IDUS DE MARZO.

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Era marzo, los idus y sangraba.
 Nunca hubiese esperado esa reacción.
 Todavía dudaba de lo que estaba pasando
 y sin embargo, la humedad caliente que bajaba por su torso
 le escupía la realidad.

Se quitó las gafas, se secó el sudor y se sentó temblando.
 Nunca hubiese pensado que algo así podría pasar.
 El peor error de una hombre es no saber ser padre
 y que peor padre que la víctima de un hijo.
 Los idus de marzo.

El mejor mes para matar a un padre es marzo.
 Sintió la sangre empapándole la camisa
 y recordó el chasquido del cuchillo al salir de su vientre.
 La mirada de susto, la perplejidad, el horror
 y la certeza de que parte de la culpa también era suya.
 Hasta en eso padre.

Era marzo, los idus, y lo supo de repente.
 Era parte de una vieja tragedia que trasciende los siglos.
 La lucha de lo nuevo contra lo viejo,
 subvertir el orden,
 atacar lo más cercano,
 el beso de judas.

Un agrio estertor salió de su garganta
 y reconoció en su boca el dulce sabor de la sangre.
 Apenas quedaba tiempo.
 ¿Qué decir que no hayan dicho ya los bardos?

Y entonces,
 rebuscando en su memoria,
 arañó los recuerdos de la tragedia de Shakespeare.
 Y cayendo sobre el suelo frió,
 constató que su puñalada llevaba escrita un firma.

“También tú, Bruto, hijo mío.”

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LOS GATOS DEL ZAPILLO

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LOS GATOS DEL ZAPILLO.

El primer caso del que se tuvo conocimiento fue en febrero de este año. Por lo que nos contaron, el contagio se produjo en uno de los espigones del Zapillo, uno de los pescadores que pululaban con sus cañas de pesca de madrugada fue mordido por un felino infectado. Su familia al ver las reacciones extrañas, y la sudoración excesiva lo trasladaron al Centro de Salud, donde le recetaron paracetamol (el milagro de los pobres) y lo enviaron a casa. Horas después entraba en Torre Cárdenas con convulsiones y los primeros efectos de la transformación.
Por eso se le llama a esta mierda el síndrome de los gatos del Zapillo. Perdón por la expresión, yo solía ser un hombre muy educado, pero en estos dos meses creo que a toda Almería se nos ha ido un poco la cabeza.
Tengo poco tiempo y quisiera dejar por escrito la verdad de las cosas, o por lo menos mi verdad, antes que la fiebre y las convulsiones me lo impidan.
Los casos aumentaron de forma exponencial, se habilitaron salas especiales en el Hospital Provincial y en la Bola Azul, pero eso no hizo sino aumentar los contagios. Esto es España y para más ende, Andalucía, aquí nunca se dice la verdad completa y los responsables se van pasando el muerto los unos a los otros traspasando un legado de medias verdades y falsas mentiras de inepto a inepto. En los primeros quince días los contagiados fueron millares.
Pronto empezó el miedo, por una parte los políticos y gerifaltes querían que la normalidad se mantuviese así que lo único que se hizo fue crear zonas restringidas, donde los gatos callejeros habían tomado las calles, se limitó el tránsito de personas y la policía intentó crear guetos en barrios determinados. Por supuesto los barrios elegidos fueron Pescadería y el Puche, los buenos almerienses, la gente de bien, seguían tomando cerveza en las terrazas del Paseo, y paseaban por la Rambla como si aquello no fuera con ellos. La jodimos bien jodida. (vuelvo a pedir perdón por la expresión, creo que es la fiebre)
La gente empezó a tener constancia de la gravedad de la situación la mañana en que se supo que el Delegado del Gobierno, el Alcalde y el Presidente de la Diputación, todos, con sus adláteres correspondientes, habían abandonado la ciudad. Estábamos solos, rodeados de gatos y mentiras.
En un primer momento la gente creó agrupaciones de barrio para eliminar a los felinos callejeros, pero eso empeoró la situación, no había medios y cada estamento médico recomendaba un protocolo de actuación que contradecía al de sus colegas. Fue el caos, hubo miles de infectados más, los centros médicos estaban abarrotados y un hedor a pis de gato empezaba a inundar la ciudad.
Siete de marzo, un día que se inscribirá en la historia de la infamia, la Señora Presidenta nos traicionó. La verdad es que yo nunca me fié de esa rubia de bote con cara de gata siamés preñada (perdón la fiebre). Almería, tierra de acogida, el refugio de tantos en la guerra civil, fue abandonada a su suerte. Fue un arañazo en las entrañas de este pueblo-ciudad.
Se puso en cuarentena a toda la población y los almerienses, los buenos almerienses, que siempre estuvimos tan orgullosos de nuestras fuerzas armadas vimos como los tanques de la brigada legionaria nos apuntaban a nosotros. La Señora Presidenta había ordenado que el ejercito se ocupara de cercar la ciudad y que ninguna persona pudiese salir ni entrar. Estábamos solos, rodeados de gatos y ahora de legionarios.
La buenas familias con recursos, alertadas por un Diputado conservador, buen cristiano, señorito andaluz como ellos y gran amante de la caridad cristiana, cargaron con todos sus enseres de valor y billetes de quinientos euros y abandonaron la ciudad en los últimos aviones que salieron del aeropuerto, cercado ya por un ejercito que hizo la vista gorda en este caso (era lo mejor de Almería, había que salvarlo a tiempo)
Por supuesto los centenares de obras de arte de los museos, se quedaron tiradas, pronto serán pasto de las uñas de los gatos, a quién le importan esas gilipolleces.
En la Puerta de Purchena empezó a declamar un sacerdote famélico y pálido, que a voces increpaba a los pocos transeúntes que osaban transitar por las calles en busca de comida. Sus gritos pronto inundaron la ciudad “esta plaga es un castigo de Dios por no haber cumplido sus designios, por no rezar y por abandonar el camino de la limpieza de la raza”. Tócate los cojones (perdón pero me pueden ya los escalofríos). En una ciudad con la babilonia étnica que existe en Almería, donde se entremezclan las comunidades musulmana, rusa, rumana, latinoamericana, etc… hablar de la “limpieza de raza”, es para mearse y no echar gota (empiezo a utilizar expresiones más de animal que de persona, es la infección).
Empezó la caza al hombre, nos volvimos animales, tu vecino era tu enemigo y las escenas que vivimos fueron terroríficas. No se respetaron ni mujeres, ni a niños, ni a ancianos. Cuadrillas armadas de desalmados unidos por los lazos étnicos y el miedo, barrieron las calles de la ciudad, que empezaron a llenarse de muertos, que nadie recogía, y que pasaban a ser comida de los gatos, cada vez más numerosos.
Una furia felina nos empujaba a unos contra otros y pronto perdimos la poca humanidad que nos quedaba, todo era matar y alimentarse.
Ayer llamaron a mi puerta, era una niña pequeña llorando, me tapé los oídos y cerré los ojos, pero su aullido lastimero y los arañazos en la puerta se me clavaban en las sienes como garras. Cogí un trozo de pan mohoso, el último que quedaba, y abrí con intención de entregárselo, no tuve tiempo, la cría, medio gata ya, me mordió la mano en cuanto la tuvo a su alcance.
Todo está perdido, la noche la pasé entre escalofríos y fiebre, sudores y temblores. Por la mañana, mis ojos eran amarillos, y escribo en mi portátil estas lineas, con unas manos casi garras, de uñas retráctiles y largas.
Ya no sé lo que soy, no sé si creo en Dios o en las sardinas, pero deseaba contar la verdad antes de ser gato definitivamente, no sé si valdrá de algo.
Si alguien llega a leer esto, que sepa lo que pasó, y cómo.
Lo siento no puedo más, adiós… MIAU.

Considérame un gato.

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Desde hace días hay una idea que no deja de rondarme por la cabeza, pronto me veré pidiendo en la calle, viviendo de lo que te da la gente, como los gatos del paseo.
No hace mucho yo tenía una vida, una familia, una casa y un trabajo. Parece que han pasado siglos, y fue ayer. Todo empezó a desmoronarse como las piezas de dominó que arrastran las unas a las otras, hasta el final.
No consigo recordar el título de la canción, hace días que casi no como, pero recuerdo que su letra venía a decir algo así como “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana”. Y que verdad es, no solo salta el amor, salta tu vida entera. Tu te quedas allí en la ventana mirando como se van tus cosas, tu gente, tu familia, tus sueños. Como una canción de la que no recuerdas ni el título.
Perdí el trabajo por la edad, era ya viejo, mis canas y mi barriga cervezera, no daban buena imagen, ya no les servía, y me echaron.
Fue duro sentirse inútil, pero más duro fue saber que desde el momento que dejas de ganar dinero, ya no eres bien venido en ningún lado. Ni siquiera en tu casa, eres un apestado, un lumpen, una miasma, el excremento de la sociedad.
Has fallado a la santísima trinidad, no vales como hombre, no vales para tu hogar, y no vales para tu municipio. Eres un recipiente de cenizas de muerto, que nadie quiere tener cerca.
Mi mujer fue la primera en abandonar el barco (no quiero hacer el símil roedor, pero fue así), con ella se fueron mis hijos. Todavía me hace daño recordar la mirada de odio de mis hijos cuando les dije que no había dinero para pagar las facturas de los móviles, salieron por la puerta cogidos de la mano de su madre, para alejarse cuanto antes del perdedor, un “luser” decían ellos en su argot, ese de la nuevas juventudes hitlerianas del móvil.
Luego mis amigos empezaron a darme la espalda, veía en sus caras, ese miedo al contagio, sus prisas, sus escusas. Pronto parecía que no conocía a nadie, bueno sí, hubo alguien que siempre estuvo conmigo, el Director de mi Banco, que estuvo siempre ahí, hasta que se quedó con mi casa.
Ahora solo me queda una vieja mochila de cuando hacía excursiones y senderismo, cuando conocía a gente, en aquella otra vida. En ella llevo unos pantalones sucios, dos calzoncillos que voy intercalando, y dos libros que rescaté del naufragio de mi casa. Ah, por supuesto, mi chándal, mi ropa de todos los días, lo llevo con orgullo porque sé lo mucho que odiaba mi mujer verme en chándal, esa ropa era de gente baja, pues mi metro setenta y siete lo lleva de maravilla, condesa.
De los libros de la mochila a veces me gusta sentarme en el paseo y releer “Opiniones de un payaso” de Hienrich Böll, creo que disfruto viendo que aunque yo estoy mal, hay gente que está peor que yo. El personaje central de esa novela lo pierde todo, y acaba sus días pidiendo en la escaleras del metro de una ciudad alemana. Gracias a Dios, en Almería no hay metro, pensaba. Hoy ya no estoy tan de acuerdo.
Almería es una ciudad de acogida, es un pueblo grande, aquí la gente todavía le echa de comer a los gatos callejeros. Una ciudad que es buena con los gatos, no puede dejar que un hombre se muera en la calle. Por lo menos eso espero.
Escogeré un sitio donde pase la gente, pero sin darles la lata, que un pobre molesto no concita adhesiones. Buscaré un sitio soleado, en el Paseo, donde haya gatos, y colocaré mi cartelito: AYUDENME, CONSIDEREN QUE SOY UN GATO. Y me pondré a leer “Opiniones de un payaso” para darle un toque intelectual al drama.
Seguro que Almería me ayudará.

El Pescador y el arcángel.

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EL PESCADOR Y EL ARCÁNGEL

– Te voy a quitar las esposas ¿Te vas a portar bien, verdad?
– Que sí Gabriel, joder, que no es para tanto. Mira que te gusta la parafernalia.
– Las normas son para cumplirse Pedro, y todavía no sé a que ha venido la historia que has montado hoy.
– Ca, ni entenderías en mil años. Tu eres de una raza especial, el mejor, nunca discutes la decisiones que vienen de arriba. Eres feliz así.
– No es cuestión de felicidad, es el orden natural. Eso no se cuestiona.
-Anda, no te demores más, quítame las argollas, y déjame volver a mi trabajo.
-¡Lo ves!. Lo tuyo no es un trabajo. Fuiste elegido, tu cometido es fundamental, todo se basa en ti. ¿Como puedes llamarlo trabajo?
– Vale Gabriel, es inútil discutir. Llevo todo el día discutiendo y no me ha valido de nada, estoy cansado y encima esposado. Venga hombre acabemos de una vez con esto.
– Hala, ya están quitadas, sabes que esto me duele más a mi que a ti. Cuando me han llamado, y te visto allí, frente a ellos, dando voces. Sabía que esto no iba a acabar bien.
– Venga no te preocupes, ha sido una cosa leve, sin importancia, lo que pasa es que tu en cuanto ves a alguien que alza la voz frente a ellos, actúas como el soldado que eres. Fuiste hecho para eso. Te envidio.
– No es culpa tuya Pedro, se que sufres, nunca entenderé la manera de complicar las cosas con el libre albedrío. No sé que ganáis con esa estupidez.
– Esa es la madre del cordero, Gabriel.
– No blasfemes delante mía.
– Perdona, se me ha ido el santo al cielo con la palabreja.
– ¡Ves, a que te esposo otra vez!
– Perdona, Gabriel, a veces se me olvida que los arcángeles no tenéis sentido del humor.
– Y a ti se te olvida que eres Pedro, la piedra en la que se basó la Iglesia terrenal, el guardián de las llaves del cielo.
– Menudo cargo, más me hubiera valido seguir de pescador en Galilea.
– Ya estamos otra vez, pero que mosca te ha picado a ti con abrir el cielo.
– Es que llevamos dos mil años Gabriel, y yo con las llaves en el bolsillo, el cielo cerrado esperando el Juicio Final que no llega, y venga a recibir almas, que ya no sabemos donde las vamos a meter. Contra Gabriel, que tenemos más campos de refugiados que la ONU. Esta situación no se puede mantener por más tiempo, o Jesús se decide a volver a la tierra a iniciar el fin de los días, o abrimos el cielo y que por lo menos las almas lo disfruten, que mira que han sufrido algunas.
– Más sufrió Jesús, Pedro, que parece que ya te has olvidado. Para una vez que baja a la tierra, fue humillado, traicionado y crucificado. Entiendo perfectamente que no tenga ningunas ganas de volver.
– Si pero yo di la cara por él, prometí el cielo a mis hermanos, a los que murieron conmigo devorados por los leones, y a todos los que después han sido devorados por las distintas fieras que han gobernado la tierra…
– Además, Gabriel, yo tengo el voto a favor del Padre Eterno, que en su misericordia, está de acuerdo en abrir el cielo, y cuento también con el favor del Espíritu Santo….
– ¡Solo por que el pobre está tan ocupado que te dice que sí, para que los dejes en paz!
– Son dos votos Gabriel, y Jesús es el único que se opone.
– Pedro, olvidas lo fundamental, esto no es una democracia.
– Ya lo sé, pero es que no entiendo su negativa, y encima cada vez que le digo que todo depende de su voto, no veas como se pone Jesús, esta tarde hasta volvió a coger el látigo, como cuando los mercaderes.
– Parece mentira que tu no lo sepas, a Jesús no le gustan ni los votos, ni las votaciones. Recuerda hombre, que la única vez, que se presentó a una elecciones las perdió con Barrabas.
– ¡Ay va la hostia!, ni me acordaba.
– Blasfemo, ahora mismo te vuelvo a poner las esposas.

RESCATE EN EL EGEO

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PLÁSTICO EN EL EGEO.

– Luis, veo que te vas adaptando bien a esto. Es una suerte, que estés aquí para el remplazo. La verdad es que yo creía que ya nadie vendría desde España.

– Bueno las primeras horas han sido de locura, y lo de esta mañana, todavía estoy temblando…

– Tómatelo con tranquilidad, eso no ha sido nada. Lo de esta mañana es lo normal, y las balsas estaban juntas, eran sobre todo hombres mayores de edad, y al ser de día, no se han producido saltos ni vuelcos al avistar nuestro barco. Una cosa limpia y segura, no todos los salvamentos son así.
– Supongo que siendo de noche ya y en esta zona encontraremos alguna embarcación.

– No tengas duda, y ahora llega la verdad, lo que nos vamos a encontrar no se puede narrar. Los tratantes turcos utilizan el abrigo de la noche para mandar botes ingobernables cargados de mujeres, niños y ancianos. Son barcazas medio hundidas repletas de personas desesperadas, que en cuanto ven nuestro foco se arrojan al mar para ser rescatadas…

– ¿Al mar con este frío?

– Sí, intentan ser los primeros, no te extrañe si ves arrojar los críos desde los botes, aquí la supervivencia, es cosa de segundos y suerte. Solo te daré un consejo, no te quedes con la cara de nadie, ni siquiera de los niños, si lo haces, mañana no tendrás cuerpo para volver a salir.

– Joder Torres, y tu ¿como como has aguantado aquí dos meses con eso?
– Volviéndome europeo.

-¿Qué?

– Sí, Luis, yo vine aquí, como español, pero con el tiempo me hecho europeo. Ahora, intento ver las cosas como si fueran un programa de noticias de la tele, lo veo todo como si se estuviera grabando con una cámara.
– ¿Y te funciona?

– Solo si no hay plástico…

– ¿Qué ….?

¡ATENTOS LOS DE POPA, TRES BARCAZAS A LAS SIETE, COJAN LOS SALVAVIDAS Y PREPARADOS!

– Vamos al lío Luis.

– ¡No veo nada!

ATENTOS LOS DE POPA, HAY PERSONAS EN EL AGUA, EL GUARDACOSTAS FRANCES YA ESTA ATENDIENDO A LAS EMBARCACIONES. RECOGAN A LAS PERSONAS DEL AGUA.

– ¡Torres, aquí, son niños, por Dios, son niños!

– Tranquilo, ya los cojo yo, Luis. Échate a un lado, prepara mantas térmicas y algo de abrigo, vamos Luis, no te quedes parado.

– Toma Torres, ¿necesitas más mantas?

– No Luis, mierda …  ¡Baja y trae los sacos de plástico!

– Joder, no …

– Baja y tráelos y quédate ahí detrás.

– Joder, Torres, hay más bolsas de plástico, que supervivientes.

– Supongo que el guardacostas frances se ha llevado a casi todos los supervivientes de los botes. Tienen que determinar, quien gobernaba las embarcaciones, a nosotros, los voluntarios, nos dejan la tarea más penosa. El plástico.

– Ahora te entiendo.

– Si, somos dos orgullosos europeos, con sus bolsas de plástico por el Egeo.

HOMENAJE A LOLITA

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MI LOLITA LADRONA

Otra vez está aquí. Con su descaro, con su minifalda y esos ojos de miel que te desarman.

Me acordaré siempre del primer día que vino, a finales de diciembre, cuando los puestos de la rambla alumbraban el paseo. Llegó fresca y sonriente, oliendo a azahar, abriendo sus ojos de melaza y su voz de niña pizpireta.

– Por favor – me dijo helándome con su mirada- ¿Me puedes indicar donde está la sección de novela erótica?.

A punto estuve de preguntarle la edad pero su seguridad, su desparpajo, esa sonrisa de monalisa y sus ojos, me tenían hecha un flan. Me acuerdo que le indiqué entrecortada y boba. Incluso, sentí el calor de mis mejillas cuando se ruborizaron. Era yo, como una colegiala asustada, la que me sonrojé.

Y la muy bruja lo notó. Lo percibí en ese mar de miel que son sus ojos y en esa mueca engreída y preciosa que se formó en su boca, en sus preciosos y diminutos labios.

Desde entonces sabe que me tiene ganada, que soy suya, que soy su cómplice y coartada. Y no soy más porque ella no quiere. Ya viene, ya está aquí.

– Buenas tardes, voy a mirar.
– Claro, sin problema.

Yo también voy a mirar cómo te paseas por mi planta, como si fueses la reina, pizpireta y preciosa. Hoy hueles a rosas frescas y llevas marcado levemente el carmín de tu labios párvulos.

Si hija, sí. Paséate cuanto quieras, mira los libros, tócalos, sabes que te sigo con la mirada relamiéndome. Juegas con los volúmenes, los abres y cierras, sonríes pícara y me partes el corazón con esa mueca tuya, que me vuelve loca. Te agachas, y sabes que te estoy devorando con la vista. Hoy la minifalda, me permite, llegar a columbrar el negro de tus bragas. Estoy sudando, y excitada, no puedes seguir jugando conmigo de esta forma. Eres una niña mala.

Te contoneas a sabiendas, te gustas, mordiendo mechones de tu pelo mientras lees un párrafo al azar. Me vuelves loca y lo sabes y luego cuando te cansas del juego, coges con tu descaro de niña mala y metes el volumen en tu bolso. Sabiendo perfectamente que te estoy retratando con mis ojos. Descarada, que me vas a buscar la ruina.

Te acercas, dominante, con tu olor a rosas, y tus ojos de caramelo, me miras a la cara, y frunces esos pequeños labios, que sueño con besar, niña traviesa.
– Bueno, hasta otro día.

Adiós, cariño. Te digo sin decir, mirando como subes, despacio y bamboleante las escaleras, recreándote, pues sabes que te espío. Niña mala, el próximo dia que vengas, róbame a mí.

DE DRAGONES Y HOMBRES.

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DE DRAGONES Y CABALLEROS.

“El Dragón es un animal mitológico fruto del miedo de los hombres a lo desconocido”. Se lo solté así, de sopetón, mirándola a los ojos, sabía que eso atraería su atención. Se me quedó mirando esperando, y yo seguí con el rollo (estoy desentrenado, pero no tanto, si se ríe, hay tema) “A esas aberraciones aladas que podían incinerarte con su aliento solo se enfrentaban la élite de los caballeros andantes, reconocidos por su arrojo y valentía, y su manejo diestro de la espada”. “Y tú, ¿eres diestro con la espada?” me preguntó insinuante. “Señora, puede que mi hierro no sea el más grande de estas tierras, pero de mi pericia en su uso hay gloriosas hazañas cantadas por los bardos”. Y se rió, bien. Y la liaste, mal. Tu no eres un gran caballero, eres un trolero cuarentón, que ha aprovechado que tu mujer se ha ido a casa de su madre, para irte de de copas, has visto a la rubia de la barra, joven y preciosa (de noche todos los gatos son pardos) y al acercarte has observado que tenía un tatuaje en el hombro de un dragón. Y tenias que demostrarte que aún eras capaz de ligar. Caballero. Pues ahí lo tienes, te acabas de despertar, en una cama que no es la tuya, con la cabeza llena de serrín, la boca de madera y a tu lado, el dragón todavía estaba allí.

Homenaje a Augusto Monterroso.