Desagravio a Miguel Hernández (Poeta)

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“EL LEJÍAS”.

“Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.”

No es un defensa central del Barcelona, ni un artista famoso.

Su vida se consumió en una cárcel fría y “fraternal”.

Sus amigas, las cabras, las abejas y las hierbas.

Nos hizo odiar de críos, las cebollas.

Y creía que para la libertad, los ojos y las manos… debían entregarse.

Cuando todos huyeron, allí se quedó él, en Alicante.

Hoy nadie le recuerda, y si lo hacen,

lo tachan de radical y de comunista.

Se llamaba Miguel, nació en España.

Y la juventud de este país absurdo

recuerda los versillos de un  rapero latino,

que puesto hasta las trancas de hierba para cabras,

berrea contra la luna.

De aquel cabrero de Orihuela nadie se acuerda.

Cuanto más joven eres más ignorante.

La generación mejor preparada de España.

A cuidar cabras, yo los mandaba.

Cafres con diplomas de la ESO.

Rafael me dice que un quisquilla,

un chicuelo de esos pegados a un Smartphone,

después de escuchar los versos

que el poeta dedicó a su amigo Ramón,

se partió el culo de risa, con el menda”

Otro poeta rojo y maricón, rió con sus amigos

            “Ahora entiendo el nombre del poema

            -sentención el Steve Jobs andaluz-

            EL LEJÍAS

            La enseñanza primaria es gratuita.

La educación es algo que se aprende con esfuerzo.

Por eso tenemos un futuro tan bello.

A veces creo que sigo esperando en aquel puerto de Alicante

a que llegue algún barco de un país amigo, que nos salve

de esta barbarie.

Se murió Franco y aún siguen desfilando frente a su ataúd,

la juventud española mejor preparada de la historia.

A veces cuando madrugo y los veo en grupos,

saliendo de cubiles, borrachos y felices,

siento la cárcel de Miguel sobre mis huesos.

Y quisiera gritarles,

  “Quiero escarbar la tierra con los dientes,

              quiero apartar la tierra parte a parte

             a dentelladas secas y calientes.

            Quiero minar la tierra hasta encontrarte

            y besarte la noble calavera

            y desamordazarte y regresarte”.

Se llamaba Miguel, nació en España.

 

 

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Pido perdón a Cervantes.

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EL INGENIOSO HIDALGO.

            Que perros somos los españoles. Y digo somos, que yo también me considero galgo corredor.

            Se celebra a Cervantes y su obra, como si todos los días apareciera un escritor capaz de sintetizar en una sola obra el alma de un país. España es Alonso Quijano y Sancho Panza, y sigue siendo así desde que el último moro, allá por 1492, abandonó nuestra península, llorando entre las faldas de su madre. Y que conste que aquel granadino cobarde tenía ya muy poco de rey moro y mucho de traidor español.

            Nada ha cambiado, seguimos siendo el ingenioso hidalgo, y su mozo aprovechado. Un loco que cree en la honestidad y un corrupto mancebo con ínfulas de gobernador.

            España está trazada en el Quijote, lo bueno y lo malo de este país. Su locura y su gallardía, su bellaquería y su mentira.

            Creo que muchos españoles no han sido capaces de leer el Quijote, muchos. Más de los que lo reconocen.

            Si de verdad hubiesen leído la obra de Miguel de Cervantes otro gallo nos cantaría. No seriamos tan miserables.

            Pero el Quijote es como los documentales de la segunda cadena de la televisión pública, todo el mundo dice que los ve, por su valor cultural, pero se pasan el día enganchados a la tramoya mezquina de Telecinco.

            Así nos  va.

            En este país, el mío, si crees en ideas, si lees, si intentas mantenerte en tu posición ideológica, si intentas luchar contra los poderes gigantes, eres un loco Quijote, un majara, un bobalicón.

            Todo el mundo se ríe de ti, se mofa y se confabula para reírse del loco, del ingenioso hidalgo.

            Las páginas más bellas del Quijote, son esas donde se narra con maravillosa meticulosidad, como los distintos personajes de la historia se confabulan para engañar al loco de la mancha. Como se divierten con su drama y con las ambiciones de su lacayo.

            Coge el periódico de hoy, escucha la radio. La trama sigue, nos seguimos riendo de los locos, con la maldad de los escépticos, de los cobardes, de los villanos.

            No señores, en este país, muy poca gente ha leído el Quijote, y menos la obra de Cervantes. Somos un país de tarambanas, de mentirosos, de rencorosos, de cobardes.

            Hoy solo recordamos a Cervantes, porque en el Reino Unido, se adora la obra de William Shakespeare. Se estudia a conciencia, se escudriña, se critica, se cuestiona, se magnifica, se conoce. ¿Qué alumno de primaria de las islas británicas no ha representado una obra de Shakespeare…? ¿Cuántos conocen y declaman, aunque sea brevemente, unos versos del poeta…?

            Aquí nuestros colegios, los que ha creado la democracia (hablo de la España de hoy, de este Estado social y democrático de derecho), ni siquiera tienen salones de actos. Y si algún maestro encuentra un grupo de alumnos, tan locos, tan quijotes como para hacer teatro, tendrán que buscar un sitio donde recogerse, donde ensayar, y eso sí, tendrán que buscar una obra que sea políticamente correcta. (Que no sea violenta, que no discrimine a la mujer, que no ataque a las minorías étnicas, que no tenga contenido político y que no agreda a ningún colectivo sexual). Total, lo mejor, no hacer teatro, no conocer nuestra cultura, o representar a Pocoyo.

            Pero como somos hidalgos castellanos, no podemos reconocer que en la pérfida Albión hubo un escritor de gran talla, del que cualquier británico, no solo de las islas, cualquier miembro de la Commonwealth, se siente orgulloso. Un autor capaz de recoger en sus obra la esencia de la comunidad de habla inglesa (quién no quiere ser inglés, cuando lees en voz alta el discurso de Marco Antonio en la escaleras del Senado ante el cadáver de Cesar… Como se dirige a la plebe… como la engaña…)

            Nosotros hemos buscado los huesos de Cervantes en un convento de monjas. No sabemos de quién son los huesos, pero esto es España, aquí la mitad del país sigue buscando los huesos de sus ancestros en las cunetas, y la otra mitad se ríe a carcajadas de esos pobres locos.

            No quiero explayarme en los estudios que se han hecho sobre el gran escritor inglés, sobre sus obras, sobre su vida, sobre sus misterios.

            De Cervantes, no queremos saber nada. Lo únicamente importante es que escribió el Quijote, la obra más grande escrita en lengua castellana.

            Si rascas un poco, aparecen las moscas. Que si era maricón, un converso, que estuvo en la cárcel por distraer impuestos, un faltón y un fullero.

            Qué pena de país. Siempre recuerdo una noche, sentado en la Plaza Mayor de Madrid, charlando con un viejo profesor de literatura, cargados ya de vino rojo y con ojos acuosos. Me dijo “Pablo, este es un país que siempre adora a quién no debe, ves este Madrid histórico, gran parte se le debe a Esquilache, ministro de Carlos III, al que el pueblo de madrileño odiaba a muerte… lo echaron a patadas… querían al mamón corrupto del Conde de Floridablanca y al Marqués de la Ensenada. Es que no tenemos remedio… ” “Vivan las cadenas…” le grité yo, y reímos. Entonces me miró con sus ojos de sabio borracho y me dijo bajito “¿Sabes quién me da pena de verdad?, Miguel de Cervantes Saavedra, ese hombre no se merecía un país como este… que desgracia”.

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Adiós…

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AQUÍ  VA LA DESPEDIDA.

 

De vez en cuando la vida nos gasta una broma

y nos encontramos sin saber que pasa,

chupando un palo, sentados, sobre una calabaza”.

                                                                                  J.M. Serrat.

            Llega un momento en la vida que al mirarnos al espejo no descubrimos a la persona que esperábamos ver. Oteamos a un extraño. Un escalofrío nos recorre la espalda. Tomamos conciencia de que algo no funciona bien y nos cuesta respirar con normalidad.

            Ese día todo se nos hace extraño. El trabajo, las personas que conocemos y sobre todo uno mismo.

            En un momento tenemos conciencia. Descubrimos, a través de una niebla que se dispersa, que la vida que hemos vivido hasta ese momento ha llegado a su final. Que para poder continuar hay que adentrarse en un desierto árido y sin mapas.

            De lo que tienes firme convicción es que hay una etapa de tu vida que se ha acabado. Como decía el poeta “caminante no hay camino, se hace camino al andar, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca, se ha de volver a pisar”.

            Pero todo final requiere una despedida. Un borrón y cuenta nueva. Este documento quiere, o ansía, servir de punto final, para un nuevo inicio.

            Quiero aprovechar estas letras para despedirme de aquello que queda atrás, de lo que termina, que no es poco. Una vida.

            Quiero decir adiós a ese extraño que se asomó al espejo una mañana y me enseñó la imagen de un hombre que no era yo. Alguien distante y desconocido.

            Quiero decir adiós a ese personaje gris y atildado que dedicaba sus horas a un trabajo que no deseaba y que le causaba nauseas.

            Necesito decir adiós a las relaciones con personas extrañas y ajenas que se acercan a ti para comprar seguridad. Traspasándote sus problemas. Prostituyendo tu moral para justificar sus ilegalidades y convertir en normalidad lo irrazonable.

            Necesito dejar atrás la red de mentiras que se crea a través de tantos años de poner buena cara a los filibusteros, a los sátrapas, a los necios. Necesito dejar de ser el sastre de los villanos, dejar de hacer trajes para que los criminales parezcan gente respetable.

            Necesito despedirme de las relaciones vacías, de las personas que no te aportan nada y te roban parte de tu alma, solo por el vil metal. Todo por el dinero.

            Tengo que decir adiós a los compañeros de viaje que no te ayudan a seguir caminando, que te atan a la necesidad de “cosas”, de enseres, de frigoríficos llenos y cuentas bancarias siempre en positivo.

            Despedirme de los autistas culturales, con los que no se puede tener una conversación sobre arte, sobre música, sobre literatura, sobre filosofía, sobre el alma humana… Ni siquiera se puede hablar sobre uno mismo y tus sentimientos, eres una máquina, y todo “eso” es una pérdida de tiempo, y para esos cafres, el tiempo es ORO.

            Debo dejar atrás las relaciones personales “a cambio dé” y empezar a conocer gente “por”.

            Debo decir adiós a la tristeza de no sentir futuro. De sentirte atrapado en el vacío y las mentiras. De arrastrar los días esperando un mañana efímero con forma de oasis imaginario.

            Adiós a las uniones familiares basadas en el mercantilismo. Alejarme de las palabras “responsabilidad familiar” y “sacrificio por los tuyos”. No puedo ser la piedra angular, la viga maestra, de un edificio que ya hace muchos años solo encierra tristeza y decepciones. El perro de un castillo lleno de fantasmas que ladra al que se acerca a las ruinas.

            Tengo que decir adiós a las humillaciones, a los gritos, a los desplantes, a las malas formas, a las amenazas veladas. Hay que dejar atrás a esas personas, que siendo las más cercanas a ti, te humillan y chantajean.

            Y sobre todo tengo que despedirme de ese cobarde, que creyó por un momento que los atajos existen. Qué frágil para enfrentarse a la verdad, corrió al lado oscuro como si allí existiese algún tipo de seguridad. Tan cobarde que no fue capaz siquiera de escribir una carta de despedida.

            Pero hoy, “sentado en la calabaza”, puedo mirarlo todo sin acritud, decir adiós con tranquilidad y prepararme para seguir andando.

            Me gustaría terminar esta despedida con algo positivo, un rayo de luz en la noche oscura. Pero hoy solo se me vienen a la cabeza viejas canciones. Así que, allí va: “Ojalá que me vaya bonito”.

Polvo somos.

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AQUÍ SOLO HAY CENIZAS.

(Se puede leer en el arco de entrada de un patio del Cementerio de Granada)

            El día es claro, y se respira un aire fresco y reponedor. Es bonito este Cementerio, colgado entre Granada y la Sierra. De vez en cuando, como un suspiro, al través, nos traspasa una ráfaga de aire frío que nos susurra en los huesos que viene de la nieve acumulada en el invierno. Una vaharada de aire helado y silencioso, callado como los muertos que duermen en los patios de este sitio.

            He tardado en venir a verlo, Señor, porque no me sentía con fuerzas de enfrentarme a su tumba.

            La verdad, esperaba otra cosa. He sufrido una grata decepción. Después de todo, aunque uno haya sido un tirano que ha organizado y manipulado la vida de todos los que le rodeaban, al final, uno no puede dirigir su propia muerte y menos controlar o dirigir el cuidado de sus despojos.

            Supongo que dejaría por escrito, en una hoja de excell por supuesto,   como tanto le gustaba a usted disponer en vida, como debería ser su sepelio, su tumba y los cuidados de su sepultura.

            Lástima. Supongo que sus hijos, que lo odiaban y temían, a partes iguales, una vez, cumplimentadas las formalidades de cara a las altas amistades, han resuelto hacer con sus huesos lo que les ha dado la gana. Vamos, enterrarlo en una tumba bastante normalita. Hasta cutre.

            Como deben sufrir sus huesos, en esa tumba gris y pobre, acostumbrados a pasearse por la ciudad nazarí en los asientos de piel de su Rolls-Royce.

            Ni foto, que tanto me frenaba. He esperado tanto tiempo, para tener la suficiente fuerza para poder mirar su foto (que esperaba enmarcada en plata legítima, o rodeada de mármol blanco) sin la cólera y la ira que me acompañaban cuando le recordaba. Temía perder las formas y no poder contenerme. Machacar esa foto, su cara, que tanto daño hizo a tantos, y que terminó por quemarme el alma. Negrero, alcohólico, depravado y miserable. Manchaba con su aura de cieno a todo el que tenía cerca.

            Siempre vestido de blanco. Bastardo. Sepulcro blanqueado. No hay traje de lino blanco que tape los miles de gusanos que horadaban su alma negra y purulenta.

            Todavía tengo pesadillas, con aquellas llamadas telefónicas, por la tarde, cuando el alcohol acartonaba su lengua y de manera pausada y balbuceante, se regodeaba en recordar las órdenes que ya había establecido a primera hora de la mañana. Simplemente para tener constancia de que había sido imposible terminarlas todas. Entonces en su melopea de rey gitano, nos recordaba, que usted se levantaba a las cinco de la mañana para trabajar todos los días, que esa era la única forma de ser un hombre de los pies a la cabeza. No los capullos anélidos que trabajábamos para usted, gusarapos sin ánimo ni futuro. Que gracias a su benevolencia, como las palomas de los parques, veníamos a comer las migajas que usted, en su inconmesurable bondad, nos arrojaba al suelo, para que nos arrastráramos, como las larvas de hombres que éramos.

            Y todo eso borracho, un día y otro día, machacando, de manera consciente la dignidad de las personas que usted percibía débiles psicológicamente, o necesitadas económicamente. Siempre existe un tonto para un remedio.

            Sabe lo que más me dolía, lo que a veces me saltaba las lágrimas, y me aferraba al teléfono mordiéndome los labios de rabia: que después de rebajarnos, de insultarnos, de pegarnos como a los perros, con la mierda en la boca, decía con su voz cadenciosa por el alcohol, que todo lo hacía porque usted era como nuestro padre, ese padre benévolo que perdona a sus hijos díscolos y vagos. Usted, que no fue ni siquiera buen padre para sus hijos, se atribuía la paternidad de todos aquellos que dependían de sus estipendios.

            Maldito seas mil veces. Perro. He venido a decírtelo en persona. Maldita la hora en que te conocí, y emponzoñaste mi alma con las miasmas del fango del infierno.

            Cuanto tiempo ha tenido que pasar para que recuperase mi dignidad castrada.

            Pero hoy estoy aquí. Y tus huesos se pudren en una mediocre tumba de un patio de tercera de este campo santo. Y en la tranquilidad de la mañana y en la soledad de los conocidos. Con la confianza que da el haber compartido tantas horas, voy a mearme en tu tumba.  Sin acritud.

            A tu salud, cabrón.

 

No puedo con las ranas.

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NO PUEDO CON LAS RANAS.

Y la mariposa que revolotea,

mira a la ranita y le dice fea.

Fea la ranita, qué barbaridad,

quizás patizamba, pero nada más

            Era una canción que aprendió mi hijo, cuando era pequeño. Cuando aún era mi hijo. Cuando la mentira y el orgullo todavía no nos separaban.

            Era una rana fea de ojillos saltones, que además saltaba y cazaba moscardones.

            No puedo con las ranas.

            Me recuerdan cuando mi hijo era un bebé recostado sobre mi barriga, en aquel primer sofá negro del piso alquilado.

            Odio las ranas.

            Odio el daño que me hacen.

            Intento utilizar la técnica de relajación de la rana, su quietud en la charca, escuchando  sentada, atenta pero quieta, con sus ojos estrábicos, alerta pero relajada, lista para saltar, pero quieta.

            No puedo con las ranas, las odio.

            Es un animal que no soporto.

            Dicen que cualquier mínimo cambio a su alrededor hace que salte, que utilice su energía para escapar o para cazar. Parecería un animal perfecto, adaptado a su medio.

            Pero hace años se demostró, que si colocas una rana en una olla de agua y la calientas lentamente, la rana no salta. Se cuece.

            No hay animales perfectos.

            Como las personas. A veces te relajas tanto, te amoldas tanto a la rutina, que no sientes que el agua se va calentando a tu alrededor. Cuando quieres saltar, ya estás cocido. Quemado, listo para ser servido de vianda para que otro saboree tus ancas.

            No es una metáfora cuando dicen que una persona “te come por los pies”. No te diste cuenta de que a tu alrededor la temperatura cambiaba lentamente, ni siquiera eras consciente. Pero ya eres una rana muerta.

            No puedo con las ranas.

            Salta en cuanto puedas, la vida es lo primero.

La Diosa Selene.

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LA OTRA CARA DE LA LUNA.

            Durante siglos se ha especulado sobre que habría en la cara oculta de la Luna. Qué misterios encerraría. Qué extraños seres la habitarían. Cómo sería su rostro.

            Aún hoy, después de que el hombre se posase sobre ella en los años sesenta, después de miles de sondas y satélites, todavía hay gente que especula con los misterios de la zona oscura de Selene.

            La palabra luna proviene del latín, y viene a significar “la que ilumina”. Como si fuese una persona. Desde los primeros observadores de los cielos siempre se ha personificado a ese astro que domina la oscuridad de la noche. Que nos acompaña, a veces perceptible, a veces oculta, como una amante innombrable.

            Los griegos la inmortalizaron como a una diosa: Selene, representada como una mujer hermosa de rostro pálido, conduciendo un carro de plata tirado por un yugo de bueyes blancos.

            Una mujer bella, la Luna.

            Durante siglos se ha especulado sobre las mujeres guapas, hermosas, diosas de la belleza. Esas mujeres que iluminan una estancia con su sola presencia. Que intimidan y que atraen como una amante innombrable. De todas se han contado historias a media voz. Soliloquios de viejas cuchicheantes sobre historias incontables, nunca repetibles delante de los hombres.

            Todas las mujeres bellas, las verdaderamente bellas, esconden una cara oculta que nunca conocemos, pero que imaginamos. Que deseamos vislumbrar y que tememos.

            Incluso, si en una imposible sonrisa del destino, una de esas diosas te deja saborear su piel, descubrir sus valles y cráteres escondidos, nunca veras su verdadero rostro. Aunque claves tu bandera, y grites al mundo que te pertenece, sabes que es mentira.

            Nadie sabe qué piensa una mujer bella de verdad. Todo son especulaciones, temores y recelos. O celos simple y llanamente.

            Hay un instante que marca la vida de un hombre, que lo vuelve loco. “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”.

            Ese momento en que abres los ojos por la mañana, en una cama extraña, y ves dormida a tu lado a una diosa. Ves su cara achatada por la almohada. Su pelo enmarañado. Pero inmensamente bella. Su olor que lo recubre todo, y entiendes que ella es una diosa y tú solo eres un hombre.

            Sabes que como la Luna, toda mujer bella tiene otra cara, una que desconocemos, que nunca llegamos a conocer. Sientes miedo. Un miedo que viene de siglos, un miedo arcaico. Sabes que es Selene.

            Así que te levantas sin hacer ruido, recoges tu ropa desperdigada por la habitación y huyes de vuelta a la tierra.

            Sabes que aunque se lo contases al mejor de tus amigos nunca te creería. Cuanta gente todavía no cree en la llegada del hombre a la Luna.

            Solo tú guardas el regusto amargo de saber que fue verdad. Que tú estuviste allí. Y que escapaste como un hombre asustado, incapaz de descifrar el misterio que atormenta a la humanidad desde hace siglos.

            ¿Cómo será la otra cara de la Luna?

Obra maestra contra la intolerancia.

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«El gallo de Sócrates»

Leopoldo Alas (Clarín)

Critón, después de cerrar la boca y los ojos al maestro, dejó a los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la cárcel, dispuesto a cumplir lo más pronto posible el último encargo que Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de la letra en la duda de si era serio o no era serio. Sócrates, al espirar, descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder a sus discípulos, el espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas palabras:

-Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda. -Y no habló más.

Para Critón aquella recomendación era sagrada: no quería analizar, no quería examinar si era más verosímil que Sócrates sólo hubiera querido decir un chiste, algo irónico tal vez, o si se trataba de la última voluntad del maestro, de su último deseo. ¿No había sido siempre Sócrates, pese a la calumnia de Anito y Melito, respetuoso para con el culto popular, la religión oficial? Cierto que les daba a los mitos (que Critón no llamaba así, por supuesto) un carácter simbólico, filosófico muy sublime o ideal; pero entre poéticas y trascendentales paráfrasis, ello era que respetaba la fe de los griegos, la religión positiva, el culto del Estado. Bien lo demostraba un hermoso episodio de su último discurso, (pues Critón notaba que Sócrates a veces, a pesar de su sistema de preguntas y respuestas se olvidaba de los interlocutores, y hablaba largo y tendido y muy por lo florido).

Había pintado las maravillas del otro mundo con pormenores topográficos que más tenían de tradicional imaginación que de rigurosa dialéctica y austera filosofía.

Y Sócrates no había dicho que él no creyese en todo aquello, aunque tampoco afirmaba la realidad de lo descrito con la obstinada seguridad de un fanático; pero esto no era de extrañar en quien, aun respecto de las propias ideas, como las que había expuesto para defender la inmortalidad del alma, admitía con abnegación de las ilusiones y del orgullo, la posibilidad metafísica de que las cosas no fueran como él se las figuraba. En fin, que Critón no creía contradecir el sistema ni la conducta del maestro, buscando cuanto antes un gallo para ofrecérselo al dios de la Medicina.

Como si la Providencia anduviera en el ajo, en cuanto Critón se alejó unos cien pasos de la prisión de Sócrates, vio, sobre una tapia, en una especie de plazuela solitaria, un gallo rozagante, de espléndido plumaje. Acababa de saltar desde un huerto al caballete de aquel muro, y se preparaba a saltar a la calle. Era un gallo que huía; un gallo que se emancipaba de alguna triste esclavitud.

Conoció Critón el intento del ave de corral, y esperó a que saltase a la plazuela para perseguirle y cogerle. Se le había metido en la cabeza (porque el hombre, en empezando a transigir con ideas y sentimientos religiosos que no encuentra racionales, no para hasta la superstición más pueril) que el gallo aquel, y no otro, era el que Esculapio, o sea Asclepies, quería que se le sacrificase. La casualidad del encuentro ya lo achacaba Critón a voluntad de los dioses.

Al parecer, el gallo no era del mismo modo de pensar; porque en cuanto notó que un hombre le perseguía comenzó a correr batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda.

Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo, seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía.

«Pero buena cosa es, iba pensando el gallo, mientras corría y se disponía a volar, lo que pudiera, si el peligro arreciaba; buena cosa es que estos sabios que aborrezco se han de empeñar en tenerme por suyo, contra todas las leyes naturales, que ellos debieran conocer. Bonito fuera que después de librarme de la inaguantable esclavitud en que me tenía Gorgias, cayera inmediatamente en poder de este pobre diablo, pensador de segunda mano y mucho menos divertido que el parlanchín de mi amo».

Corría el gallo y le iba a los alcances el filósofo. Cuando ya iba a echarle mano, el gallo batió las alas, y, dígase de un vuelo, dígase de un brinco, se puso, por esfuerzo supremo del pánico, encima de la cabeza de una estatua que representaba nada menos que Atenea.

-¡Oh, gallo irreverente! -gritó el filósofo, ya fanático inquisitorial, y perdónese el anacronismo. Y acallando con un sofisma pseudo-piadoso los gritos de la honrada conciencia natural que le decía: «no robes ese gallo», pensó: «Ahora sí que, por el sacrilegio, mereces la muerte. Serás mío, irás al sacrificio».

Y el filósofo se ponía de puntillas; se estiraba cuanto podía, daba saltos cortos, ridículos; pero todo en vano.

-¡Oh, filósofo idealista, de imitación! -dijo el gallo en griego digno del mismo Gorgias; -no te molestes, no volarás ni lo que vuela un gallo. ¿Qué? ¿Te espanta que yo sepa hablar? Pues ¿no me conoces? Soy el gallo del corral de Gorgias. Yo te conozco a ti. Eres una sombra. La sombra de un muerto. Es el destino de los discípulos que sobreviven a los maestros. Quedan acá, a manera de larvas, para asustar a la gente menuda. Muere el soñador inspirado y quedan los discípulos alicortos que hacen de la poética idealidad del sublime vidente una causa más del miedo, una tristeza más para el mundo, una superstición que se petrifica.

-«¡Silencio, gallo! En nombre de la Idea de tu género, la naturaleza te manda que calles».

-Yo hablo, y tú cacareas la Idea. Oye, hablo sin permiso de la Idea de mi género y por habilidad de mi individuo. De tanto oír hablar de Retórica, es decir, del arte de hablar por hablar, aprendí algo del oficio.

-¿Y pagas al maestro huyendo de su lado, dejando su casa, renegando de su poder?

-Gorgias es tan loco, si bien más ameno, como tú. No se puede vivir junto a semejante hombre. Todo lo prueba; y eso aturde, cansa. El que demuestra toda la vida, la deja hueca. Saber el porqué de todo es quedarse con la geometría de las cosas y sin la substancia de nada. Reducir el mundo a una ecuación es dejarlo sin pies ni cabeza. Mira, vete, porque puedo estar diciendo cosas así setenta días con setenta noches: recuerda que soy el gallo de Gorgias, el sofista.

-Bueno, pues por sofista, por sacrílego y porque Zeus lo quiere, vas a morir. ¡Date!

-¡Nones! No ha nacido el idealista de segunda mesa que me ponga la mano encima. Pero, ¿a qué viene esto? ¿Qué crueldad es esta? ¿Por qué me persigues?

-Porque Sócrates al morir me encargó que sacrificara un gallo a Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud verdadera, librándole por la muerte, de todos los males.

-¿Dijo Sócrates todo eso?

-No; dijo que debíamos un gallo a Esculapio.

-De modo que lo demás te lo figuras tú.

-¿Y qué otro sentido, pueden tener esas palabras?

-El más benéfico. El que no cueste sangre ni cueste errores. Matarme a mí para contentar a un dios, en que Sócrates no creía, es ofender a Sócrates, insultar a los Dioses verdaderos… y hacerme a mí, que sí existo, y soy inocente, un daño inconmensurable; pues no sabemos ni todo el dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte.

-Pues Sócrates y Zeus quieren tu sacrificio.

-Repara que Sócrates habló con ironía, con la ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro, divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y dan lecciones al mundo, cuán austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil imagen con sus máximas y sus preceptos de moral.

-Gallo de Gorgias, calla y muere.

-Discípulo indigno, vete y calla; calla siempre. Eres indigno de los de tu ralea. Todos iguales. Discípulos del genio, testigos sordos y ciegos del sublime soliloquio de una conciencia superior; por ilusión suya y vuestra, creéis inmortalizar el perfume de su alma, cuando embalsamáis con drogas y por recetas su doctrina. Hacéis del muerto una momia para tener un ídolo. Petrificáis la idea, y el sutil pensamiento lo utilizáis como filo que hace correr la sangre. Sí; eres símbolo de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el humor al vulgo.

-Yo a las palabras me atengo. Date…

Critón buscó una piedra, apuntó a la cabeza, y de la cresta del gallo salió la sangre…

El gallo de Gorgias perdió el sentido, y al caer cantó por el aire, diciendo:

-¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.

Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la sangre del gallo.

FIN

Leopoldo Alas (Clarín)