TUMBAS, CREMATORIOS Y TRINCHERAS.

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ENTRE TUMBAS Y TRINCHERAS.

Nuestro falso e histrión canto a la globalidad no podía tener peor fin que una pandemia mundial.

Sobre todo, porque así queda bien a las claras nuestra doble o triple moral: (Todos pueden morir, menos los vigías de occidente, y por encima de las vidas, debe permanecer nuestra alienación doctrinal llamada libre mercado).

En aras del Becerro de Oro de los “Mercados”, cada país, en la cuota decidida por su élite dirigente, determinará el número de sacrificios humanos que requiera la intocable divinidad.

Y aquí nos encontramos, como en la antigüedad o en el siglo pasado: cavando tumbas sin nombre o poniendo a funcionar de manera eficiente y despiadada los hornos crematorios.

La sociedad más avanzada, con ideas de chichinabo y fórmulas propias de un holocausto (en el sentido griego del término).

Y para colmo están los odiosos dogmáticos del liberalismo libertario, que, apoltronados en sus odios ancestrales a la socialización de medios y la autogestión comunitaria, han pasado directamente a abrir zanjas de separación ideológicas, viejas trincheras contra las clases populares, analfabetas, pobres, feas y prescindibles.

Dispuestos como en 1914, a dejar morir a millones de personas podridas de mierda, miedo y gases tóxicos, por defender los pabellones de viejos imperios trasnochados.

Trincheras de salvajes que, tras la metapolítica de la nueva derecha, nos adoctrinan sobre cómo debemos vivir, pensar y sobre todo morir, por defender una fórmula platónica de dictadura de los “filósofos”, burdos tecnócratas y garbanzos negros contables del capitalismo brutal que ya nos enseñó en 1929 su más fea cara (falsedad de los valores, suicidios en masa y campesinos enterrando a sus cerdos…)

Estos dogmáticos del liberalismo individualista (que siempre hablan de desmontar el Estado y sus chiringuitos, como la sanidad y la educación públicas) siguen trazando sus trincheras con mal sano egoísmo, culpando a los gobiernos (sea el que sea) de cualquier gestión de control de la población y de los mecanismos del mercado.

Están dispuestos a morir en sus encharcadas zanjas, antes que compartir el mismo hospital con un camarero, un ferrallista o un gitano artesano del esparto.

Siempre ha habido clases, y si hay que morir, que mueran los prescindibles, los sin nombres…

Total, que nuestro presente (seguro que futuro, para el que viva, será diferente) se ha convertido en un sorteo, donde los prescindibles tienen casi todas las papeletas, sobreviviendo entre tumbas, crematorios y trincheras.

Bitácora de cuarentena.

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