer lugar, reír y hacer reír con ellas. Aparecen muchas malas acciones que quedan sin castigo. No hay digresiones moralizadoras, salvo la moraleja final: «nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres». Así, principalmente, pretende demostrar la imposibilidad de ascenso social por la parte de los que no dejan de tener una moralidad defectuosa. Pablos quiere subir socialmente, “pica más alto”, y así se lo dice a don Diego: “más alto pico, y más autoridad me importa tener”. Quiere borrar sus orígenes y apartarse de la casta ignominiosa de sus parientes. En carta a su tío, el verdugo, le advierte: “No pregunte por mí, ni me nombre, porque me importa negar la sangre que tenemos”.

El autor habla desde una mentalidad nobiliaria ante el afán de las clases bajas de ascender. Quevedo nunca se pone en el lugar de don Pablos, cuyo deseo de ascenso social rechaza. Tiene, en definitiva, una perspectiva “brutalmente clasista”. La sátira se exagera en esta obra hasta el punto de ser una caricatura sangrienta.

“-Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan…, no lo puedo decir sin lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo, acordándose de las que le habían batanado las costillas). Porque no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo nos libró la buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las iglesias, y no de puro buen cristiano. Muchas veces me hubieran llorado en el asno si hubiera cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo mandaba la Santa Madre Iglesia. Preso estuve por pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y seis de cáñamo. Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el chitón y los nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido.

Parece sacado de las declaraciones de alguno de los testigos, o cooperador necesario, de las investigaciones sobre corrupción política de los grandes partidos de nuestro tiempo.

Hoy, la caricatura se exagera hasta el punto de ser una picaresca sangrienta, con su rastro de fiambres extraños, capaces todos, de levantar algo de la podrida manta que todo lo tapa.

Lástima que no tengamos hoy plumas con un alto dominio del lenguaje, que sepan desplegar en sus paletas lo ilimitado de su vocabulario, pacatos sin habilidad para jugar con él, forzando dobles significados y retorciéndolo.

En este maldito siglo que amanece, siglo de lata oxidada de las letras españolas, bajo el cuñadismo, lo políticamente correcto, el interés general, el leguaje inclusivo y los funcionarios grises de academia, ya nadie escribe filigranas (o si las escribe se las traga) y es imposible escribir una obra ahíta de chistes macabros, de groserías, de juegos de palabras y dobles sentidos.

Pobre Don Pablos…

PLENO RAE

PROSA BARROCA

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