Nuestro hombre en Barcelona.

No me gustan demasiado las novelas de espías. Sobre todo, aquellas de narrativa cavernosa que justifican el fin, no escatimando los horrores de los medios. Siempre he puesto reparos a los tecnócratas de este tipo de ficciones, pero, por otro lado, siento debilidad por el macerado Graham Greene, curtido por el alcohol y el desapego al servicio secreto inglés.

Mi debilidad por el autor tiene su base en su mirada crítica sobre el opulento hombre occidental (el ciudadano impasible), tan ambiguo y mezquino con asuntos como la moral, la justicia o la política.

Una de sus obras que admiro y siempre intento tener cerca es “Nuestro hombre en La Habana”. Sabrosa lectura sobre el espionaje y los hombres que lo llevan a cabo. Con esa fina ironía con la que remienda una trama de mortadelos y aspiradoras. La novela es una divertida y oscura crítica al servicio secreto británico por la ineptitud y la poca profesionalidad tanto de los mandos medios como de los jefes de la organización. Esa Casa, de la que todos dicen que Greene estuvo en nómina, muy a su pesar, lo justo para pagar un cierto nivel de vida a cuenta del Estado.

Lo mejor de toda la historia son sus personajes imperfectos, chuscos y amorales. Capaces de creer que una aspiradora es un arma de destrucción masiva, y gastar millones del dinero público en agentes inventados, o simplemente, inoperantes. Todo bajo el delirio de la guerra fría…

En estos últimos días, en plena guerra de Putin (el niño flaco del KGB), han tomado la actualidad patria, las historias de espías, indagaciones seudo-justificadas y vigilancias externas a lomos de Pegasus. Y me temo que nuestras andanzas por el cenagal de los servicios secretos acabe en un remedo esperpéntico de informadores gañanes, del tamaño del Pequeño Nicolás… Un vodevil infame de mediocres colocados en puestos de control de las escuchas del Estado…

Sin quererlo, ni buscarlo, estamos dando forma a Nuestro hombre en Barcelona. Mitad historia de espías y mitad desalmados comisionistas… MI5 cañí.

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