El Retraimiento y el Apoliticismo bajo la luz de Machado.

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DEL RETRAIMIENTO Y EL APOLITICISMO.

Pocas fórmulas políticas hemos inventado los españoles. Es más, frente a las opciones constructivas, nosotros nos hemos especializado en el sabotaje cíclico del sistema.

El retraimiento (gran invento español del siglo XIX) es una estrategia política mediante la cual un partido no se presenta a las elecciones con el fin de denunciar la falta de legitimidad de un partido gobernante o de un régimen político en el poder. Consiste en abstenerse de participar en el juego político animando a los seguidores a abstenerse de votar.

Durante el siglo XIX, en un momento en el cual, en nuestro país, estaba poco desarrollado el sistema parlamentario, todos los partidos políticos promovieron en algún momento esta estrategia. Los liberales lo hicieron antes de 1868, causando la caída de la monarquía y la llegada de la revolución de septiembre; y los alfonsinos, republicanos y carlistas lo hicieron en 1872 con el fin de provocar la caída de la monarquía de Amadeo de Saboya.

En ocasiones el «retraimiento» fue practicado en combinación con la insurrección o los pronunciamientos militares. El no reconocimiento del régimen político establecido, la denuncia de que dicho régimen no permitía el libre juego político, por ejemplo, a base de manipular las elecciones, o, en fin, las escasas posibilidades de lograr un buen resultado electoral, fueron las razones para boicotear el proceso político y promover la abstención.

De tal forma que Don Antonio Machado pone en boca de su “maestro”, Don Juan de Mairena este dialogo:

“—Alguna vez se ha dicho: las cabezas son malas; que gobiernen las botas. Esto es muy español, amigo Mairena.

—Esto es algo universal, querido don Cosme. Lo específicamente español es que las botas no lo hagan siempre peor que las cabezas”.

Y no mejoramos, Mairena les dice a sus alumnos:

La política, señores -sigue hablando Mairena-, es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y, naturalmente, contra vosotros. Sólo me atrevo a aconsejaros que la hagáis a cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra cosa; por ejemplo: de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca entendernos.

    Y a quien os eche en cara vuestros pocos años bien podéis responderle que la política no ha de ser, necesariamente, cosa de viejos. Hay movimientos politicos que tienen su punto de arranque en una justificada rebelión de menores contra la inepcia de los sedicentes padres de la patria. Esta política, vista desde el barullo juvenil, puede parecer demasiado revolucionaria, siendo, en el fondo, perfectamente conservadora. Hasta las madres -¿hay algo más conservador que una madre?- pudieran aconsejarla con estas o parecidas palabras: “Toma el volante, niño, porque estoy viendo que tu papá nos va a estrellar a todos -de una vez- en la cuneta del camino”.

Estamos pues ante un problema, al parecer, endémico de una sociedad que no logra despegar, anclada en una mala praxis que perdura en el tiempo y cuya regenaración no puede sino venir de mano de la pureza y la inocencia de los espíritus jóvenes aún no contaminados por un sistema político caduco y corrupto. Esta es la tesis de don Antonio Machado que, en la situación que hoy se está viviendo, cobra toda su actualidad.

Vivimos en un país esperpéntico al más puro estilo valleinclanesco. Quienes debieran ser los representantes de los valores puros del juego democrático han apostado por asentar un sistema que impide la democracia incurriendo así en un espejismo de manipulación. En una democracia deben primar los valores éticos, que quienes gobiernan lo hagan cuidando los intereses de los gobernados sin engaños y sin mentiras. Hoy todo está permitido para perpetuarse en el poder. Vemos cómo nuestros políticos han dilapidado un ciclo de bonanza económica en continuas malversaciones e inversiones sin sentido y sin futuro. Han gestionado pésimamente el fruto del trabajo de sus ciudadanos. Han cometido todo tipo de delitos económicos pero no hay ninguna responsabilidad civil para quienes nos han llevado a la ruina. Por no haber, no hay ni una dimisión. La solución que nos ofrecen está en alentar la apariencia de posiciones ideológicas enfrentadas.

No existe democracia real cuando el poder judicial está instrumentalizado por el poder legislativo -véase el Fiscal General o el Tribunal Supremo-, tampoco la hay cuando los ciudadanos no tienen otra opción que votar listas cerradas con independencia de que algunos componentes puedan, incluso, estar imputados en causas judiciales; tampoco la hay cuando la disciplina de voto de partido merma las funciones del Parlamento obligando a las personas elegidas, incluso, a votar en contra de su conciencia a favor de directrices concretas orquestadas por la demagogia del momento. Tampoco puede existir libertad de expresión y de presión cuando los sindicatos están sostenidos por el Gobierno. Todo es políticamente correcto, pero cívicamente inútil.

No cabe reacción desde la población adulta porque ha sido adiestrada en una bipolaridad partidista en la que “los suyos” siempre tienen razón hagan lo que hagan. Mensajes sencillos mueven los sentimientos y la visceralidad sin que la razón intervenga en la votación. Los grandes partidos se perpetúan, los dirigentes también. No hay regeneración de ideas, de principios, de conceptos. Hemos asistido a ministros y ministrables sin una mínima titulación universitaria que los capacitase, por encima de ideologías, para el trabajo en el ámbito en que fueron destinados. Tampoco una mínima preparación profesional puesto que nunca antes trabajaron en nada que no fuera la política. Con casi cien años de antigüedad, Antonio Machado está retratando el “tipo” que aún hoy sigue siendo el lastre del país.

Y si esto existe -la mentira, el dispendio, el abuso, la dilapidación…- es porque lo consentimos. La conciencia social, que debiera ser árbitro de tanta barbarie, está desviada como en el espejo cóncavo del callejón del gato. El pueblo admira al arribista y piensa que es un listo por aprovecharse de la ocasión que le brinda el cargo, y lo reelige. No es de extrañar, a la manipulación de la tribuna decimonónica se le ha sumado la de la televisión con su información focalizada y sus partidos de fútbol o sus programas de “famosos”. No interesa aplaudir el esfuerzo ni la inteligencia, sino la estulticia elevada a “princesa del pueblo” sin que el pueblo se dé cuenta de que así lo están llamando “imbécil”.

Por todo esto, la regeneración política y espiritual de España no puede venir de la mano de los viejos, sino de la ilusión y la energía de las mentes jóvenes. Si es cierto que la televisión es una pantalla de deformación permanente, no lo es menos que contamos en la actualidad con medios técnicos para coordinarnos e intentar, entre todos, un cambio radical. Las redes sociales, la telefonía móvil, Internet, los mensajes que conectan instantáneamente realidades distantes son las nuevas bases para la formulación de propuestas globales y con ello, la organización de protestas colectivas mundiales. Es necesario promover la conciencia social de la urgencia en esta transformación porque el tiempo se nos agota y serán nuestros hijos, las próximas generaciones, las que pagarán las consecuencias. Y si miramos al pasado, sea para aprender de nuestros errores, no para seguir siendo víctimas de ellos condenando nuestro futuro. Y urge, además, porque el terreno ya está abonado y no lo dudéis: “Si no sembramos trigo, vendrá quien se aproveche para sembrar cizaña”.

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