«Sobre héroes y tumbas».

Muertos virus

SOBRE HÉROES Y TUMBAS.

Aprovecho el título de la gran obra de Ernesto Sabato para escribir sobre la crisis existencial que ha provocado la actual pandemia.

Tal vez porque el escritor argentino me es afín en su devenir ideológico, partiendo de premisas revolucionarias para acabar en un sosegado pensamiento libertario. O porque la novela que da título a esta bitácora me sirvió de muleta en mis momentos oscuros. O, quizás con más fuerza, porque Sabato tuvo la responsabilidad de dirigir la comisión encargada de investigar las violaciones a los derechos humanos ocurridos en la Argentina entre 1976 y 1983 a manos de la dictadura militar. El gran contador de víctimas, cuyo trabajo fue un informe demoledor, una investigación minuciosa de la oscuridad de los desparecidos y una sociedad ciega, que posteriormente fueron plasmados en el sobrecogedor libro “Nunca Más”, en el que se recogen los testimonios de las desapariciones, torturas y muertes de personas.

Algún día, alguien tendrá que hacer un informe minucioso de las víctimas de esta pandemia, que somos casi todos, pues de una manera u otra, casi todos hemos perdido algo durante la vigencia, desarrollo y triunfo de este maldito virus…

De principio no me gustó que el Gobierno español planteara la articulación de medidas sanitarias como una guerra (A este virus lo paramos todos juntos…); a los virus no se les vence, se les intenta estudiar y paliar sus daños, buscar formas de convivir con él, o respuestas médicas para su control. Este enemigo ha llegado para quedarse y no hay lejía o gel que lo destruya…

La televisión se llenó de partes militarizados de uniformes cargados de medallas que nos imponían un confinamiento muy parecido a un arresto domiciliario, dejando en segundo lugar los números de contagiados, curados y muertos.

Se creó la idealización de los “héroes” de la cruzada, esos servidores públicos que daban su vida por la multitud confinada, atendiendo a cara descubierta, sin apenas medios, al microscópico enemigo que diezmaba a los viejos, calvos y discapacitados… Siguiendo los protocolos de Sión, la elección evolutiva del más fuerte o simplemente el tamaño de la cartera y la cobertura de su seguro privado. Todo ante la saturación total de la sanidad española, que por momentos pareció el ejército francés ante los tanques alemanes del Tercer Reich…

Perdida la batalla, empezó la lucha de trincheras, tortuosa e insatisfactoria, en donde esconder el número de heridos y muertos es fundamental para mantener la moral de la tropa, aunque sea vendiendo las generalas bocatas de calamares…

En las trincheras abandonadas de las residencias de ancianos y discapacitados se amontonaban los cadáveres y ni el hielo, ni los paseos a crematorios lejanos, nos hizo desprendernos de ese olor a muerte que ya irradiaba desde la capital hasta todos los rincones del Estado (de Alarma).

Al final nos cansamos de los héroes, no por su denodado trabajo y su labor imprescindible, pero esta sociedad cretina y sin escrúpulos, se dejó llevar por los “colaboradores de Pétain”, esos viejos fascistas de medio pelo que solo disfrutan contando tumbas, al ruido del tronar de cacerolas y pitidos de coches de alta gama infectados de banderas gloriosas y pollicéfalas.

Se inició el tiempo de las fases, de la pérdida del miedo y del recuento de tumbas al estilo parchís, me como una y me cuento veinte…

Qué si eran veinte, cuarenta o sesenta, las miles de tumbas sin nombre. Solo cuando los Registros Civiles al finalizar el año hagan el cómputo final, sabremos de cuantos muertos hablamos, con nombres, apellidos y familias de luto.

Se inició el tiempo canalla donde los padres de la patria se echaron en cara los cadáveres y quien fue más colaboracionista con el enemigo… Políticos no ha muerto ninguno, aunque andan sorteando entre los más viejos a un chivo expiatorio que les sirva para acercarse a una sociedad que ha perdido a sus mayores en soledad y atroz desconocimiento…

Pero todo termina, no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista…

Hemos pasado del tiempo de “héroes y tumbas” a la terracita, el solecito y la promoción trilera del turismo…

<<Cómo aquí, no se muere en ningún lado… Muere con estilo en una buena playa o en la cama reutilizable de un Hotel…>>

Ni queremos ni necesitamos saber, somos la sociedad del Alzhéimer voluntario, la que ha colocado el mercado controlado por unos pocos, como pieza esencial de su existencia y moriremos comprando…

Nadie quiere ver a los desaparecidos, es la vieja conjura de los ciegos que ya nos contó Sabato en sus libros. Nadie quiere frenar el crecimiento de esta locura, de este sistema sin sentido que nos lleva al consumismo mortal.

Tenemos la oportunidad de decrecer y fijar objetivos más colectivos, solidarios y la vuelta a la explotación razonada de nuestros sectores primarios… Pero nos gusta revolcarnos en el cieno de lo innecesario.

Como dice mi amiga Genara: ¿Qué podemos esperar de un país donde la gente sin empleo se niega a trabajar en la agricultura…?

Yo esperaba más…

hyt Sabato

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