ALGO.

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ALGO

Desde luego que el que puso el Hospital en mitad de este bosque se quedó descansando. Seguro que era un tío estudiao, con una de esas carreras con muchos números. Un lumbreras, vamos. Pero en temas de seguridad estaba más pegao que un sello de correos.

    Hoy en la garita las voy a pasar canutas: entre el sol y los enfermos con permisos, la llevo clara.

    Y los familiares, todos, con lo mismo, “que hermosura de árboles, hasta ardillas hemos visto”. Pues claro, contra, si estamos en el quinto pino. Parece que esto de los locos es como los tanatorios, que como nadie los quiere al lado de su casa, pues donde Dios no quiso ir. Que calor hace hoy, contra, y con  el uniforme completo de invierno. Mira que se lo tengo dicho al Jefe, que esto es Málaga, la Costa del Sol, otro listo, con estudios.

    Venga hombre el que faltaba, Don Nicolás, a donde irá este hombre a estas horas, con la que está cayendo. Y con traje negro, completo, hasta con el chaleco, manda cojones. Como están las cabezas.

  • ¿Tiene usted un cigarrillo mi capitán?
  • Sabe usted que yo no fumo y menos trabajando. No salga del recinto don Nicolás que hace hoy mucho calor y ya mismo es la hora de la comida.
  • Tengo que ir a por tabaco.
  • Pero hombre Don Nicolás ¿Es que han puesto un estanco en el bosque? No me sea travieso, que luego tiene que ir mi amigo Damián a buscarlo, y se pierde usted la comida. Que hoy hay empanadillas de atún.
  • Voy a por tabaco, mi capitán.

    Capitán me dice, el abuelo, que lástima llegar al final de la vida, trabajando como un burro de sol a sol, para luego perder la sesera. Esto tiene que ser algo que nos echan en la comida, seguro. En los tiempos de mis abuelos, la gente se moría de viejo, con cien años, y hasta el último día hablando como si la mili la hubieran hecho ayer. Estaban los locos de siempre, los desde chiquiticos, pero volverse loco con la vejez…  Qué va, hombre, eso es algo que nos están echando.

    Mira quien viene por ahí, eso sí que es una lástima, una mujer en la flor de la vida y tan educada, que dicen que fue maestra, normal, lidiando con los esbirros que hay ahora. Cuarenta como los míos son capaces de volver loco a cualquiera. Una pena, y no se entera de la pobre, no sabe ni en qué mundo vive, y viene hablando sola todo el camino, seguro que me pregunta ahora por un terreno para hacerse un cortijo. Ay, criatura, los cortijos que tu tenías que hacer ya los tienes todos hechos, tu eres fija de esta casa. Una lástima, que la enfermedad que tiene, me ha dicho la Juani, que va a más y que ya no se puede hacer nada por ella.

    No es justo, Señor. Eso es que nos están echando algo, seguro.

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EN UN SEGUNDO.

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UN SEGUNDO, LA VIDA…

            Desde antes de entrar en la curva ya lo sabías. El ruido del motor te alertó, pero ya era tarde. Nunca se debe frenar en mitad de una curva, pensaste. Te aferraste al volante con todas tus fuerzas, y sentiste como el coche empezaba a volcar.

            Tus sentidos se abrieron de golpe, y viste tu vida volar: recordaste el olor de la toquilla con que te bautizaron, el sabor dulce del puré de fruta, los colores brillantes de la guardería, el dolor del primer abandono de tu madre, la alegría del reencuentro, la primera cachetada, el olor de la ropa de tus padres, la música de la entrada del Colegio, el primer recreo, el sabor de la sangre en tu primera caída, tu sudor empapándote, el peso de la cartera con los primeros libros, las carreras de los juegos de niños, la primera pelota, el color rojo de tu sotana de monaguillo, el primer balón de cuero, el primer rasguño, la primera pelea, la primera comunión, la mancha en tu camisa, el sabor del pulpo con alioli, la primera excursión, la primera soledad en un hospital, el miedo, el primer libro (Viento de este, Viento del oeste), el sabor del cocido de fideos de tu madre, los primeros novillos, el primer castigo, el sabor de los labios del primer beso, el primer cigarrillo, la música siempre de tus amigos, los primeros disco-pub, la primera cerveza, la primera pelea a puñetazos, el olor de los porros, la primera vomitona, el primer piso compartido, el frío de la universidad, el primer poema, el olor del sexo esporádico y furtivo, el primer cuento, el cáncer de tu madre, su muerte, el primer llanto de mayor, el olor del óleo, los colores de tu primer cuadro, el descubrimiento de Chesterton, tu inquietud política, tu primera asamblea, tu primera huelga estudiantil, la primera manifestación, la primera carrera, la primera chaqueta, la primera corbata, la primera matrícula de honor, el poco honor de algunos catedráticos, el color rojo del pelo de tu primera novia, la primera vez que viste la nieve en Granada, la música de los conciertos, los primeros ordenadores, tu primer despacho, tu primer juicio, la cara marcada de tu primer acusado, tu boda, tu primera casa en alquiler, el olor del sexo regulado, la primera pelea de pareja, el embarazo de tu esposa, el miedo durante el parto, el milagro bendito de tu hija, el trabajo y más trabajo, las horas perdidas en despachos oscuros cargados de humo de cigarro, las broncas familiares, la separación, el dolor del divorcio, tus fotos del pasado, de tu hija, tu nuevo piso, con cuatro muebles, tus muchos libros viejos, tus ganas de tener un perro, de tener un gato, tus deseos de escribir, de pintar, de crear, la muerte de tu padre, el entierro, el crematorio, los cambios de destino, tu música romántica, tus achaques, tus ganas de vivir, tus nuevos amigos, tus amantes, tu gusto por la velocidad, tu viejo coche, tu muerte …

Ignorantes históricos.

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SERES DE SEGUNDA.

  • ¿Le pongo el café, jefe?
  • Como siempre Ignacio, con la leche fría, por favor.
  • “Ratio”, uno con leche.
  • ¡Ya voy coño! ¡Que no dices ni buenos días, contra! ¡Y “ratio” lo será tu puta madre, cabronazo, que encima que vienes a quitarnos el pan no aprendes ni hablar cristiano!
  • Ignacio, hombre que son las ocho, no jodas la marrana, y deja al hermano musulmán en paz.
  • Don José, es que me llevan los demonios …
  • “Don José” es un bar de putas de Granada, a mí me llamas de otra forma.
  • Cojones, jefe, que yo le tengo mucho cariño, y es que no puedo más. Que se nos ha “llenao” el barrio de moros y rumanos, “to” delincuentes. Eso sí, “tos” cobrando, que se las saben “toas”. Las moras “tos” los días en los servicios sociales. ¡Que son suyos! Y ellos con buenos carros, mercedes y “bemeuves”.
  • Ignacio, por favor, hace por lo menos tres meses que no se ve un buen coche por aquí.
  • No tenemos coches la buena gente, jefe, que ya somos de segunda, que si vamos al médico, primero el moro. Que si vamos a la guardería, primero el moro, que hasta en Cáritas, primero los moros …
  • Ignacio, por favor, con un negocio como este, no creo que tú necesites de Cáritas.
  • Qué huevos tiene Don José, yo no lo necesito pero si un día me hace falta seguro que se lo han llevado estos.
  • Don Pollas, Ignacio, que no me digas Don José.
  • Hay que ver como se pone usted por la mañana, “pos” no parece que “lestoy” mentando a la familia.
  • Tus muertos Ignacio, ya me has tocado los huevos. Yo no sé si somos de segunda los de este barrio, pero yo debo ser de tercera, porque en cuatro meses que llevo tomando café todos los días todavía no he conseguido que me pongas el café con leche fría.
  • Desde luego que es verdad, ¡Que mala hostia tienen los “granainos”!
  • Pues claro, cabrón, porque fuimos moros hasta 1492.

EL DAÑO YA ESTA HECHO.

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LA BOFETADA.

Todavía me silba el oído, ese pitido sordo, que parece no querer irse. El dolor ya se fue, el ardor de la cara me duró un instante. El daño ya está hecho, nunca me había llegado a poner la mano encima. Y mira hoy por dónde. Delante de los niños, y por una soberana tontería. El daño ya está hecho. Han sido años de aguantar impertinencias, gritos, insultos y humillaciones. Pero nunca me había llegado a poner la mano encima. El pitido que no se va. Hasta él se dio cuenta de que el daño ya estaba hecho, se justificó a gritos, mientras yo intentaba sacar a los niños de la habitación. Luego, amenazante, se vino a por mí para seguir gritándome, me agarró por los hombros y me zarandeó. No sé lo que decía, el pitido no me dejaba oír. El daño ya estaba hecho.

Conversación con la Galería.

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Sigo pensando que esa no era mi vida.

Era una pesadilla, de la que solo quedan esas fotos sin alma, en la memoria de una maquina electrónica.

¿Qué voy a decirte?

No sé cómo soporté tanto tiempo a tu lado. Supongo que los adictos a la droga suelen decir lo mismo. Sabes que te está matando pero sigues con ella, y cuesta una vida dar el paso para dejarla.

Te ríes, eres así, matas dulcemente, dañina pero dulce, como la absenta, el diablo verde.

Me escupes – “Cobarde”- a la cara.

Pero ya no me haces daño, ya no soy ese monigote sin alma que te preparaba el desayuno, que te cargaba a la espalda, que te mantenía y  sufría tu enfermedad genética.

Sí, tú no tienes la enfermedad de tu padre, aunque sabes fingirla para que se apiaden de ti, pero hay en tus genes algo enfermo. La Maldad. Y eso te va pudriendo por dentro, como una gangrena. Solo eres feliz un instante, un segundo, cuando sabes que estás haciendo daño a alguien, y te regodeas en tu miseria, haciendo daño a los que tienes más cerca. Eres agria como la bilis del hígado. Y sin embargo, nadie puede vivir sin hígado.

Me vuelves a escupir -“Mal Padre, has hecho que tu hijo se avergüence de tí”- y siento tu saliva templada resbalando por mi cara.

Sí, he sido un mal padre, pero no por dejarte, no por acabar con esa mentira que era “nuestra familia”, he sido un mal padre porque no conozco  a mi hijo, ahora miro las fotos y veo a un extraño, apenas se de él, y lo poco que sé no me gusta nada.

Tener un hijo no es criar una planta, echarle abono y regarla. Hay que formar su alma como persona, enseñarle valores y sentimientos. Que coma solomillo todos los días no lo hace un buen hombre, solo hace que cague una mierda de mayor calidad.

Pero, ¿por qué pierdo el tiempo? Es predicar en el desierto, tú y yo hablamos idiomas diferentes. Venimos de planetas distantes. Yo soy ese extraterrestre que intentó comprender a los humanos, y tras años entre ellos, sigue sin entenderlos. Sigo sin entenderte.

Pero es qué ya no quiero, me importa una higa tu visión del mundo y de la vida. No pienso gastar ni un segundo de mi vida en intentar conocerte. He decidido meter tus recuerdos en un bidón de residuos tóxicos y arrojarlo a una fosa del océano.

En cuanto a nuestro hijo, ya es un hombre, un señor que no conozco, y cuyo trato no me agrada, solo me queda ese gusanillo, ese picor que te dice, muy en el fondo, que es algo tuyo . (Lo que pudo haber sido, y no fue).

Aquí lo espero, friendo un huevo.

Alguna vez puede que nuestros caminos se crucen, y espero que los dos descubramos cosas buenas del otro, con el tiempo.

Yo descubrí que a mi padre le gustaba la poesía cuando ya tenía sesenta y tantos años, nunca es tarde para aprender a perdonar a los demás y perdonarse a uno mismo. Exigimos a nuestros ancestros lo que no somos capaces de realizar como personas. Queremos que nuestros padres sean dioses, y el barro aunque se cueza, es solo barro, si se cae se rompe.

Y para despedirme, me gustaría fastidiarte un poco.

Ya lo sé -“Te importa una mierda toda esa verborrea intelectual que tanto odias. Malditos sean los libros y ojalá estuviesen todos envenenados como en el Nombre de la Rosa, para que todo el que lea se muera, por gilipollas y cabrón”.

-“ENTIENDEME. No soy como un mundo ordinario. Tengo mi locura, vivo en otra dimensión y no tengo tiempo para cosas que no tienen alma”.

Es una cita de un escritor americano, Charles Bukouski.

-“Muereté, imbécil”.

Una comedia negra ligera.

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– Hora de la muerte, las 12:30.

– ¿De la mañana o de la tarde, Señoría?

– Tus muertos, Serafín, tus muertos …

Hay que ser muy cafre para no tener consideración con un cadáver por levantar, que todavía parece, que nos va a decir a todos: “váyanse a tomar por culo, funcionarios de mierda, que no se puede morir uno en paz”.

Esta mañana, en cuanto me he despertado y he visto el día, me he dicho, hoy levantamos algún fugitivo. No se cual es la razón pero los días plomizos, que si llueve o no llueve, son días propicios para el suicidio.

Pero quien me iba a decir a mí que tendría que levantar a Federico, mi colega de profesión. Como el solía decir con su sonrisa de gato siamés “Compañero y sin embargo, amigo”. Ni una cosa, ni la otra. Era un cabrón el puñetero, un mal juez, medrando siempre detrás de los políticos de turno, y puteando a los colegas que consideraba sus rivales. Y miraló, ahí tirado, con los ojos de vidrio abiertos de par en par, con el susto aún de ver que se moría de verdad.

 

Federico, hombre, si te pegas un tiro en la sien, aunque sea con un revólver de señorita, tienes muchas opciones de matarte.

 

Es siempre doloroso el ver como la gente huye espantada de la vida. Ese don que dicen que nos dieron, y que algunos nos jodieron hace tiempo.

 

No creo en la evolución de los más fuertes, pero sí, de los más perros. Los que se adaptan, de los que se amoldan. El camaleón y la cucaracha sobreviven. Los salmones, como idiotas vamos saltando río arriba para morir hechos pedazos contra los cantos del camino.

 

Ya están aquí los de la funeraria, por fin, esto se acaba.

 

Adiós Federico, no pienso ir a tu entierro. No me gusta el compadreo de hacer bueno al muerto por decoro. Fuiste siempre un cabrón y un hijo de puta, y hasta en la muerte has sido perro, seguro que sabías que hoy me tocaba a mi, puñetero.

 

Lo único que siento de verdad es no poder saber a que ha venido esto. Como buen funcionario no pienso mover un músculo para investigar tu muerte, y si es por la policía judicial, la llevas clara. Tu secreto se irá contigo a la tumba.

 

Si es que hay secreto, que lo mismo no. Hoy es un día plomizo, de panza de burro, dicen, muy acorde para quitarse de en medio, sin más explicaciones.

 

“Guadalupe, escupe, que t’ has tragao un pelo”, que decía Arniches.

 

Amanezco escribiendo a Faulkner.

William-Faulkner

“Y esa es precisamente, la maldición de nuestra civilización actual: las cosas. Las posesiones nos esclavizan, nos exigen trabajar por lo menos ocho horas por día o cometer ilegalidades para mantener esas cosas en buenas condiciones, pintadas o vestidas a la última moda y llenas de combustible o de whisky.”

 

Willian Faulkner.

La Paga de los Soldados.