KADARÉ Y SU EJÉRCITO DE MUERTOS

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KADARÉ Y SU EJÉRCITO DE MUERTOS…

Siempre he tenido debilidad por los autores censurados, literariamente castrados por ambientes autoritarios o criados a la sombra de dictaduras fundamentalistas y dogmáticas. Son escritores con un doble valor, la altura de sus obras literarias y su apuesta crítica por jugarse la vida…

El albanés Ismaíl Kadaré es uno de los autores vivos de nuestro tiempo que ha mantenido vivo siempre ese doble valor. No era fácil escribir durante la tiranía del camarada Enver Hoxha, aislacionista, antirevisionista y más stalinista que el propio Stalin. Un régimen autoritario que durante cuarenta y un años llevó a Albania desde la salida de la segunda guerra mundial a la Edad Media…

Y, sin embargo, sus mejores obras son las escritas en sus años en Tirana, burlando la censura de la dictadura comunista albanesa: “El general del ejército muerto” y “El Palacio de los Sueños”, de escritura envidiable y argumentos alegóricos que arremetían contra los pilares verticales del régimen dictatorial…

Hoy, en tiempos de pandemia y autocensura mediática globalizada, bajo la dictadura de las redes sociales y los “cazadores de bulos” de lo políticamente correcto, me gustaría hablar del primer gran libro de Kadaré, ese General que anda buscando los restos de un ejército muerto…

En esta portentosa aventura literaria, «ópera prima» de uno de los mejores escritores vivientes, quizás sea Albania, la Tierra de las águilas (Según el significado de su nombre autóctono), la protagonista principal de una historia que como tantas otras se han escrito sobre esta tempestuosa porción del mundo, una región sobre la cual un día Winston Churchill dijera: «los Balcanes producen más historias de las que pueden consumir».

Terminada la segunda guerra mundial, y tras un acuerdo firmado por los gobiernos italiano y albanés, un general italiano y un sacerdote católico, marchan hacia Albania con la misión de desenterrar y repatriar los restos que puedan hallar, de los soldados italianos muertos durante la guerra en aquellas tierras.

«Cual ave orgullosa y solitaria, sobrevolarás esas montañas silenciosas y trágicas para arrancar a nuestros pobres muchachos de sus pétreas garras». Este clamor pronunciado por una de las madres de aquellos soldados, antes de la partida hacia la fúnebre y sombría tarea encomendada, repiquetea en los oídos del general mientras el avión se acerca a su destino. El militar acoge esta tarea con el sentido propio de su rango, con la grandeza que constituye, para él, la labor a emprender. En un principio con la solemnidad de los ritos homéricos.

Con los días, la lluvia y el fango, el General de esta alegórica aventura se va adentrando cada vez más profundamente en lo que gracias a Conrad definimos como el perverso “corazón de las tinieblas”. No importa el recelo ni la frialdad de los albaneses. No importa la lluvia interminable, su ejército se pudre en los abismos, en las alturas de los montes y en los páramos de aquella tierra huraña, y él debía cumplir con su misión. Ese ejército muerto estaba allá abajo, inmóvil, fosilizado, oculto por el barro, y él tenía que alzarlo y llevarlo de vuelta a su patria. No detienen al general, ni el frío temible del invierno, ni las pesadillas que poco a poco van poblando su mente, delirios siniestros en la que los cadáveres que va desenterrando, regresan a la vida y él los gobierna y conduce. A medida que avanza en su aciaga tarea, se va enterando de las historias de algunos cuerpos recobrados de ese ejército muerto que debe desenterrar ante la mirada turbia de aquellos albaneses, seres en los que aflora el rencor y el recuerdo de sufrimientos milenarios transmitidos por generaciones. Y mientras avanza en la lúgubre exhumación de los que antes fueron hombres y un día llegaron con sus armas tratando de conquistar esa indómita tierra de águilas, todo se torna irreal en su derredor y del mismo modo que el sacerdote, ya no logra comprender la verdadera naturaleza de aquella empresa que lo ha proyectado sobre el fondo de fatales e implacables ruinas pobladas de espíritus, en la perspectiva de la historia como teatro de la muerte y el ineluctable descenso hacia el polvo y a su propia desintegración moral.

No existe la posibilidad moral de escribir un futuro real sin la tétrica rehabilitación de los muertos, sin la vindicación de los fantasmas enterrados en cunetas y con el falso orgullo de unos vencedores aferrados a sus águilas imperiales, tan falsas como todas sus hazañas… Solo polvo y muerte es el final del camino de nuestra sociedad enferma y miedosa, siendo dirigida por la senda de baldosas amarillas…

Una sociedad que ningunea a sus muertos, que no quiere saber sus nombres, ni siquiera conocer su cifra, que no intenta juzgar a sus asesinos y menos sentirse cómplice por omisión de dichas muertes, es como ese protagonista de la novela de Kadaré, un general de un ejército muerto…

Nos venden la gloria para luego hundirnos en el fango…

Ni una sola idea original ni inédita… Nada nuevo bajo el sol…

Kadare y su general_

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